Hombre de celuloide

Tarantino manierista

  • 2009-10-17•Cine

<i>Bastardos sin gloria</i> (<i>Inglorious bastards</i>). Dirección: Quentin Tarantino. Guión: Quentin Tarantino. Fotografía: Robert Richardson. Música: Mary Ramos. Con: Brad Pitt, Mélanie Laurent, Christoph Waltz y Mike Mayers. Estados Unidos, 2008.
Bastardos sin gloria (Inglorious bastards). Dirección: Quentin Tarantino. Guión: Quentin Tarantino. Fotografía: Robert Richardson. Música: Mary Ramos. Con: Brad Pitt, Mélanie Laurent, Christoph Waltz y Mike Mayers. Estados Unidos, 2008. Foto: Especial

Ayer leía yo un artículo del Herald Tribune en el que un estudioso de cine escribía que la ciudad de Los Ángeles en los setenta vivió semejante actividad artística que sólo podía ser comparada con la Florencia del siglo XV. Si esto fuese cierto (y si uno revisa los directores que trabajaron en esta ciudad durante esos años resulta fácil creerlo) Tarantino sería como un manierista del XVI.

Como los manieristas, Tarantino está obsesionado con los logros de los maestros que lo precedieron y muy particularmente con los de los años setenta. Hay en su deseo de imitarlos algo más que admiración: hay amor.

El último plano de Inglorious bastards muestra a Brad Pitt sonriendo y mirando a cámara. Su personaje afirma: “Esta es mi mejor obra hasta la fecha”. Es fácil imaginar a Quentin Tarantino escribiendo este último diálogo antes de la palabra “fin”, sonriendo como Pitt y diciendo como él: “esta es mi mejor obra hasta la fecha”. Puede que tenga razón.

El genio particular de Tarantino (como el de Almodóvar, otro manierista) no está en su forma de producir cine en el presente, sino en su muy particular reinterpretación del cine del pasado. Para hacerse del bagaje intelectual y narrativo que le ha permitido crear una obra tan compleja como Inglorious bastards, Tarantino ha tenido que estudiar haciendo: realizando, filmando. Todo lo producido entre Pulp fiction e Inglorious bastards, no ha sido más que un estudio; como esos trabajos para piano que le permitieron a Chopin comenzar a escuchar la voz de sus conciertos.

Técnica era el nombre que los griegos daban al arte. En Inglorious bastards, Tarantino se prueba dueño de La Técnica en tres niveles. En el más trivial, Inglorious bastards es un filme sin desperdicio en los planos, en la edición, en la pertinencia del punto de vista. En un nivel más profundo, Tarantino se muestra también maestro en el arte de narrar, dar voz a lo que no tiene voz. Ahí está, textual, la definición de suspenso de Hitchcock: “suspenso es hacer descender la cámara para que el público vea la bomba que está a punto de estallar”, ahí está la ubicuidad a la que aspiraba Tarkovski, ahí el poder einsensteniano del montaje y el cine en el cine que es eco del teatro en el teatro de Shakespeare: un hombre muere frente a la película en la que él mismo ha matado a trescientos héroes de guerra. Ahí está también el cuento de hadas: la mujer descubierta porque le queda bien un zapato.

Para llegar al tercer nivel (al nivel de los maestros que admira) era necesaria una película grande (si quieres algo grande haz algo grandote, decía Goeritz). No es casual que ésta sea su primera película histórica... o mejor, metahistórica. Porque, partiendo de que arte es lo que el artista define que es, Tarantino da su propia interpretación de lo que contiene la palabra Cine: Y cine es, aprendemos en Inglorious bastards, cuento de hadas y entretenimiento, sí, pero también es propaganda, circo, historia y glamour; es forma y fondo y en fin, una realidad aparte.

Fernando Zamora • www.fvzd.org