El maravilloso ribosoma
La ciencia por gusto
Martín Bonfil Olivera
El premio Nobel de Química de este año me emocionó aún más que el de Medicina.
Se otorgó a Venkatraman Ramakrishnan, Thomas Steitz y Ada Yonath por “sus estudios acerca de la estructura y función del ribosoma”.
Si, como comentaba la semana pasada, las enzimas son asombrosas máquinas moleculares que llevan a cabo prácticamente todas las funciones de una célula viva, los ribosomas son verdaderas fábricas automáticas que construyen con precisión cada uno de los miles de proteínas distintas que necesitamos para estar vivos.
Un ribosoma es una madeja compleja de ácido ribonucleico (el primo de una sola hebra del ADN) y múltiples proteínas.
Tiene partes fijas y otras que se mueven con precisión robótica para ensamblar en cuestión de minutos, leyendo la información proveniente del ADN, proteínas formadas por miles de aminoácidos, como perlas en un collar.
El logro de los galardonados fue localizar con precisión cada uno de los cientos de miles de átomos que forman un ribosoma, lo cual ha permitido comprender su funcionamiento con detalle atómico. Utilizaron la cristalografía de rayos X, método desarrollado a principios del siglo XX.
Para ello, primero tuvieron que obtener cristales perfectamente ordenados formados por ribosomas puros; tardaron casi 20 años.
Pero para ver átomos no puede usarse un microscopio de luz, ni siquiera de electrones. Sólo los rayos X tienen la finura necesaria. Y no hay lentes que puedan enfocarlos y formar imágenes: se tiene que recoger el conjunto de manchas formadas por el paso de los rayos X a través de los cristales y usar computadoras para procesar matemáticamente los datos.
¿El resultado? Modelos computarizados detalladísimos que revelan cada tornillo y engrane de estas maravillosas nanofábricas moleculares.
Como beneficio adicional, están permitiendo desarrollar nuevos antibióticos que funcionan como llaves de tuercas arrojadas al interior de los ribosomas de las bacterias que nos enferman.
Me encantó el Nobel de química de este año. Lástima que Harry Noller, uno de los gigantes del estudio de los ribosomas, haya quedado fuera del premio, que sólo puede concederse a un máximo de tres personas.


