El Viejo Gran Teatro Nacional de México

Los siguientes son fragmentos del primer capítulo de un libro que cuenta la olvidada historia de la obra arquitectónica más importante del siglo XIX, inaugurada en 1844 y donde el 15 de septiembre de 1854 se estrenó el Himno Nacional Manuel Mañón
  • 2009-10-17•De portada

Óleo sobre tela de Pedro Gualdi (siglo XIX).
Óleo sobre tela de Pedro Gualdi (siglo XIX). Tomada de Historia del viejo gran Teatro Nacional de México

Transcurría el año de 1841. La capital de la República contaba con tres teatros solamente: el Teatro Principal, hace pocos años consumido por el fuego; el de la Ópera o de los Gallos, llamado así porque en él estuvo la primera Plaza de Gallos el año de 1786 y cuyo teatro se hallaba situado en la entonces calle Arsinas, hoy casa número 39 de la 2a. de Bolivia; y el de Nuevo México, ubicado en la calle del mismo nombre, hoy la de Artículo 123, casa número 32. Ninguno de ellos reunía las condiciones necesarias, ni estaba a la altura de la importancia de la metrópoli (ni por su disposición, presentación y cupo), por lo que los señores Francisco Arbeu e Ignacio Loperena, decidieron construir un nuevo coliseo que fuera digno de la Ciudad de los Palacios, proyecto que desde hacía algún tiempo se había incubado en la mente de algunas connotadas personalidades de aquella época.

A tal efecto, los citados señores constituyeron una sociedad y citaron a una junta de accionistas con el fin de suscribir el capital suficiente para llevar a cabo tal proyecto, pero no habiéndose logrado reunir dicho capital, por divergencia de opiniones entre los accionistas, los señores Arbeu y Loperena, entusiastas y resueltos, se asociaron para adquirir por sí solos todos los derechos y llevar a feliz término tan magna obra.

Desgraciadamente, a poco de haberse asociado ambos caballeros, el señor Loperena cambió de opinión y propuso: que siendo arriesgada la construcción de un nuevo teatro, por haber ya cuatro en la capital (contando con el de Puesto Nuevo, ubicado en la calle del mismo nombre y que estaba próximo a inaugurarse), lo conveniente y más propio era que se construyera un gran hotel, adicionándole un teatro y a ese fin encargó a sus arquitectos don Cayetano Moro y don Miguel Zea Gómez, que hicieran los proyectos según esas indicaciones, pero don Francisco Arbeu no aceptó; dijo que él era fanático del teatro y que su idea consistía en la construcción única del coliseo, sin aditamentos de ninguna especie que lo hicieran aparecer como cosa secundaria. Entonces el señor Loperena ofreció al señor Arbeu treinta mil pesos por la renuncia de sus derechos en la sociedad que habían formado, a fin de llevar a cabo su proyecto de construcción del hotel y no habiendo aceptado Arbeu, lo dejó solo Loperena con todos los compromisos de la construcción que ya se habían contratado y para la que no bastaría todo el capital particular del repetido señor Arbeu.

Sin embargo, la tenacidad y fuerza de voluntad de este señor, le dieron ánimos para acometer por sí solo la gran empresa, teniendo la inmensa satisfacción de ver que a poco, los albañiles comenzaban a derribar las casas números 11 y 12 de la calle de Vergara, hoy primera de Bolívar, cuyas casas estaban precisamente en la bocacalle que queda en la esquina de la Avenida del 5 de Mayo, entre los edificios de las Líneas Nacionales y la casa comercial denominada “La Palestina”.

De los varios proyectos de construcción que se hicieron, el señor Arbeu escogió uno hecho por el arquitecto español Lorenzo de la Hidalga.

El general Antonio López de Santa Anna, a la sazón presidente de la República, aprobó la elección de los planos del nuevo teatro y prestó gran ayuda, buscando entre los capitalistas de su amistad, quienes tomaran en derecho de propiedad diversas localidades del proyectado coliseo, lo que les daría el privilegio de adquirirlas en cualquier función y bajo cualquier empresa. Igualmente, hizo que el ayuntamiento de la capital tomara en propiedad tres palcos, mediante la suma de ochenta mil pesos, que se entregaron desde luego, para la construcción del teatro.

Ya con esta ayuda considerable, dieron comienzo en firme los trabajos, habiéndose colocado la primera piedra el viernes 18 de febrero de 1842, presidiendo tal ceremonia el propio general Santa Anna, quien se presentó en el solar donde había de erigirse el teatro, a las cuatro y media de la tarde, acompañado de sus ministros y un brillante séquito de militares, concurriendo también las autoridades civiles y el Honorable Ayuntamiento.

La orquesta de la ópera italiana del Teatro de los Gallos, alternando con las bandas militares, ejecutaron diversas piezas de música, y el poeta Ignacio Rodríguez Galván recitó [una] oda alusiva al acto. […]

También hicieron uso de la palabra Francisco Arbeu, el arquitecto De la Hidalga, el síndico del ayuntamiento y el presidente Santa Anna.

Dentro de la primera piedra que colocó el presidente de la República, y que estaba hueca, se pusieron los siguientes objetos:


-Una moneda de las emitidas en la jura nacional del 27 de octubre de 1821.

-Una moneda de las que se grabaron con motivo de la proclamación de Agustín de Iturbide.

-Una moneda de Morelos.

-Una pieza de cada una de las monedas de oro y plata que se encontraban en circulación entonces.

-Una cuarta antigua de plata.

-Un octavo nuevo de cobre y una cuarta de plata de las que iban a ponerse en circulación.

-Un ejemplar del número dos del periódico El Siglo Diez y Nueve.

-Un ejemplar del número 134 del mismo periódico.

-Un ejemplar del número 8 del tomo 2º de El semanario de la Industria.

-Un ejemplar del número 243 del Diario del Gobierno, con la Oda recitada por Rodríguez Galván, en ese acto.

-Un almanaque de 1842.

-Una esquela de invitación para esa solemnidad.

-Una copia del discurso que el señor Francisco Arbeu iba a leer en ese acto; y

-Un aviso de un concierto efectuado el día 18 en el Teatro de la Ópera Italiana, así como una medalla de plata con las siguientes inscripciones:

Anverso:

EL GENERAL ANTONIO LÓPEZ DE SANTA ANNA
BENEMÉRITO DE LA PATRIA CAUDILLO DE LA
INDEPENDENCIA Y FUNDADOR DE LA REPÚBLICA.

Reverso:

CON MANO PROTECTORA DE LA CIVILIZACIÓN
PUSO ESTE CIMIENTO SIENDO PRESIDENTE. [1842]


Después de dos años el teatro se vio concluido y fue inaugurado solemnemente el sábado 10 de febrero de 1844, habiéndosele denominado Gran Teatro de Santa Anna.

No habiendo ninguna compañía notable en el país durante esos días, se convino en que el gran violinista alemán Maximiliano Bohrer, ídolo de los públicos de las principales ciudades europeas y que a la sazón estaba en México, hiciera su presentación ante el público de la capital, inaugurando el Gran Teatro de Santa Anna, con un magno concierto […].

La hermosa fachada del Gran Teatro de Santa Anna ostentaba en su centro cuatro colosales columnas de orden corintio y dos pilastras laterales del mismo orden y elevación, que formaban la entrada al vestíbulo exterior o gran pórtico; las elevadas columnas sostenían el entablamento con la siguiente inscripción en letras de bronce: “Gran Teatro de Santa Anna”. Sobre el cornisón se elevaba un gracioso y correcto ático, coronado de una elegante balaustrada entrecortada por seis pedestales en el centro, que sostenían seis enormes estatuas representando a Talía, Melpómene, Euterpe, Erato, Polimnia y Terpsícore, musas de la comedia, la tragedia, la música, la poesía lírica, la elocuencia y la danza, respectivamente. Otros dos pedestales había en las extremidades de dicha balaustrada, sobre los que estaban colocados otros tantos bellísimos jarrones.

Pintura del Teatro Nacional, a fines del siglo XIX. Diseñado por el arquitecto español Lorenzo de la Hidalga, fue demolido en 1901.
Pintura del Teatro Nacional, a fines del siglo XIX. Diseñado por el arquitecto español Lorenzo de la Hidalga, fue demolido en 1901. Tomadas de Historia del viejo Gran Teatro Nacional de México

Del pórtico exterior se pasaba al interior, que aunque no tan elevado como aquél, era más amplio y tenía a los lados puertas de comunicación para las casas contiguas, en las que se establecieron una hospedería, un café y una nevería. El pórtico interior daba entrada por cinco arcos a un hermoso patio con galerías espaciosas por sus lados, en todos los pisos; de ellas podía pasarse a los magníficos salones que daban a la calle. Del gran patio cuadrado se pasaba a otro vestíbulo interior, donde estaban las escaleras de los palcos: las de galería se hallaban en el patio. El vestíbulo interior comunicaba con una galería semicircular, en la que se veían cinco puertas de entrada al salón del teatro, y seis a los palcos que estaban en la línea de los balcones. El salón y el foro estaban separados por dos pilastras y una columna a cada lado, sostenidos por un sólido y elevado zócalo. Los seis palcos de la línea de balcones podían cerrarse por medio de persianas. Las líneas de los palcos eran tres, con 25 palcos cada una.

El escenario era enorme: del telón al fondo del foro, medía 17 metros y medio, y de embocadura, 15 metros. Tenía 32 cuartos para artistas, salones para sastrería y para pintura de decorados.

Las localidades del teatro eran las siguientes: 704 lunetas de patio; 81 palcos para diez personas; 120 lunetas de balcones; 650 asientos de galería y 111 asientos de ventilas, lo que hacía un total de 2395 asientos.

La decoración del teatro causó una magnífica impresión por su belleza y sobriedad, y fue elogiada entusiastamente por el numeroso público que llenó el coliseo, así como el telón de boca, que representaba la plaza principal de México, con la Columna de la Independencia que proyectó y estaba construyendo el ingeniero Lorenzo de la Hidalga, columna que no llegó a terminarse por no sé qué motivo, habiéndose construido nada más su zócalo, que perduró luengos años, dando origen al nombre de Zócalo, con que hasta la fecha se denomina a la Plaza de Armas o Plaza de la Constitución.

Tanto la decoración del Teatro de Santa Anna, como el mencionado telón, fueron obra del artista señor Pedro Gualdi. […]

A los ocho días de la inauguración del Gran Teatro, se celebraron unos bailes de máscaras los días 18, 19 y 20 de febrero, los que don Francisco Arbeu anunció en la siguiente forma:

TEATRO DE SANTA ANNA

Bailes de máscaras para el 18, 19 y 20 de febrero de 1844.

Al fin este edificio se halla en estado de presentarse y ofrecerse a los habitantes de la hermosa México. Su erección era una necesidad exigida de tiempo atrás, para poner este ramo de civilización y de mejora en armonía con los mejores monumentos que decoran nuestra capital, y con la suntuosidad de sus fiestas: era necesario poner el teatro al nivel del gusto y de tantas otras mejoras formales y materiales.

Dificultades, embarazos y contrariedades de todo género, debió encontrarse mi celo entusiasta para llevar a cabo una empresa tan superior a mis recursos, como desproporcionada a mi insignificante posición social; pero la constancia ha triunfado: el nuevo teatro existe como un monumento de los que exclusivamente pertenecen a la época de nuestra emancipación. El mexicano que conoce los mejores teatros de Europa no sentirá humillación ni vergüenza al mostrar el nuestro a los extranjeros, que le hacen justicia, ¡puedan el tiempo y el progreso de las ciencias hacer de este edificio el verdadero teatro en que la susceptibilidad de los talentos y el ingenio mexicanos, luzca algún día y corone a los que sigan las huellas de Calderón, Vega, Moreto, Bretón de los Herreros, Racine, Molière, Shakespeare, Alfieri, etc.! ¡Húndase luego, después de haber sido el primer templo en que se inmortalice la poesía mexicana, o en el que se iguale a la de los bellos días de nuestros padres! Nosotros hemos llenado nuestro deber levantando el templo y sentando en él los pedestales que han de sostener las estatuas de nuestros trágicos y dramáticos; lugar queda a sus nombres al lado de los más célebres, y llenarlos con merecimientos, será la más noble de las ambiciones.

No se ha cumplido mi voto, porque la inauguración o apertura fuese el día de la instalación del Supremo Gobierno constitucional. Éste era para mí un deber de gratitud hacia el Jefe Supremo de la República, en quien encontré apoyo y protección decidida, y sin la cual quizá habría sucumbido bajo las dificultades de mi empresa.

Esta manifestación no es una lisonja, sino un tributo de gratitud que pago con la sinceridad de un alma exenta de ambiciones y extraña a las pasiones políticas. Ya que tantos e invencibles obstáculos impidieron, a pesar de mis esfuerzos, que la inauguración se hiciese el 2 del corriente, y ya que la estrechez del periodo hasta el carnaval hacía imposible anticipar el año cómico (que comenzará en la Pascua, con la acreditada compañía del Nuevo México, aumentada por algunos actores de la del Principal, que ya están contratados, y otros que se espera que se contratarán), hay necesidad de comenzar por los bailes de máscaras, dejando el estreno cómico para aquella fecha, en que todo el escenario habrá recibido el completo de sus decoraciones y la perfección de la maquinaria, y en que las piezas que se representen llenen la expectación y satisfagan la ansiedad pública. […]


Abrió el Gran Teatro de Santa Anna su temporada de Pascua, el domingo 7 de abril, con una compañía dramática en cuyo elenco figuraban, entre otros artistas, las populares actrices: María Cañete de Laymon, Rosa Peluffo de Armenta, y los actores: Méndez, Antonio Castro, Juan de Mata Ibarzábal, Ramón Barrera e Higinio Castañeda. Varios de ellos habían llegado procedentes de España para actuar en el Teatro de Nuevo México, de cuyo coliseo pasaron a formar parte de la compañía del Gran Teatro de Santa Anna.

Las obras con que debutó esta compañía fueron la comedia de gran aparato dividida en cinco actos, titulada El vaso de agua, que se llevó a escena en la función de la tarde, y por primera vez en México, la comedia del insigne poeta mexicano don Juan Ruiz de Alarcón, titulada Las paredes oyen. Lo triste y lamentable de este suceso fue la ingratitud y falta de patriotismo de la empresa que anunció tal representación en la siguiente forma:

Se ejecutará por primera vez la comedia en tres actos, composición de un mexicano, intitulada Las paredes oyen.

Fue suprimido, como se ve, el nombre del autor, aquel genio de la literatura, orgullo de México y España, cuya vida, semejante a la de todos aquellos que se dedican a las letras, careció de episodios y acontecimientos impresionantes, bélicos y trágicos que aureolan las de los guerreros, los políticos y los descubridores. Su existencia transcurrió en medio de una serie de adversidades y envidias que pusieron a prueba su paciencia y robustecieron su valor. […]

De tal función, el inolvidable Guillermo Prieto, que, como es bien sabido, firmaba sus crónicas con el seudónimo de Fidel, escribió lo siguiente:

El salón estaba espléndido y tan concurrido, que más de cuarenta individuos se devolvieron por falta de asientos. Verdaderamente tuvimos una agradable sorpresa al ver un local tan hermoso, con una lámpara ideada de modo que la luz da a los semblantes una media tinta melancólica y agradable, con un foro extenso y unas decoraciones magníficas. La comedia que se representó fue la de nuestro famoso poeta mexicano don Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza intitulada Las paredes oyen. Esta composición tiene un fin altamente moral, como es el de corregir a los habladores y maldicientes, y abunda en versos fluidos y sonoros; pero como desde antes pensamos, no agradó al público, por estar construida en ese molde antiguo de Calderón y Lope, que no es hoy, por lo común, del gusto de los espectadores, bien que muchos reconocen el infinito mérito literario de esas piezas.


La noche del 4 de junio de ese mismo año de 1844, con motivo de las fiestas celebradas en honor del general Santa Anna, que había entrado a México la víspera para prestar juramento y tomar posesión de la presidencia de la República, se dio una función en su honor en el Gran Teatro que llevaba su nombre, siendo ésta la primera vez que a él asistía, después de que colocó su primera piedra, habiéndose adornado primorosamente el coliseo en su Jean Baptiste Coquelin (Molière). A la entrada del salón se colocó un gran escudo con las armas nacionales y una inscripción que decía: “Al Excelentísimo Señor General de División; Benemérito de la Patria y Presidente Constitucional de la República, en testimonio de gratitud por la protección que dispensó a este Edificio”.

La función dio principio con un Himno que fue cantado a las 9 de la noche, hora en que se presentó el Presidente, quien fue saludado con grandes aplausos. Dicho Himno, que entonó toda la compañía, tenía una letra vulgar y ramplona, que decía:

Hoy la patria gozosa sonríe,
celebrando con gloria y loor
que preside los pueblos de Anáhuac
el más digno, el caudillo mejor.

Seguían varias estrofas tan malas como la anterior, y terminaba con la siguiente, de igual calidad:

La Nación sus destinos confía
al caudillo más noble y valiente
al más sabio, honrado y prudente
que jamás la Nación eligió.
Todo en bien de la Patria promueve,
Y en dos años retorna a la vida
la Nación que se viera abatida
y a su fin caminaba veloz.

Concluido el Himno, se representó el drama El gran capitán, terminando la función con el gracioso baile titulado Los dos fígaros.

Interior del Gran Teatro Nacional.
Interior del Gran Teatro Nacional.

A fin de celebrar dignamente el aniversario de nuestra Independencia, la empresa del Teatro de Santa Anna encargó a dos jóvenes autores mexicanos, cuyos nombres se ignoran, que escribieran una comedia, que titularon Una familia en tiempo de la insurrección, y que se llevó a escena el 15 de septiembre de aquel mismo año, con muy escaso éxito, por su ínfimo valimiento. […]

El miércoles 2 de octubre se estrenó la comedia de magia artificial, en tres actos, titulada Por esposa y trono a un tiempo o Mágico de Serván y tirano de Astracán; el jueves 3 se puso la comedia en dos actos Los dos solterones y la de un acto Mi secretario y yo; el viernes 4 lo fueron las comedias La ópera y el sermón y Las citas a media noche y el sábado 5 se dio la función que fue anunciada de la siguiente manera:


GRAN TEATRO DE SANTA ANNA

Tomando la Empresa de este Teatro la parte que debe en la satisfacción pública, por el matrimonio contraído por el Exmo. Sr. Presidente Constitucional don Antonio López de Santa Anna con la Exma. Sra. doña Dolores Tosta, ha dispuesto una sobresaliente función en estos términos:

Dará principio con una brillante obertura, representándose en seguida la comedia en dos actos titulada: Arturo o el amor de madre y en el segundo acto se bailará el Jaleo de Jerez terminando la función con un padedú serio.

La Exma. Sra. doña Dolores Tosta de Santa Anna se ha dignado complacer a la empresa concurriendo al espectáculo; que así mismo honrará con su presencia el Exmo. S. Presidente interino.

La función a que antes hago mención se había llevado a efecto, como se dice, en celebración del matrimonio que el día 3 de ese mismo mes había contraído el general Santa Anna, casándose en segundas nupcias, y cuyo matrimonio causó mala impresión entre la sociedad capitalina en virtud de haberse celebrado al mes y medio apenas, de la muerte de su primera esposa, Inés García, no obstante lo cual, esa misma sociedad ocupó todas las localidades del Gran Teatro.

El día 7 se puso la comedia nueva en cinco actos titulada La ambición; el día 8 la comedia Un oficial de marina; el 9 se repitió Por esposa y trono a un tiempo; el 10 se llevó a escena Al César lo que es del César; el 11, Oros son triunfos; el domingo 13 la comedia en cuatro actos El médico de su honra; el 14, Dios los cría y ellos se juntan; el 15, Por él y por mí; el 16 se efectuó el beneficio de la actriz María Cañete, artista que gozaba de gran popularidad y estimación, siendo la mimada del público de México, habiéndose representado en tal función la segunda parte de El pilluelo de París; después, en el intermedio, la orquesta tocó la obertura de La caza de Enrique IV, termina la velada con el baile jaleo de moda entonces, denominado ¡Ay, Julepe, Ay Julepe!, y la tonadilla La estera o El majo celoso, de gran actualidad y divertimiento, la que fue interpretada por la actriz María Cañete, que vestida de maja y en unión de dos artistas de la compañía, cantaron las coplas de El tripili.

Respecto a esta función don Guillermo Prieto escribió en El Siglo Diez y Nueve lo siguiente:

La señora María Cañete, que desde que llegó a la República a esta fecha, no ha cesado de estudiar y adelantar positivamente, sin parecerse a otras actrices, que hace veinte años que representan en las tablas y no han variado ni un ápice. Al principio se le creyó sólo útil para los papeles de graciosa y de maja, que en efecto desempeña con mucho aplauso; después, las necesidades de la empresa hicieron que la señora Cañete hiciera papeles de género serio, y sus primeros ensayos no agradaron tanto, quizá por la preocupación que había de que sólo servía para graciosa. La señora Cañete no se desanimó y siguió adelante hasta que triunfó de esa preocupación, y quién sabe, también, si a fuerza de estudio dominó su genio alegre y andaluz para plegarse a ese sentimentalismo refinado y a esas pasiones terribles y profundas de algunos dramas modernos. El público todo le ha visto hacer Los celos, y no ha podido menos de admirar que a fuerza de talento y estudio pueda expresar las pasiones con tanta verdad. La Emilia, de Navarrete, es una de las comedias en que la Cañete destroza el corazón. Las facciones desencajadas, el paso vacilante, su voz doliente, su mirada llorosa y su acento lastimero, son absolutamente la naturaleza como la verdad, en una palabra, la representación admirable de la joven inocente y sensible seducida y burlada por un malvado...


El descontento que reinaba desde hacía tiempo en contra de la administración del general Santa Anna se desbordó al fin, y el 6 de diciembre la guarnición de México, instigada por el Congreso, secundó el pronunciamiento del general Mariano Paredes y Arrillaga efectuado en Guadalajara, dando por resultado tales sucesos, que el general Santa Anna fuera desconocido como presidente de la República, asumiendo la presidencia del consejo de gobierno el general don José Joaquín Herrera.

Estos hechos dieron lugar a que el pueblo enardecido, azuzado y mal aconsejado por un médico a quien seguían algunos individuos a caballo, se dirigiera al panteón de Santa Paula e hiciera pedazos la urna donde se hallaba encerrada la pierna del general Santa Anna.

Este panteón de Santa Paula hallábase ubicado en la calzada de Santa María, hoy calle de Santa María la Redonda, casi en su extremo norte y a mano izquierda, quedando de él en la actualidad, solamente la capilla, que se encuentra en una rinconada de la actual calle 3ª. de Riva Palacio, que desemboca en la 1ª. calle de Moctezuma. […]

A este panteón, como antes digo, se dirigió en tumulto el pueblo y lazando la columna del monumento donde se encontraba la urna depositaria de la pierna de Santa Anna, fue echada a tierra, destrozada, y extraído de ella aquel pie que su dueño perdiera en defensa de nuestra patria en la jornada del 5 de diciembre de 1838 en Veracruz, segado por un proyectil francés, y una vez exhumado dicho miembro, olvidando el populacho que en aquella reliquia estaba vinculada una página de nuestra historia, a los gritos de “¡Muera Santa Anna!” fue atado el mutilado miembro a un lazo y en medio de sangrientas burlas lo arrastró con gran escarnio por las calles de la capital, lanzando mueras y cantando varios sones populares de los más en boga en aquella época y a los que el pueblo, con su proverbial ingenio, habíales acomodado letras satíricas para el mandatario caído. Después el populacho se encaminó al Teatro de Santa Anna y siguió dando muestras de su inconsciente encono, destruyendo la estatua del dictador, que se había erigido en el peristilo del Gran Teatro.

Los vates populares conmemoraron estos acontecimientos con unos satíricos versos titulados: El zancarrón de Santa Anna.

Como consecuencia de los hechos relatados, se procedió a quitar las letras doradas que ostentaba el frontispicio del teatro con el nombre de Gran Teatro de Santa Anna, denominándosele provisionalmente Teatro de Vergara, que era el nombre de la calle donde estaba ubicado.

Al día siguiente, es decir, el día 7 del mismo mes de diciembre, fue estrenado en México y en ese mismo teatro, denominado ya Teatro de Vergara, el drama religioso-fantástico en dos partes, titulado Don Juan Tenorio, escrito en verso por el poeta español don José Zorrilla. […]

[El drama de Zorrilla fue] llevado a escena, la primera parte, el día 7 y la segunda el día 8 de diciembre, pues no se daba entonces ese drama en una sola función, como hoy se hace.

El 15 del mismo diciembre fue substituido el nombre de Teatro de Vergara, que llevaba nuestro coliseo monografiado, por el de Gran Teatro Nacional, que ostentó desde esa fecha en su fachada.

Dos teatros, dos historias: dos joyas bibliográficas

(Silvia Molina)

Para celebrar los 75 años del Palacio de Bellas Artes y el próximo Bicentenario, el Conaculta publica, a través del INBA, dos joyas bibliográficas cuyo autor es uno de esos seres extraordinarios nacidos a finales del siglo XIX, quien además de ser capitán del ejército, burócrata y maestro, ejerció como librero, crítico y dramaturgo con la dicha de estrenar cerca de cuarenta obras del género chico: Manuel Mañón.

Entre los libros que publicó Mañón se encuentra la Historia del Teatro Principal de México (Editorial Cultura, 1932), cuya edición facsimilar se edita hoy por ser importancia no sólo para comprender el desarrollo del teatro en nuestro país, sino para apreciar y disfrutar la vida política, social y cultural de la época.

Gracias a una pluma divertida y amena, la lectura se vuelve amable, juguetona. Nos encontramos frente a una prosa llena de anécdotas y detalles curiosos, y el libro resulta una lectura no sólo para los especialistas sino para todo público. En la Historia del Teatro Principal de México, Mañón da cuenta puntual o, por decirlo de otra manera, hace la memoria de uno de los escenarios más antiguos de la Ciudad de México, a partir de su inauguración (1723) hasta que desapareció debido a un incendio en 1931; y poco falta para asistir en vivo a los espectáculos que reseña el autor con la ayuda de programas, elencos, comentarios, fábulas, notas periodísticas, descripciones, referencias, recuerdos, etc.

El otro libro que se edita, Historia del Viejo Gran Teatro Nacional de México (1844-1901), también de Manuel Mañón, salió publicado por entregas en el periódico Excélsior entre 1942 y 1943 y va a ser un libro inseparable del primero. Ambas publicaciones rescatan además de la memoria del espectáculo y de la historia concreta de cada uno de estos dos teatros, la grandilocuencia de las festividades patrióticas que albergaron y el devenir de la historia nacional, de tal manera que se complementan y ofrecen un entrañable panorama en el que surgió, con honor y gloria, el Palacio de Bellas Artes.

Los antecedentes del Palacio se encuentran, pues, en ambos libros y es imposible no leerlos sin aceptar, e incluso desear, las divagaciones del autor que son como la sal y la pimienta con las que están aderezadas las crónicas del conocedor y amante del mundo del espectáculo teatral y político del país.

Los dos volúmenes fueron preparados por un grupo de investigadores del Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información Teatral Rodolfo Usigli bajo la dirección de Rodolfo Obregón (Introducción: Giovanna Recchia, investigación: José Santos Valdés; apoyo a la investigación: Julia Reyes Retana, Sara Marisa Castillo Flores y Victoria Rojas; corrección: Rubén Ortiz, Octavio Hernández y Mariana Alatorre).

Al ir cambiando de nombre los teatros, (Coliseo Nuevo: Teatro Principal; Gran Teatro de Santa Anna: Gran Teatro Nacional, Gran Teatro Imperial, Gran Teatro Nacional nuevamente) se van encendiendo las luces de los entre actos de la historia de México cuyos personajes desfilan si no por el escenario, sí por los palcos, y alimentan las hablillas y los rumores que desaparecen con los primeros acordes de la música que anuncia cuando las cortinas se abren a otro espectáculo.

Este inusitado rescate que se enriqueció con la investigación iconográfica, nos permite disfrutar las vicisitudes de los actores, todos, del mundo teatral (parte de una historia que estaba perdida), y hacerle justicia a un autor que por asistir de pequeño de la mano de sus padres al teatro se hizo un adicto irredento que se volcó a escribir sobre una pasión que lo divertía y lo hacía sufrir.