Ensayo

Pensar con el cuerpo

En su nuevo libro, Julia Varley, actriz del Odin Teatret, desvela sus ideas sobre la técnica y la teoría actoral y plantea con claridad los retos que implica todo proceso escénico.
  • 2009-10-24•Teatro

Foto: Oscar Davalos / Cortesía Respuesta

El libro de Julia Varley Piedras de agua editado por Escenología fluye como el agua entre las piedras. Ellas tan sólidas de naturaleza, se van moldeando con el transcurrir del tiempo y su roce cotidiano. Nos volvemos piedras y agua en movimiento dejándonos llevar por el ímpetu de la experiencia de una profesional de la actuación del Odin Teatret, que se trasciende a sí misma componiendo nota a nota una complejísima técnica actoral. Es un baño de agua fresca que revitaliza nuestra sangre y nos llena de energía y conocimientos. Y no son conocimientos abstractos de un exprimirse el cerebro hasta que fluya el concepto; son conocimientos vivenciales donde la biografía de una mujer de teatro confirma que la teoría surge de la práctica.

En el ojo de agua somos presente y nuestra presencia habita el espacio y la actriz es ella y lo que representa. Y aquí hablamos de actriz no como género, sino de manera genérica, igual que se dice “el actor”. Porque la autora de este libro se rebela desde el lenguaje y su ser mujer le indica que la voz de mujer, a la que históricamente se le ha englobado en el término “hombre”, puede y debe cambiar. Cuando habla de la técnica de la actriz, engloba al actor y asume que la esencia de nuestro género es también lo que nos define y desde donde se actúa. Así, Piedras de agua parte del ámbito personal, para saltar a la esfera pública y su libro no se queda en testimonio, autobiografía o diarios de trabajo, sino que elabora una teoría sobre la técnica actoral pues es capaz de observar su práctica inmediata y encontrar palabras que den un sentido superior a lo personal o anecdótico: establece conceptos, métodos de trabajo, estructuras de elaboración, procesos… hace generalizaciones. Objetiviza la subjetividad. Es ella, mujer, actriz, teórica de sí misma y de los otros, conviviendo en un mismo espacio de manera simultánea; he ahí su innovación.

En este ojo de agua, nacimiento de río, Julia Varley nos comparte sus razones para escribir un libro y sus primeros pasos en el mundo del teatro: de Italia a Dinamarca para quedarse por siempre en el Odin Teatret. Reconocemos a nuestro cuerpo como el eje de la investigación, la materia prima, la herramienta innata capaz de ser formada. Es nuestro instrumento; el lugar donde sucede todo, el que es capaz de percibir, accionar, verbalizar, contactar con el exterior y con nuestro interior más profundo. Pensar con el cuerpo, afirma la autora. Pero para pensar con el cuerpo, facultad primordial en la actuación, hace falta un arduo entrenamiento, convertirlo en vehículo, en transmisor; en nave si estamos en el cielo o balsa si queremos transitar por este río que apenas nace. Necesitamos los utensilios indispensables para dejarnos llevar por la corriente sin perdernos o hundirnos y para eso es el capítulo La dramaturgia de la actriz, entendiendo a la dramaturgia no en relación al texto y a la narración, sino a la simultaneidad y sucesión coherente de eventos en el nivel orgánico, narrativo y evocativo.

El corazón de la acción es el primer descubrimiento. La actriz se sumerge en la infinitud de la acción buscando el centro del movimiento, ese dios interno que sólo se percibe; que no se ve pero que sin él la acción no existiría. Y poéticamente lo expresa: “No late como el corazón; se desplaza como la sangre, fluye como el agua llevando a la acción la savia vital, el sustento y la razón de ser. Se desliza como el río debajo de un puente bombardeado que lleva al mar el recuerdo de la guerra.” Está en el cambio de la tensión del torso, como bien lo aprendió viendo las esculturas de Rodin.

Deslizándonos entre sus palabras conocemos el léxico personal que utiliza y con el que trabajará durante la travesía. Luces pequeñitas de las que ella se vale para fluir: asociación, equivalencia, oposición, presencia escénica y “la voz que acaricia como el humo, diferente de la voz que cae como la lluvia o de la que corta un durazno maduro”.

Julia Varley  <i>Piedras de agua</i>,  Escenología / Instituto  Queretano de la Cultura y   las Artes,  México, 2009,  336 pp.
Julia Varley Piedras de agua, Escenología / Instituto Queretano de la Cultura y las Artes, México, 2009, 336 pp.

Los conocimientos que la autora extrae de su experiencia a lo largo de su actividad como actriz, tocan la esencia misma del teatro e involucran no sólo a las actrices sino a cualquier creador escénico. En el campo de la dramaturgia, relacionada ahora sí con la narración, el texto y el espacio, confluyen los caminos al revalorizar los verbos en el lenguaje físico. Así como ella le pide a los alumnos los verbos de sus acciones cuando observa sus ejercicios, tratando de eliminar los adjetivos y sustantivos que sólo presentan estados de ánimo y eluden al esqueleto de la acción, para el dramaturgo resulta fundamental el trabajo con los verbos pues de otro modo se lanzaría al abismo de la descripción y el discurso estaría más ligado a la literatura que al teatro. El lenguaje escénico implica la presencia del actor, del personaje, del ser que habita un espacio a través del cual se transmiten no sólo ideas sino energía, comportamientos —muchas veces contradictorios—, relaciones, vínculos invisibles, que no se oyen y que sólo se sienten dependiendo de la capacidad expresiva de la actriz. Y para este contacto con el espectador es para lo que la actriz se entrena sin descanso desarrollando una técnica a través de lo que ella llama “el training”: “el universo privilegiado de la acción”. El intersticio de independencia con el director y el grupo, el lugar de la experimentación, el laboratorio del cuerpo y la mente, donde la mente cobra cuerpo y la acción transmite la emoción, donde no hay contradicciones entre opuestos, donde la verdad se multiplica en verdades; donde se busca llegar antes que el pensamiento; donde no haya división entre el ser y el querer ser.

Para la técnica actoral que Julia Varley plantea, al igual que la metodología del Odin Teatret, el proceso de trabajo llega a tener un valor superior al producto y este proceso se inicia con el entrenamiento diario, con una disciplina rigurosa y muchas veces agotadora. Y los resultados no se encuentran de un día para otro; se necesitan muchas horas de navegación, de picar piedra, que en este caso tiene más que ver con el pulir piedras preciosas, con el fluir de nuestro impulso que poco a poco se va educando. La identificación de este proceso creativo de la actoralidad con cualquier otro proceso creativo como el de la dramaturgia salta a la vista, porque el escritor escénico requiere también de este laboratorio, si se piensa que escribir es sinónimo de experimentar sin saber en qué puerto nos detendremos. Porque como bien dice la autora de Piedras de agua, hay que transformar el estímulo y lo que sucede alrededor, no para encerrarse en sí mismo, sino para conectarse con lo otro.

Y aquí nos internamos en aguas más profundas y específicas: la improvisación y la composición; procedimientos que a pesar de la dificultar de transmitir esta experiencia en continuo movimiento, Julia Varley logra nombrar. Utilizar la palabra escrita para hablar de procesos escénicos es todo un reto ya que el tiempo es un presente perpetuo —tal como diría John Berger “todo es todo el tiempo”—, las acciones no son planas sino esféricas y poliédricas, el marco personal se traduce en secuencias con una lógica que puede rebasar la comprensión del director y hasta del espectador. Como ella señala, la improvisación y la composición está más en el campo de la poesía y la música que de la prosa. Se elaboran partituras vocales y de acción (como las llamó en su tiempo Stanislavski) y se procede a repetir, recordar y fijar: hacer las cosas como si fuera la primera vez.

Perdemos la balsa y flotamos en un largo remanso descubriendo esa unión entre actriz y director, la colaboración, la confianza y la autonomía, la dificultad y los hallazgos, el trabajo a dúo, los retos y los obstáculos; y el fluir nos lleva a las corrientes del río en las que el Odin navega. Divisamos el ancho mar y para celebrarlo la autora nos invita a una fiesta donde conocer sus afectos, los rostros de hombres y mujeres que la han acompañado. Y brindamos frente a este mar escénico en el que vivimos, que aunque lo miramos desde diferentes continentes, su caudal nos ha reunido.

Se agradece a Julia Varley hacernos partícipes de sus búsquedas, por adentrarnos en esas aguas profundas en las que ha navegado, por compartir su sabiduría, cuerpo y mente integrados, y dejar un legado a las artes escénicas donde muchos calmarán su sed y surgirán fortalecidos, rebosantes de utensilios para incorporarlos a la profesionalización de su ser actriz. Hombres y mujeres, como Piedras de agua habitemos este río que la autora de este libro ha formado con el fluir de su acción y dejemos que su cauce nos alumbre.

Estela Leñero, dramaturga, periodista y crítica teatral. Autora de la pieza Verónica en portada.

Estela Leñero