Reseña
Tarantino, idiot savant
2009-10-24•Cine
Capítulo I: Un día soleado de 1941, un campesino francés recibe la visita de un oficial de la SS. Es el Coronel Hans Landa (Christopher Waltz), conocido como “el cazador de judíos” por su intuición especial para adivinar escondites. Después de desplegar encantos, Landa le pide al hombre que le señale el lugar exacto en el que se esconden los judíos que —él sabe— habitan ahí. Sólo una muchacha, Shosanna (Melanie Laurent), escapa de la ráfaga de balas que agujeran el piso. Debajo de las duelas, ella y su familia habían permanecido inmóviles y aguantando la respiración. Shosanna escapa de la casa, y deja los cadáveres de sus padres y hermanos detrás. Capítulo II: En 1943, un escuadrón de judíos americanos conocidos como los Bastardos sin gloria se dedica a capturar nazis. Su líder, el teniente Aldo Raine (Brad Pitt), ordena que los maten a batazos y luego les arranquen el cuero cabelludo. A uno de cada tantos le habrá de perdonar la vida; quiere que cuente su historia —de preferencia a HItler—, apoyada por la suástica que los bastardos le grabarán, con una navaja, en la frente. Capítulos III, IV y V: En 1944, la sed de venganza de Shosanna (que, bajo una identidad distinta, administra una sala de cine), la misión de los bastardos sin gloria y el gran acontecimiento que, bajo el ministerio de Goebbles, significa el estreno de una nueva película del régimen, convergen en la posibilidad de que los líderes del Tercer Reich (Hitler incluido) mueran al interior de una sala de cine.
Bastardos sin gloria, la película más reciente de Quentin Tarantino, ha sido llamada “trascendentalmente decepcionante” (Peter Bradshaw, The Guardian); “espectacularmente insensible”” (David Denby, The New Yorker) y “sanguinariamente entretenida” (Rogert Ebert, The Chicago Sun-Times). Son el tipo de adjetivos que usa un crítico de cine cuando no quiere parecer pedestre, y decir con todas sus letras lo que, desde hace ya quince años, ha dejado al descubierto el cine de Tarantino: que la ficción barata, o el pulp, es la pornografía del intelectual (vergonzosa pero placentera, ya no se diga formativa), que la mayoría de la gente disfruta con imágenes falsas de tortura y crimen, y que eso no significa que las aprecie en la realidad. Bastardos sin gloria es un concentrado de esto, y, es —a la Tarantino— un reciclado de cine, incluido el del director: Perros de reserva y Kill Bill mezclados, donde los perros se llaman bastardos (misión diferente; la misma crueldad), la rubia ultrajada ya no es una novia sino una sobreviviente judía, y Bill ya no es el objetivo, sino Hitler y su troupé. Lo que ha puesto en situación difícil a quienes tienen como profesión opinar, no es tanto que Bastardos toque el tema de la Segunda Guerra (al fin y al cabo, un género), sino que se meta con el aspecto de ella que no se presta a la parodia, a la reescritura, o a la mirada camp. ¿Es probable que Bastardos sin gloria ofenda la sensibilidad de un grupo? ¿Hay riesgo de que su “final feliz” ofrezca un alivio infundado y minimice el horror de lo que sí sucedió? Y dada la penetración del cine de Tarantino en las generaciones jóvenes, ¿no debería suscribir sus fantasías de sangre al ámbito de la ficción? En los tres casos: no. Especie de idiot savant, su genio se manifiesta en el uso de los recursos del cine, no en disquisiciones sobre el origen del Mal. Quien vea en Tarantino a una autoridad moral, tiene problemas para empezar.
O, como el productor Harvey Weinstein, un interés que cuidar. Cuando su empresa, The Weinstein Co., se vio al borde de la quiebra, Weinstein supo que Bastardos sin gloria era su última carta a jugar. Quien fuera uno de los moguls de cine independiente más poderosos de Hollywood, temía que Bastardos sin gloria se pasara de relajienta (y que Universal, la distribuidora madre, la rechazara). Tarantino se negó a negociar. “Cada vez que hay una película sobre la Segunda Guerra —dijo— los alemanes van al cine temblando.” Descubridor de hilos negros, el director intuyó que el “relajo” de Bastardos sin gloria permitiría una catarsis colectiva todavía entorpecida por el sentimiento de culpa. Tarantino salvó a la compañía de Weinstein, y de paso dio la respuesta al asunto de la sensibilidad: Alemania es uno de los países en el que la película registró las más altas cifras de recaudación.
¿Otro asunto espinoso? Tal vez el retrato del temperamento judío. Tanto el clan de los bastardos (crueles, carniceros: casi nazis) como la calculadora Shosanna, echan por tierra construcciones cinematográficas previas. El director recurrió a la opinión de amigos judíos. Muchos de ellos le hicieron saber que llevaban años esperando una película que los sacara de la inacción. Era, al fin y al cabo, cine. Tan pronto uno reconoce las heroínas de ficción que coexisten bajo la piel de Shosanna, se da cuenta de que el contexto de la película no son los hechos del siglo XX, sino los géneros cinematográficos a los que dieron lugar. En concreto, las películas de serie B y el cine “de explotación”, escuela de cine al empleado de tienda de videos que después se convirtió en director. El raro título de “Bastardos sin gloria”, por ejemplo, es el nombre con el que se distribuyó en Estados Unidos una película italiana de guerra. Tarantino no miente cuando habla del submundo que influyó en su formación. Un personaje alemán reclutado por los bastardos —mezcla de asesino y héroe— se llama, nada menos, Hugo Stiglitz. Un tributo del director a la estrella de ¡Tintorera!, a quien, dice, siempre admiró.
Porque su cine satisface impulsos, en Bastardos sin gloria Tarantino corrige la historia y ejecuta el magnicidio más anhelado del mundo. Si esto es noble o tramposo es algo sin respuesta última, pero que aguanta ser sometido a una prueba de comparación. La reciente Operación Valquiria, producida y protagonizada por el heroico Tom Cruise, está basada en hechos reales y meticulosamente investigados para la película. Narraba la conspiración liderada por el coronel Von Stauffenberg, quien convenció de asesinar a Hitler a casi mil miembros del ejército alemán.
La conspiración, como sabemos, falló. La película, como saben muchos, también. Lo primero es desmoralizante; lo segundo se veía venir. Nunca la fidelidad histórica ha sido garantía de buen cine; ni el cine solemne y serio tiene mérito cívico per se. Operación Valquiria aburrió al público por su falta de tensión narrativa, y de pasó le recordó al mundo que, en efecto, Hitler se salvó. Bastardos sin gloria, en cambio, es cine bien ejecutado. Si hace que unos exorcicen culpas, otros proyecten venganza, las dos cosas o ninguna, no altera la memoria de lo que en realidad pasó. Similar a Valquiria, obliga al espectador a contemplar el abismo entre un final imaginado y lo que la Historia registró.
¿Qué del mejor Tarantino brilla en Bastardos sin gloria? La verborrea como forma de acción, para crear tensión y subtexto, y como recurso de caracterización. Una excepción entre las producciones gringas, en Bastardos sin gloria se habla en inglés, alemán y francés. Si hay algo esencial e innegociable para Tarantino, es el control sobre las palabras que salen de cada actor —no sólo por lo que expresan, sino, como descubrió ahora, por los significados que se derivan de confrontar acentos y fonéticas. Por último, pero no lo de menos, la apuesta del director por un actor semidesconocido: el austriaco Christopher Waltz, que antes de Bastardos sin gloria era un asalariado de la televisión. Su interpretación del Coronel Landa, el sádico “cazador de judíos”, le ganó el Premio a Mejor Actor en el pasado Festival de Cannes.
Si con Bastardos sin gloria Tarantino evoca su Época de Oro, si está en franca decadencia, si está repitiendo recursos, y si esto es una desgracia o la confirmación de que es un autor, es un debate de necios y ajeno la verdadera cuestión: su cine sigue siendo único, a pesar de que no existiría sin el cine que lo precedió. Por único se entiende incómodo: no tanto por lo que describe sino porque hace que lo queramos ver. Lo prueba el primer “capítulo” de Bastardos sin gloria: una viñeta que quita el aliento por la composición entre nostálgica y nueva, los movimientos de cámara sin desperdicio, y el tempo de dos actores coordinados hasta en la respiración. El nazi elegante y ridículo bebe un vaso de leche, carga su pluma fuente, pone palomas y taches, y discurre por qué los alemanes son como halcones, y el judío, como un roedor. La escena es intolerable, y cine perfecto a la vez.
Fernanda Solórzano, escritora y crítica de cine. Coautora del libro Cine mexicano contemporáneo: más allá de la frontera.






