La imaginación y el magisterio de Arreola
2009-10-17•Literatura
La literatura mexicana actual no puede ser comprendida con amplitud sin las aportaciones literarias, editoriales y magisteriales de Juan José Arreola.
En literatura, le debemos la quizá mejor prosa literaria del siglo XX, una prosa donde convergen la brevedad, la poesía, el humor, la referencia cultista, el giro lúdico, la ironía, la gracia, la extrañeza, la andadura armoniosa de las frases y la construcción rigurosa de la cláusula sintáctica. Antes de él, pocos escritores mexicanos se habían aventurado a escribir textos que rebasaran los márgenes de un género específico; a Arreola le debemos la factura resuelta de textos que participan al mismo tiempo de varios géneros literarios como el cuento, el poema en prosa, la biografía ficticia, el ensayo de ficción, la fábula, etcétera, e incluso era capaz de fusionar estos géneros con otras formas de escritura como la reseña, la nota necrológica, la nota periodística, el anuncio comercial, la carta, el diario personal, y aun la receta de cocina. A este juego combinatorio de formas literarias, al conjunto de esta propuesta escritural, Arreola mismo le llamó alternativamente varia invención y confabulaciones. Dichos términos se refieren, por supuesto, a sus dos primeros libros: Varia invención y Confabulario, títulos que son ya la enunciación de una poética, el nombre de una forma de concebir la literatura. Aunque en la tradición mexicana había una corriente significativa de autores que cultivaba este tipo de formas —como lo muestra la Antología del poema en prosa en México de Luis Ignacio Helguera y Minificción mexicana de Lauro Zavala—, la singularidad y el poder de enunciación de la obra arreoliana marcó de manera definitiva la producción literaria tanto de los poetas como de los narradores de la segunda mitad del siglo XX.
Aunque hubo no pocos esfuerzos de editoriales institucionales y particulares por editar libros de autores mexicanos, quizá ninguna antes de Arreola trató de publicar sistemáticamente a los escritores jóvenes. Así lo muestran los catálogos de Los Presentes (1954-1957), los Cuadernos del Unicornio (1958-1960), los libros de El Unicornio (1959-1964) y las ediciones de Mester (1964-1967). A estos proyectos editoriales hay que añadir la fundación de las revistas Pan, Eos y Mester. Autores como Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Elena Poniatowska, Eduardo Lizalde, José Carlos Becerra, José Emilio Pacheco, Fernando del Paso, Sergio Pitol, Rubén Bonifaz Nuño, José de la Colina, Marco Antonio Montes de Oca y José Agustín, por sólo citar a una docena de escritores, vieron publicados sus primeros trabajos en las revistas y editoriales fundadas por Juan José Arreola. Después de él, y a ejemplo suyo —aunque sin la sabiduría para comprender las posibilidades de un escritor joven, sin el trabajo de taller, y muchas veces sin la elegancia de las ediciones arreolianas—, hubo editoriales tanto institucionales como privadas e independientes que no temieron publicar literatura de escritores jóvenes.
El magisterio de Arreola se inició quizás con un alumno sui géneris: Antonio Alatorre, y no lo digo yo, lo ha dicho Alatorre mismo en entrevistas y textos autobiográficos. Luego vendrían las sesiones en el Centro Mexicano de Escritores, donde Arreola fue becario en dos ocasiones, en 1951-1952 y en 1953-1954. Más tarde decide crear sus propios talleres literarios, donde se formaron varias generaciones de escritores. De ahí pasaría a dar cátedra en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y luego se volvería un catedrático de tiempo completo no sólo en salas universitarias sino, principalmente, en los medios masivos de difusión. No sé si su magisterio en los medios produjo discípulos, lo dudo, pero sé que en sus talleres y cátedras universitarias se formaron escritores destacados.
Del magisterio, de las iniciativas editoriales y de la obra arreoliana, escriben de manera extensa Adolfo Castañón y Nelly Palafox en Para leer a Juan José Arreola. Libro de lectura agradable y fluida, escrito en una prosa novelesca debido acaso a que la vida de Arreola fue muy novelesca, sembrado de datos precisos pero sin el engorroso aparato crítico de los investigadores literarios, y con una buena selección iconográfica cuya impresión hubiera podido ser de mejor calidad, pues la elegancia de la edición lo exigía. Además de exponer in extenso las contribuciones literarias que he señalado en los primeros párrafos, Palafox y Castañón enriquecen el libro con un seguimiento biográfico de la vida de Arreola (1918-2001). Narran el inicio de sus grandes amistades literarias con Pablo Neruda, Juan Rulfo, Antonio Alatorre, Rodolfo Usigli y Carlos Pellicer. Hablan de su pasión por el teatro, que lo llevó primero a la Ciudad de México a estudiar con Fernando Wagner, Rodolfo Usigli y Xavier Villaurrutia; luego a París, invitado por Louis Jouvet; y después a la redacción de sus piezas teatrales. En otros pasajes de este libro, Castañón y Palafox indagan las influencias que alimentaron la imaginación literaria de Arreola, comentan sus tareas de traductor, reseñan algunos de sus viajes, ponen de manifiesto su relación problemática con las mujeres —tanto de la vida real como de la ficción literaria—, y abordan la pasión del zapotlanense por el ajedrez, su gusto por los vinos franceses y su amor por las ediciones lujosas. Además comentan la publicación de cada uno de sus libros: Varia invención (1949); Confabulario (1952); Punta de plata (1959, con 20 dibujos de Héctor Xavier, libro que después se titulará Bestiario); La feria (1963), novela que no desmerece del mestizaje formal ni de la escritura lúdica de los anteriores libros, pues se trata de una novela polifónica y fragmentaria, compuesta por cuentos breves, poemas en prosa, fragmentos de un diario personal, poemas de la tradición popular, pasajes historiográficos, monólogos, sermones, y diálogos polifónicos escritos a la manera de un monólogo interior; y Palindroma (1971). El comentario de estos libros está sazonado con pasajes biográficos y observaciones librescas que vuelven amable y a veces divertida esta guía de lectura.
Sin perder de vista que se trata de un libro que debe dar una visión general de la vida, la obra y del contexto histórico del autor, Castañón y Palafox hacen señalamientos críticos sobre algunos de los cuentos de Arreola: “El guardagujas”, que mereció los elogios de Jorge Luis Borges; “Parturient montes”, uno de los más ambiguos y, por lo tanto, difícil de interpretar; “El himen en México”, un cuento que “reseña” un libro de ese mismo título publicado por el médico legista Francisco A. Flores en 1885; y “Botella de Klein”, que narra la fabricación de un imposible objeto matemático proveniente de la topología.
A partir de este brevísimo resumen, podemos afirmar que Para leer a Juan José Arreola es una excelente guía de lectura para ingresar al mundo literario y vital del escritor más exquisito y lúdico de la literatura mexicana.






