Corriente secreta
Recordatorio de un mellizo espectral
José Emilio Pacheco afirmó alguna vez que la mala prosa de Federico Gamboa hacía irremontable la lectura de los siete tomos que conforman su Diario. Para José Emilio, el problema de aquella mala prosa era que podía privar a los lectores del documento humano más importante del porfiriato. Hacía falta, pues, que alguien leyera los siete tomos y nos entregara una imagen de don Federico, autor mucho menos conocido que el personaje que lo convirtió en bestseller. Uno de los encargados de remontar lo irremontable fue un novelista que, al igual que Gamboa, alguna vez formó parte del servicio diplomático: Álvaro Uribe. En el clima de los Centenarios que hoy se derrumban sobre nosotros, Uribe decidió revisar y actualizar un libro de 1999: Recordatorio de Federico Gamboa, relanzado ahora por Tusquets.
Se trata del recordatorio de una tragedia: la de estar a punto de tenerlo todo y después perderlo todo. Además de firmar la primera novela mexicana del siglo XX, Santa, Gamboa fue el cronista de la lujuria en el México porfiriano. Libro a libro sacudió a los lectores con un conjunto de imágenes transgresoras sobre el adulterio, la explotación sexual y la concupiscencia de la sociedad de su tiempo. Si a José Juan Tablada le costó el puesto la publicación de “Misa negra” —versión póetica de un cunnilingus— a Gamboa se le toleró, incluso, una escena de Metamorfosis en la que una monja con las ropas desgarradas recibe “vibrando de gratitud” el beso de un hombre que hunde “sus labios en sus muslos, duros como el mármol y ardientes como la lava”. Aunque los marginados de la modernización porfirista circulaban a menudo en sus libros, Gamboa estaba lejos de convertirse en un detractor del régimen: a su audacia literaria oponía, invariablemente, la búsqueda de cargos y la cautela política. Aún más: creía que el sistema “que mejor cuadra con la condición humana es el monárquico y, en su defecto, la dictadura” y prefería, “al criterio brutal de la masa”, la figura del “insigne catador de hombres” que era Porfirio Díaz. Fue el primero en llegar a El Havre el 20 de junio de 1911 para recibir al dictador depuesto en el Ipiranga. No vaciló en abandonar su cargo de ministro plenipotenciario y atender el telegrama en el que Victoriano Huerta lo invitaba a hacerse cargo de la cartera de Relaciones Exteriores. De vuelta en México, soñó con la presidencia de la República y se lanzó a una campaña que, según Díaz Mirón, movía a risa y a escarnio. Su pasado le valió el desprecio de los gobiernos de la Revolución, lo convirtió en una sombra que deambulaba perdida en Chimalistac, menos por su desgracia política que por la certidumbre de que la Revolución le había robado “el habla narrativa”, “el México que retrataba en sus novelas”.
En la cumbre del poder, en el esplendor del prestigio literario, Gamboa ambicionó ser traducido al francés y al inglés. Maniobró para que sus obras de teatro fueran montadas en París y en Nueva York. Lo tuvo todo y lo perdió todo. Mientras Santa triunfaba en el cine —y llegaba al elepé en la voz de Agustín Lara—, Federico Gamboa naufragaba, escribe José Emilio Pacheco, convertido en su mellizo espectral.


