Reseña
Nostalgia sin lágrimas
2009-10-17•En librerías
La vida en Cuba no es como la pintan. Es más, para bien o para mal. El problema, al abordar a Cuba como tema, es casi siempre la polaridad. O se está muy cerca de la isla caribeña o muy lejos. Los polos opuestos, se sabe, desdibujan, tienden a distorsionar tanto el pasado como el presente. No hay puntos intermedios. Si los hay, en todo caso, la cautela suele ser buena consejera.
En las nueve historias de la vida isleña que incluye Rubén Cortés en ¡Cuba, Cuba! los polos se unen en un punto intermedio abreviado por la mesura, la crítica sin atavismos y la nostalgia sin lágrimas.
Crónicas, reportajes, apuntes literarios, diario de la vida cotidiana de un país que se debate desde hace décadas en la sobrevivencia, las carencias, la simulación y la resistencia. El autor, radicado en México desde hace 14 años, traza, después de haber vivido en la Cuba posrevolucionaria, una serie de vivencias de personajes entrañables, trágicos, cercanos o lejanos en el tiempo y que hacen un retrato hablado de Cuba, la entrañable, la controvertida, la utópica.
Por las páginas de este libro pasan los cubanos de Miami, tan lejos de Fidel y tan cerca de Estados Unidos; se hace un recuento a pasos seguros de la forma en que el pequeño coloso de Latinoamérica se ha venido desmoronando, quedándose apenas con la esperanza que ya casi es un lugar común: la educación, el deporte y la salud en Cuba son logros inigualables por otros países.
El caso Elián, los balseros, el enredo con la moneda cubana denominada CUC, los bandazos del músico cubano Silvio Rodríguez, biografías de compositores que mueren jóvenes aunque sus canciones sigan vivas, beisbolistas caídos en desgracia por el régimen, cuadros que se degradan, fotografías que pierden su colorido.
La presencia del poeta Raúl Rivero es notoria en la obra de Cortés, con sus versos plenos de humor corrosivo: “Ninguno de nuestros ministros es rico/ Ninguno tiene fincas/ ni propiedades/ Ninguno tiene cuenta en los bancos de Suiza/ ¡Ni falta que hace!”.
¡Cuba, Cuba! es también un mapa de la isla. En ese mapa caben ausentes y presentes. La historia de un presente que vive del pasado. Los hijos de la Revolución cubana se llamaron a granel Ernesto (por el Che), Carlos (por Marx), Fidel (of course), Camilo (por el combatiente con sombrero de cowboy desaparecido de manera misteriosa y en cuyo aniversario, todavía hasta los años noventa, los cubanos arrojaban flores al mar), Haydé (por Haydé Santamaría), y un largo etcétera. Los hijos de la desrevolución se llaman, lo plantea Rubén Cortés, Yorelvy, Lisdey, Yorki, Yoenny, Viasmy, Mauris, Nidiet, Rosir, Magdiel, Yipsi.
Terminado el sueño ruso, Cuba se queda en una especie de plataforma flotante, si no a la deriva ni al garete, sí con una economía que se desploma de manera estrepitosa. El pensamiento del poeta José Martí, las consignas del Che y Fidel, no eran ya suficientes para que un pequeño gigante se pusiera en pie.
Y como la revolución no es una cena de gala (remember Mao Tse Tung), justos pagan por pecadores. O pecadores pagan caros sus pecados. O las purgas son un mal necesario. Memorable relato hace Rubén Cortés de un rey del beisbol, Vicente Anglada Ferrer, caído de la gracia del señor de los cielos cubanos y reivindicado luego por el mismo líder.
Lágrimas arroja el lector con la historia de Pedro Junco, nativo de Pinar del Río, autor del bolero “Nosotros”, muerto a los 23 años de un buche de sangre en un hospital, con los pulmones rotos y la vida marchita. “Te juro que te adoro/ Y en nombre de este amor/ Y por tu bien/ Te digo adiós”, escribió en honor de su María Victoria, su amor imposible.
Brincos de júbilo por la reconstrucción que hace Cortés de la vida de Polo Montañez, un campesino que a su medio siglo de edad fue descubierto por el éxito y encumbrado a la fama, para después morir de manera trágica. El cantante cubano llegó a congregar, dice el autor de Historia de tres náufragos mexicanos, a millón y medio de personas en una serie de conciertos a lo largo de la isla. Hasta las tumbas de Pedro Junco y Polo Montañez llega la pluma de Rubén Cortés en busca de indicios.
El autor de ¡Cuba, Cuba! pasa revista también a las mujeres de Silvio Rodríguez, conocido como “el cubano más mujeriego desde que Cristóbal Colón descubriera la isla al atardecer del domingo 27 de octubre de 1492 (según el calendario Juliano) y eso le permitió escribir un centenar de las mejores canciones de amor que se conocen en español”.
Escritos entre el testimonio y la remembranza que nunca pierden piso, no caen en la diatriba y reafirman una pluma de trazos ágiles e inteligentes que indaga y evoca. Voz de otras voces, Cortés sella el libro con el texto “El perfume de un jarrón vacío”, en el que recrea la vida del padre, quien como las palmeras de Cuba, ha visto partir para no volver a muchos, y regresar a otros. Un país de cuerpo entero, visto desde adentro y desde afuera, ofrecen las páginas de ¡Cuba, Cuba!






