Teatro con sabor a muerte

A través de la crónica de cuatro obras y la revisión de cuatro autores (Richard Viqueira, David Olguín, Daniel Veronese y Nicolás Alvarado), en este texto se propone una reflexión sobre el crimen como centro de la dramaturgia contemporánea, tendencia anclada en la impunidad y la violencia que forman parte de nuestra vida cotidiana.
  • 2009-10-24•De portada

Escena de <i>Boris Godunov</i> / José Jorge Carreón / Cortesía Ocesa.
Escena de Boris Godunov / José Jorge Carreón / Cortesía Ocesa.


—¿De qué tienes miedo?
—De morir en el intento.


Irremediablemente se tiene miedo a morir: en la casa o la calle, solo o acompañado. Aun cuando rara vez nos cuestionemos nuestra vida ociosa, vacía, aletargada en sociedades donde la convivencia se pierde: por frustración, manía o desolación. Preocupados por la muerte, no alcanzamos el gozo de la vida. Muchos, en esa disertación del vivir, son acribillados, así, de repente: alcanzados por aquellos que vivieron para cometer un crimen.

Crímenes, como los sucedidos en la obra de Daniel Veronese, Mujeres soñaron caballos: en un departamento una mujer se altera, saca una pistola y dispara. Cuatro tiros, cuatro muertos. Ella, con arma en mano, queda viva apuntando a su marido. Le dice: “estoy embarazada”. Fin de la obra. O la leyenda aquella de nuestra historia patria, de que a Belisario Domínguez le cortaron la lengua antes de ser asesinado por órdenes de Victoriano Huerta, durante aquella Decena Trágica de principios del XX, pretexto para que David Olguín escriba y dirija la escena imposible del crimen: La lengua de los muertos. En Por favor, no mande riñones por correspondencia, de Richard Viqueira, Antonio Zúñiga y José Alberto Gallardo se engolosinan con la violencia y poesía que han provocado los crímenes perpetrados por tres seres de psiquiatra: el inglés Jack el Destripador, nuestro connacional El Caníbal de la Guerrero y el coreano Cho Seung Hui. Finalmente Nicolás Alvarado en su estreno como dramaturgo, basado en textos de Alfonso Reyes, nos reserva una Cena de Reyes con un final delirante de antropofagia por lujuria, combinada con odio y amor. (Me anticipo a decir que todos son dramaturgos de impecable calidad. Más adelante diré los argumentos.)

¿Qué se necesita para cometer un crimen? Todo apunta a la venganza, la codicia, la ociosidad, el odio y la cólera, pero también, sin desdeñarlos, la lujuria, el amor por los placeres y la pérdida de la razón. Las confesiones de los asesinos no dejan dudas. Por ejemplo: cuenta la historia que Victoriano Huerta es responsable de varios muertitos. Por esas épocas fue asesinado el general Bernardo Reyes, padre de Alfonso Reyes, el escritor, muerte que se relaciona con Huerta. Fue tan infame en su codicia por el poder, que ordenó al hijo huérfano, según leemos en Diario 1911-1930:

“Huerta me convidó a ser su secretario particular. Le dije que no era mi destino. Mi actitud me hacía indeseable. Me lo manifestó así en Popotla, a donde me había citado a las 6 de la mañana y donde todo podía pasar… Me encontré a un señor solemne, distante y autoritario.

“—Así no podemos continuar— me dijo. La actitud que usted ha asumido…

“Me apresuré a presentar mi tesis para recibir el título de abogado, me dejé nombrar secretario de la legación en París, y al fin consentí en salir de México el 10 de agosto de 1913, a las siete de la mañana, por el Ferrocarril Mexicano. Además de mi mujer y mi hijo, me acompañaron hasta el puerto mi madre y el tío Nacho”.

Un año antes Alfonso Reyes ya había escrito el cuento La cena, en 1912: una premonición de lo “fantástico y fabuloso”, de lo “real maravilloso”, del “realismo mágico” y del surrealismo. Un adelantado de las vanguardias europeas. En suma: un posmoderno.

¿A qué viene todo esto? Nicolás Alvarado toma el cuento, no literalmente pero sí en su estilística, sin traicionarlo, y le brinda su propia identidad. Además, nos lleva a viajar con otro libro de Reyes: Memorias de cocina y bodega. Si uno revisa los textos originales, identificamos en Alvarado alguien capaz de resurgir al mejor Reyes, pero con su propia voz. Y más aún desde el punto de vista teatral: diálogos chispeantes de humor, sarcasmo, identidad literaria propia. No hay adaptación, hay imaginería dramatúrgica. Admito que íbamos prejuiciados, con la espada de Damocles para apuñalar—desde una visión crítica— al omnipresente en la tele, en la radio, en diarios o revistas. El sabelotodo, el culto pedante que nos irrita y que, con beneplácito, tuvimos que aceptar que resucita lo mejor de Alfonso Reyes, celebrado por su 50 aniversario luctuoso. Habemus dramaturgo y eso enaltece al teatro mexicano.

Escena de <i>Por favor no manden riñones por correspondencia</i>.
Escena de Por favor no manden riñones por correspondencia.

Si viviera Jorge Ibargüengoitia, el crítico teatral antes que novelista, que puso a parir chayotes a don Alfonso Reyes por sus obras dramáticas, seguro que el autor de Los relámpagos de agosto reconocería en el texto de Alvarado a un ser mejor dotado que el que escribiera Ifigenia cruel (la versión de Héctor Azar fue un fracaso en Bellas Artes en los años ochenta. Fernando Benítez llegó a decir “me dormí”), y Landrú (escenificada por Juan José Gurrola, en 1964, en la Casa del Lago. Carlos Monsiváis, alfonsino a morir, respondió a los comentarios de Ibargüengoitia: “… el ingenio es elogiable”… “luego, el ingenio es verdadero”). A Reyes, en sus obras de teatro, el diálogo se le da en verso y no es precisamente como el de Sor Juana en Los empeños de una casa, montada en Londres por la Royal Shakespeare Company en 2005.

El valor de Alvarado es doble: restituye a Reyes la endeble vocación teatral, pero con un ingenio de identidad propia, regresándonoslo al escenario en su amor por los griegos y las grandes fiestas dionisiacas. El dramaturgo inventa que el hombre que se narra muerto por dos mujeres en la cena, a su vez, al menos una de ellas, es víctima de asesinato y antropofagia por su cocinero, un alter ego de Reyes, amante de la gastronomía. Ojalá que la envidia, que se adivina ya en algunas críticas oficiales, se deje de lado para darle al dramaturgo un lugar en la escena nacional. (Del elenco y la dirección, de Aurora Cano, les diré más adelante.)

Pero decíamos: don Alfonso, el hijo de Bernardo Reyes. El mismo Victoriano Huerta que le ordena a su ministro de Gobernación, Aureliano Urrutia, asesinar a Belisario Domínguez; pero antes, haciendo caso omiso de la historia y valiéndose de la leyenda, en texto imaginario de David Olguín, le dice al cancerbero “Matarratas”, José Hernández Ramírez, algo así como “de lengua me como un taco”. El gran pretexto para hablar, reflexionar, filosofar al país y el poder, el del asesino corrupto frente al héroe y mártir. El discurso-pretexto para asesinar. La elocuencia patriótica para amar a los héroes. David Olguín, ya se sabe, es dramaturgo de cepa, el mejor de su generación. Pero no sabe abandonar su texto a una dirección que afine los diálogos, que brinde a los actores la libertad de la palabra sin retruécanos. Una dirección diseñada por él mismo compite con su dramaturgia. Los diálogos podrían ser menos filosóficos y más curtidos de la realidad hecha leyenda.

Escena de <i>La lengua de los muertos</i>, obra escrita y dirigida por David Olgín.
Escena de La lengua de los muertos, obra escrita y dirigida por David Olgín. Foto: Especial

La tragedia sucede en una especie de sótano y enfermería, la lucha, la sentencia de Huerta: “los servicios de los malos son mejores que los de los buenos”. Así se justifican, hasta la fecha, los que dicen defender los intereses de la nación. De una tremenda actualidad, La lengua de los muertos debiera formar parte de los festejos del Bicentenario de nuestra Independencia y Revolución. Porque, ¿de qué patria estamos hablando: la de la usurpación o la de los valores éticos? Antiguo debate donde un escenario desprovisto de casi todo es la palabra, el centro neural para entender la pérdida de soberanía de las personas, contra la barbarie de otras, gente, chusma, matones a sueldo. Asesinos históricos de crímenes políticos, eso sí. Gabriel Pascal, escenógrafo e iluminista, crea una atmósfera donde el tiempo no existe: existe el lugar de los hechos. Justo porque entre más grande es el hombre (en este caso Belisario), más grande será el crimen (“Matarratas”, una víctima más del poder corruptor, justo el último del pueblo, como en el poema de Martin Niemöller —erróneamente atribuido a Bertold Brecht—: “Cuando vinieron a buscarme,/ ya no había nadie que pudiera protestar”).

Luego vendrá el titipuchal de muertos: esos desconocidos, los que valen madre, al fin que son escoria: prostitutas, homosexuales, vendedores de productos chinos, gente común pues, miserables sin importancia. Lo que cuenta es la violencia poética en las historias de Viqueira, Gallardo y Zúñiga con sus asesinos: los dueños de búsquedas en internet, sea en blogs, películas o series televisivas: saber de ellos para conocer la esencia del mal, su descomposición mental. La exaltación del crimen como medida de superación al terror. Su dimensión biopsicosocial. Dramaturgos metidos a actores, convertidos en “asesinos imaginarios” en la piel de un asesino real. Dramaturgos, dicho sea de paso, que no tienen idea clara de actuar sus propios textos: los pronuncian casi como un discurso de memoria, pero no los interpretan en la significación de las palabras, como los buenos actores. Les urge entrenamiento actoral. Tan buenos dramaturgos, para qué el empeño en más. Se les nota el cansancio, físico, al interpretar sus personajes. ¿Por qué quitarle el trabajo a los actores, tan buenos que hay?

Pero Viqueira es un gran director escénico, además. Tiene una mirada óptima, multidimensional, de artista plástico. Nunca había lucido tanto el Foro Sor Juana Inés de la Cruz como con él. Desnudó el escenario e inundó la atmósfera de muertes y desolación. Nos introdujo a un mundo alucinante. Hay tres momentos brillantes de la puesta en escena: cuando Jack el Destripador se tira de un edificio, la parte más alta del Foro, literalmente; el instante en que Cho Seung Hui, el asesino de 32 personas en Virginia Tech, nos apunta con una pistola y nos dice que la obra no es un juego, que la pistola está cargada y que disparará de manera inclemente. No es que le creamos, es que la irrealidad del teatro toma tintes de realidad visual inaudita. Y el último, cuando una espectadora es participante de la dramatización. Vayan a vivirlo. Vale la pena sentir la muerte. Esos malhechores nos acercan a la idea del crimen. Los tres dramaturgos partieron de la realidad. Logran sus monólogos interactuados con gran eficacia escénica pero sin creencia actoral. Lástima. Pudo haber sido de 10.

Una primera conclusión: hoy vemos más dramaturgos que directores en México. Algo pasó en la historia del teatro. Se rompió la cadena del director creador que venían realizando mentes brillantes. Adiós a Mendoza, Gurrola, Castillo, Margules y Tavira que, aunque algunos de ellos estén en activo, no son “la novedad”. ¿O los dramaturgos tomaron la escena para sí, después de aquella polémica que llegó hasta los 80 donde disputaban a los directores la palabra escrita del teatro frente al movimiento escénico y los actores?, ¿Por eso Olguín se niega a ser escenificado? No lo sé realmente. Pero los aquí nombrados son la nueva generación de dramaturgos que están dando de qué hablar en el panorama teatral.

<i>Cena de Reyes</i>, pieza escrita por Nicolás Alvarado.
Cena de Reyes, pieza escrita por Nicolás Alvarado. Foto: José Jorge Carreón

(Puestas y dramaturgos, por cierto, mejores que lo de Fura dels Baus, que nos visitó recientemente con la mentira de un nombre: Boris Godunov, de Pushkin, al que ni siquiera le dan crédito en la propaganda. La obra es otra: unos terroristas toman el teatro de Moscú, en 2002. Parten de una realidad. Logran una falsedad: el grupo catalán juega al teatro dentro del teatro y les sale el tiro por la culata: nadie les cree; nos aburren. Nos duermen cuando deberíamos estar despiertos y horrorizados ante los sucesos. Pero no: un montaje de tecnología pura, y a pagar carísimo por verlos. Entendemos que quizá su realidad en España, frente a ETA, pueda impactar más en aquella sociedad. Pero la realidad teatral es un fiasco. Lo que sí deberíamos aprender en México los teatreros es a promocionar nuestro trabajo como ellos lo han logrado. Hay veces que la mercadotecnia no está reñida con la creatividad (los más avezados en este punto son Richard Viqueira y Nicolás Alvarado —y Ximena Escalante y Claudio Valdés Kuri). Si ellos lo lograron cuando era necesario abrirnos a las nuevas tendencias artísticas de España, sin duda México tiene una oferta muy rica y exportable. Y algo más: que los críticos teatrales no sean agachones ante lo extranjero. Acuérdense: todos somos extranjeros. Y a nosotros no nos tratan así cuando salimos de gira. Ya está bien de tanto apapacho fútil).

(Lo contrario es la gran experiencia del argentino Daniel Veronese con Mujeres soñaron caballos: la cruda realidad en apenas cinco metros cuadrados para el escenario del crimen. De lo mejor junto a los mexicanos. Justo ahí entramos en las actuaciones de Rosa María Bianchi: no la estragó la televisión, ha sabido escoger su retorno a los escenarios. Su papel en la obra de Veronese y en la de Nicolás Alvarado la cotiza alto. Actriz a todo pulmón. Aurora Cano como directora puede estar tranquila y en paz: le dio a la obra de Nicolás Alvarado los aires ancestrales de Alejandro Jodorowsky y Julio Castillo. Sí, hay fallas, muchas, pero eso no la demerita. La Cano, proveniente de la música oscura, logró impregnar la escena de esencias gratificantes. No se puede considerar vanguardista pero sí conocedora de la tradición. No es poco.)

Todos crímenes en el escenario. Crímenes irreales de sucesos y asesinatos de asesinos reales. ¿Por qué la tendencia? Respuesta obvia: basta con salir a la calle, al metro, a la carretera, a la provincia perdida para toparnos, de repente, con el narco, la muerte de un niño, la violación multitudinaria a una mujer, el crimen jamás esclarecido de un travesti… Nada importa ya. Sólo importa dejar la huella en la escena teatral: en la literatura, ni más ni menos.

—¿Y qué, le entendiste algo?
—Es el sabor de la realidad, ¿no?

Braulio Peralta es editor y periodista. Autor de los libros El poeta en su tierra y Diálogos con Octavio Paz.

Braulio Peralta