La puerta estrecha

Los distraídos

  • 2009-10-17•Teatro

Escena de <i>Cena de Reyes</i>.
Escena de Cena de Reyes. Foto: José Jorge Carreón

Cuando se hace teatro pensando en cierto “público”: enterado, intelectual o con cualquier otro adjetivo; cuando se demerita al espectador y se le cree incapaz de imaginar de qué sabor es el té que toma el personaje en el escenario, la cosa se pone complicada. El teatro, desde su concepción hasta el día en que culmina una temporada —e incluso después—, es un ejercicio de imaginación.

Es bien sabido que todo elemento utilizado en un escenario, así sea una pequeña flor, debe, por lo menos, aspirar a una justificación, a un por qué en la historia. Se sabe también que un texto puede ser rescatado o destruido por el director, y que la música y la iluminación son factores de primer orden, pero mal empleados pueden arruinarnos la vida. Sabemos, pues, que muchos son los elementos escénicos que armonizan o no una puesta en escena, pero dependen, como todo en la vida, de cómo sean utilizados.

Cena de Reyes, obra con la que Nicolás Alvarado debuta en el género dramático y que dirige Aurora Cano, dio una presentación en días pasados en el Teatro de la Ciudad antes de irse al 35 Festival Internacional Cervantino. La obra, basada en los cuentos de Alfonso Reyes “La cena” y “Memorias de cocina y bodega”, prometía, desde su anuncio, ser “una experiencia sensorial”.

Para ello prepararon unos bocadillos que daban al entrar al teatro, unos platillos que se repartían a lo largo de la obra, incluyendo jerez seco, y un folleto rasca-huele en el que percibíamos ciertos olores de acuerdo con la historia.

En el teatro, sólo 50 personas —número de espectadores que tendrán por función en el Festival— tuvieron acceso al menú preparado por el escritor y chef Pedro Ángel Palou. Era el lugar VIP. El resto de los asistentes sólo tuvo entre sus manos el folleto.

Cuando el personaje principal, Alfonso, comienza a contarnos su historia, aparece un séquito de meseros-actores que te entregan los platillos, a los pocos minutos, entregan el siguiente y recogen el contenedor anterior. Casi simultáneamente, una azafata nos indica qué número del folletito rasca-huele debemos abrir y oler.

La azafata —supongamos a este personaje la metáfora del viaje que escénicamente hemos emprendido— nos daba las indicaciones en español y en inglés, pero cuando lo hacía inglés, lo llevaba con otra intención; se convertía en otro mensaje. ¿Desde cuándo es requisito saber inglés para asistir a una obra, para entender al personaje?

Con todos estos detalles: abrir y cerrar el folleto, tomar los platillos, entregar los contendores, la azafata dando indicaciones, un chachachá que intentaba ser un puente de tiempo mientras la escenografía cambiaba, nunca tuvimos tranquilidad para poder ser cómplices de las maravillosas historias de Reyes, interpretadas por actores de oficio como Rafael Inclán y Rosa María Bianchi.

¿En qué basaron su criterio de selección la gente del Cervantino? ¿Apostaron por la fama?

Una última cosa: el teatro es por sí mismo una experiencia sensorial; ya lo digo, desde su concepción hasta asistir a una puesta, es un ejercicio de imaginación.

La puerta estrecha se ha cerrado.

Alicia Quiñones • lapuertaestrecha1@gmail.com