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Migración forzosa y forzada, pero además vergonzosa

La migración siempre ha sido forzosa, siempre ha estado impuesta por las circunstancias. Nadie deja voluntariamente su país si no es porque su vida corre peligro: por hambre, por guerra, por limpieza étnica, religiosa, genérica.
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  • 2009-10-12•Todas

Foto: Rotmi Enciso

¡Cuántos editorialistas, cuántas líneas, cuántos minutos en la radio, cuántas imágenes estremecedoras cuando un migrante mexicano es maltratado o muere “del otro lado”! ¡Y cuánto silencio, cuánta indiferencia, cuánta frialdad cuando se trata de quienes se “cuelan” a nuestro país por la frontera sur!

La migración siempre ha sido forzosa, siempre ha estado impuesta por las circunstancias. Nadie deja voluntariamente su país si no es porque su vida corre peligro: por hambre, por guerra, por limpieza étnica, religiosa, genérica. Pero al dolor de abandonar el propio país, en México hoy se suman la persecución implacable, la violencia en todas sus formas, la esclavitud, la prostitución obligada y el desprecio o la indiferencia de este país que en algún momento tuvo una honrosa reputación internacional como asilo de perseguidos, un país cuya hospitalidad se citaba en el tercero y en el primer mundo por igual.

No sé si llorar en estas líneas por esos pobres seres humanos que si no pierden piernas o brazos en las vías de un tren, caen en manos de las dizque autoridades de migración que, lejos de protegerlos, los persiguen, los matan, los prostituyen o los esclavizan; o más bien llorar por mi pobre país, antes orgulloso de su hospitalidad y su fama de puertas abiertas a los migrantes, y hoy poseedor de uno de los primeros lugares mundiales en trata de personas, en pornografía infantil y en maltrato de migrantes.

Las cifras que se dieron hace unos días en el programa de radio de Carmen Aristegui dan sólo una idea del horror del que hablo: alrededor de dos mil migrantes por año desaparecen en la frontera sur de México. No recuerdo la cifra de mutilados, de mujeres violadas delante de maridos, hijos o hermanos; la cifra de niños hallados en burdeles; la de hombres y mujeres rescatados de fincas donde trabajaban como esclavos, pero eran también de miles y miles. Y los números reales pueden ser mucho mayores de cuanto se sabe —que es muy poco— porque nadie habla; las autoridades son las primeras en explotar sus circunstancias de desvalidos para venderlos, prostituirlos o matarlos sin que nadie se interese por esos niños-chatarra, esas mujeres-basura, esos hombres-escoria que no son vistos siquiera como personas y que no figuran ni como estadística para la opinión pública mexicana.

Las listas de menores y de mujeres extraviados y que presumiblemente cayeron en manos de tratantes de personas es igualmente impresionante. Ya se habla de que el negocio de la trata de personas deja ganancias mayores aun que las que produce el narcotráfico. Otro honroso primer lugar para nuestro país en negligencia, en indiferencia, en desinterés por esas familias destrozadas, por esas vidas mutiladas para siempre.

Vienen muy a cuento las recientes palabras de la señora Miranda de Wallace, la valiente madre que emprendió, ella sola ante la negligencia de las autoridades, la investigación sobre el secuestro de su hijo: “Las víctimas en México somos menos que la basura, que ese polvo, que esa mugre que se echa debajo del tapete”.

Anilú Elías