Ensayo
El retorno de los héroes
2009-10-17•Literatura
La poesía de Luis Miguel Aguilar es una entidad insólita de nuestro panorama literario. Lejos de la tendencia vigente que se abisma o suspende en el dominio de la abstracción —armada como un encadenamiento de metáforas, imágenes, “instantes” más o menos afortunados o reiterativos—, Luis Miguel Aguilar ha elegido el valor de la anécdota, la trama, la historia, como un factor imprescindible del discurso poético, un elemento que añade a sus hallazgos la plasticidad y la riqueza de su timbre narrativo.
Desde el inicio de su trabajo de escritor —que abarca ya más de tres décadas—, sus apuestas han optado por la apropiación y renovación de los clásicos, un poco en la idea del make it new de Ezra Pound, es decir, del reciclaje que vierte, interpreta y actualiza a los clásicos para cada generación. Ya Luis Miguel Aguilar lo había intentado con su versión de las Fábulas de Ovidio, una réplica puntual ante las Historias de Ovidio recobradas por Ted Hughes. Por esta vía, los clásicos aparecen restituidos como una fuente y un espejo cuya fuerza de atracción radica en un descubrimiento que de pronto los reinstala en la actualidad.
Vale decir que cuando se trata de La Ilíada nos referimos al origen, la pieza fundadora y la simiente de toda la literatura occidental, de acuerdo con George Steiner en Lenguaje y silencio:
… me atrevo a suponer —escribe Steiner— que Homero fue el primer gran poeta de la literatura occidental porque fue el primero en comprender los recursos infinitos de la palabra escrita. En el ímpetu de la narrativa homérica, en su soberbia madeja, brilla el deleite de una mente que ha descubierto que no necesita entregar su creación a la frágil encomienda de la memoria. La áspera alegría de La Ilíada y su constante equívoco entre la brevedad de la vida y la eternidad de la fama, refleja la nueva y orgullosa percepción del poeta sobre su propia supervivencia. En el comienzo de la poesía se encuentra la palabra, pero muy cerca del comienzo de la poesía, en la magnitud de La Ilíada, se encuentra la escritura.
Las posibilidades para abordar la épica de Homero han producido un bagaje inmenso de literatura que en su gran mayoría y con la excepción de algunas versiones y diversiones en prosa y verso, no pertenece por necesidad al ámbito de la creación, de la imaginación que recrea la gesta homérica. Con virtudes muy distintas y acaso menos arriesgadas o inventivas que las de Luis Miguel Aguilar, por ejemplo, está el caso reciente de Alessandro Baricco, quien bajo el título de Homero, Ilíada se permite varias licencias o “intervenciones” para editar el texto original, a partir de una traducción en prosa, con el fin de extraer el relato, incluso la novela que hay en la historia de La Ilíada.
Por su parte, en Las cuentas de La Ilíada persiste la dimensión primigenia del verso, el desarrollo de un hilo narrativo —así como la obra de Homero guarda el eco de la tradición oral que la antecede y alimenta—, resuelto por un tono que Aguilar llama un “verso de conversación”. Su técnica —por llamarla de algún modo— parece simple aunque sería imposible sin un lector tan acucioso, dotado de un oído y un sentido formal que a la hora de rendir sus cuentas provee a cada palabra de una cualidad única. Atento a las situaciones y los apelativos descritos en La Ilíada, formula un inventario de la frecuencia y las variantes de la enunciación homérica, por ejemplo la sal que se llama divina, la muerte que “es purpúrea” o las avispas que son “de talle dúctil”, entre otras cosas que suceden “una vez en la Ilíada”. Podemos ver entonces de otro modo las 1,186 naves aqueas —de acuerdo con su detallada relación— y los probables “cien mil ochocientos diez hombres” que han impuesto el sitio de Troya; los 25 guerreros que mueren “a manos de Aquiles”, el vino que es tres veces negro, todo esto a través de los “quince mil seiscientos noventaiún” versos que componen La Ilíada, donde por cierto una mujer “vale unos cuatro bueyes”; sabemos que “los caballos son veloces siete veces en la Ilíada”, vemos “de un solo golpe” a cincuenta mil hombres alrededor de las hogueras y a la vez encontramos la destilación de una escritura nítida, libre de adornos, con la música y la claridad que sólo pertenece a la poesía.
En el poema o canto XXII hay un punto culminante, al enlistar lo que el autor llama los “rucios de Sancho” en La Ilíada. Los “rucios” van por aquello de las pifias o inconsistencias de las que no se hallan exentas piezas como La Ilíada o el Quijote. “Rucio” es el asno de Sancho Panza, sobre el cual de pronto aparece montado, no obstante que unas páginas atrás se lo robaron. Así Luis Miguel Aguilar se enfoca en los gazapos de La Ilíada para entregarnos un cuadro tocado por la gracia, una cuenta de “sesenta y ocho” rucios en los que Homero incurre, como poner a suspirar a un hombre que ha muerto siete líneas antes.
Para llegar a esto, ha sido necesaria la concentración a toda prueba de Luis Miguel Aguilar, su conocimiento de tantas épocas y territorios literarios. Pero el suyo no es de ningún modo un abordaje que se adapte a los procedimientos y formalidades de la academia: más bien se orienta por el gusto, la curiosidad y la sagacidad de su mirada.
Sus versos fluyen con la soltura que logra, sin engolamiento ni rodeos, desarrollar la novedad de sus enfoques. Entre los más notorios, su síntesis se desenvuelve ante los ojos del lector como si ningún esfuerzo formal se hallara de por medio: su dificultad es transparente y su destreza la vuelve invisible.
El poema “Lunas”, de la segunda parte o las “otras cuentas” de este volumen, es una suerte de enumeración borgesiana, plagada de referencias que proliferan por el tiempo y el espacio bajo las lunas compartidas que hilvanan el poema —incluida la luna “inexistente” de François Villon, quien por cierto, “según Mandelstam es el único poeta sin lunas”.
Luis Miguel Aguilar consigue una rara fusión de la gran herencia literaria que su punto de vista desplaza al ras de cada día —entremezclada y reflejada. De ahí su aptitud al vincular la herencia griega, latina o isabelina, por decir algo, con aspectos de la cultura popular, el futbol, algún programa o personaje de televisión —esta vez con la presencia estelar del doctor IQ— para consumar una fusión o una simbiosis donde la “alta” y la “baja” cultura descarrilan su jerarquía o su valor convencional, para convivir sin desavenencias, incomodidad o discordias irreconciliables. El centro magnético de este desplazamiento, este horizonte subvertido, es su capacidad de asociación que establece vasos comunicantes entre los temas y motivos más diversos, aquellos que según la doxa y el lugar común serían tan sólo incompatibles.
En efecto, hay un imán que integra sus designios, más una percepción que irradia, conecta, circula, adapta y transforma. Para construir este andamiaje, el autor ha privilegiado una inserción dentro del mundo cotidiano que —desde luego— jamás concibe como una zona subordinada o marginal de la escritura sino al contrario, como su centro de gravedad y su principio.
Los caminos que ha transitado son únicos en la poesía mexicana: su singularidad es absoluta. Pero también su densidad y su profundidad. Sería difícil encontrar un poeta que transmita el dolor de la pérdida filial con la fuerza y la intensidad con que lo hizo Luis Miguel Aguilar en ese libro hermoso y desgarrador a un mismo tiempo que se titula Pláticas de familia. Ya desde la reunión de sus primeros libros, en Todo lo que sé, hay páginas memorables, citadas y antologadas como su “vilanela” —nombre de un modelo poético y popular, de métrica ceñida, cuya forma italiana se remonta por lo menos al siglo XVI—, o la serie de epitafios de Chetumal Bay Anthology, otra apuesta consumada por adaptar, trasterrar, interpretar y recrear a un clásico —en este caso, la Spoon River Anthology de Edgar Lee Masters.
Por lo demás, en otra cuenta que viene a ser la misma, no hay a la vista otro poeta que como Luis Miguel Aguilar se plante a escribirle poemas —literalmente— “a la puerta del refrigerador”, esa que llama también “la página Mabe o Kelvinator”, en una serie de las “otras cuentas” que sin duda, sobre la cuerda del ingenio y la agudeza, conservan alguna resonancia de los epigramas de la Antología griega.
El abanico de sus indagaciones se ha desdoblado hacia la prosa, el ensayo, el relato, en donde borda lo mismo con el “prodigioso miligramo” —diría Pellicer— que con enigmas y acertijos abiertos a toda suerte de soluciones (Suerte con las mujeres se llama, por cierto, su indispensable volumen de relatos), así como sus ensayos muestran también las cartas de su vasto panorama que concentra en la poesía mexicana otro de sus territorios predilectos.
Con el placer o la felicidad de la sorpresa, con el hallazgo y el vuelo de lo insospechado, resulta simplemente imposible no disfrutar la precisión y la expresión de una escritura que se permite jugar, cantar y contar —en el sentido de narrar y de llevar las cuentas—, pues como apunta el epígrafe de Paul Claudel en este libro: “¿para qué sirve el escritor/ si no es para llevar las cuentas?”






