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Ecatepunk en el corazón

La murga de los renegados

No hay zafo que valga, visitar el penal de Chiconautla es confirmar el principio normanmaileriano que asegura que los tipos duros no bailan. La cárcel de Ecatepec no es cualquier prisión, no porque sea un sitio más extremo que Santa Martha o el Reclusorio Norte, sino por su ubicación: desde sus entrañas el único panorama que se divisa es un cerro de basura.
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  • 2009-10-11•El Ángel Exterminador

Fotos: Oswaldo Ramírez

Existen presidios memorables, como aquella puerta negra cerrada con tres candados o la jaula que por ser de oro no deja de ser prisión, pero ninguno tan malcolmlowryano como el de Chiconautla.

Partir de Coahuila hacia el Estado de México para visitar un penal entraña una ternura materna conmovedora. “Mi'jito, encomiéndate a San Apapurcio”, me dijo mi madre, debido a la arraigada creencia que se tiene de que el chilango es un ser de baja estofa, despreciable y enemigo de la sociedad. Qué importa que en el norte el clímax de violencia rompiera récords. La capital siempre representará el infierno.

Llegué al DF crudo. Como si ostentara el lector de mentes del Facebook, Nahúm Torres, jefe de bibliotecas del municipio, me puso un bote de León bien helado en la mano. Entonces, se rompió el primer cliché. Pese a lo que diga el mundo, mi relación con los chilangos no sólo ha sido pacífica, sino fructífera y entrañable.

El segundo estereotipo se rompió cuando agarramos rumbo. Se tiene la creencia de que los chilangos, entre los que podemos ubicar a los ecatepenses, son culeros, mezquinos y miserables. Mentira. Lo constaté al entrar al Fiesta Inn Ecatepec. Pocas veces en mi perra vida me habían metido en un hotel como ése. Estaba en Ecatepec para presentar mi segundo libro. Entre las actividades programadas durante mi visita se ostentaba una lectura de poemas en el penal de Chiconautla. No sería la primera vez que franquearía las puertas de un centro de readaptación social, pero en el acontecimiento latía el tercer estereotipo contra el que me alertaron: Ecatepec está regacho. Según esta lógica, si el municipio estaba quemadísimo, el penal rebasaría mis expectativas. Antes de desplazarnos hacia Chiconaulta, constaté que era una charra lo referente a Ecatepec. No lo encontré garfio, al contrario. Caminé por Ciudad Azteca, conocí Santa María y me enamoré de sus tacos.

El cuarto estereotipo que se vino abajo fue el que afirma que las chilangas son feas. No podría meter las manos al fuego por todas, pero las ecatepenses destacan dentro del conjunto. Anquilosé la calidad de la carne gracias a las empleadas de la biblioteca central. Puro TIF. Era tanta la buenez de aquellas mujeres que se respiraba un aire enrarecido en la atmósfera. Era la competencia. La lucha por sacarse la garra mutuamente. El combate tácito por establecer el soy más bonita que tú. De entre todas destacaba Ivette, nuestra chofer. Alburera, cafre y hermosa.

Nos trepamos al carro Nahúm Torres, Pablo Cochinilla, auxiliar, Carlos Desastre, cantautor español del proyecto Dando Amor, quien era la atracción principal del espectáculo que se ofrecería a los reos, y yo, con Ivette al volante. Durante el trayecto tembló de manera considerable. Pero en movimiento no se percibe el oscilar de la tierra, así que me perdí el pánico en el rostro de la gente. El penal de Chiconautla se encuentra en la periferia de la ciudad. El camino hacia sus puertas es accidentado. Un rumbo sin ley donde, aseguran los ecatepenses, se matan y se desaparecen por deporte. Después de tanta calle malpavimentada, de terracería y de paisaje apocalíptico nos topamos con el centro de readaptación. Entraríamos todos, excepto Ivette, pues en sus mallas color morado se veía tan ultramamacita que temíamos un motín.

Entrar al reclusorio fue un pedo. Vestía de negro, color negado para los visitantes pues es el color que identifica a los guardias. Además, había olvidado la credencial de elector en el hotel. Después de insistir, me dejaron pasar. Lo primero que me encontré en el patio central fue una riña entre dos presos. De inmediato vino a mi mente el motín organizado ahí en 2006. Para mi buena suerte, el borlote fue apagado por dos custodios. En seguida, un río de orines golpeó mis sentidos. Varios reos barrían un mar de meados por un pasillo lateral del patio. Era orina de meses, de cientos de cabrones, olía al infierno de Dante.

Entramos en un espacio denominado patio de actividades. Entonces se me reveló el demonio de Lowry en todo su esplendor. El penal no se encontraba bajo el Popo, sino bajo un volcán de basura que en lugar de lava despedía los humores de los desechos. Dando amor, acompañado de su guitarra eléctrica, comenzó su actuación. Detrás de él, en cuclillas, observé a los presos colgar cobijas en la malla ciclónica. Detrás se ostentaba el cerro de basura. Me dejé invadir por la vibra y un nudo se formó en mi garganta. Empecé a sentir unos deseos irremediables de llorar. Nunca me he conmovido con nada. Pero no lo podía evitar. Por fortuna logré apaciguar mis sentimientos. “Órale pinche norteño, te toca”, me dijo Nahúm Torres. Me eché a los presos a la bolsa. Empecé mi lectura diciendo lo mucho que teníamos ellos y yo en común.

Los textos que leería estaban inspirados por una mujer que me había abandonado, les dije: “Sé que a ustedes no los han abandonado, pero supongo que afuera los espera una morrita, alguien que les corta las uñas de los pies y los pelos de la nariz”. La aprobación fue general. Entonces, comencé a pensar en mi esposa. Me volvería loco si me metieran preso y no pudiera volver a agarrarle las nalguitas. Dentro de mí comenzó a sonar la murga de aquellos renegados a los que fuera los esperaba una torta. Sé que cometieron un crimen y deben pagar, ¿pero existe desgracia más grande en el mundo que estar lejos de un cuerpecito?

El penal me cambió la vida. Salí de ahí siendo un nuevo cónsul. Después de tanto penal de fresas en el norte conocí un penal lumpen en el sur. Había estado bajo el volcán y me había quemado.

Carlos Velázquez