De todos modos Juan te llamas

Rosario Robles

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  • 2009-09-26•Política

Si no fuera porque están de por medio casi 2 millones de personas, el reality show que tiene como escenario Iztapalapa podría causar cierta gracia. Lamentablemente no es así. Por la sencilla razón de que lo que ahí sucede es una muestra más de la descomposición de la izquierda, y en general de la forma de hacer política en un sistema en el que los ciudadanos son los que menos cuentan. Desde luego que esta tragicomedia tiene responsables. En primerísimo lugar López Obrador. Porque ante la intromisión grosera del Tribunal electoral en la vida interna del PRD, construyó una salida basada (también) en la manipulación. Pensó que, como en otras ocasiones, su estrategia tendría éxito. Creyó que cada quién tocaría el instrumento de acuerdo a sus instrucciones. Le ordenó a Rafael Acosta que asumiera el compromiso de renunciar al resultar electo, a Clara Brugada que hiciera campaña y desafiara abiertamente al PRD, mandató al jefe de Gobierno desde la plaza pública y les dijo a los ciudadanos cómo votar (lo que no es difícil cuando se cuenta con padrones de los programas sociales y un gobierno que sabe cómo presionar para que rápidamente se aprenda a cruzar el símbolo del PT). Es responsable también la cúpula del sol azteca, que fue incapaz de encontrar una solución negociada al conflicto en esa delegación crucial en el Distrito Federal. La confrontación interna, la incapacidad de lograr consensos y de articular respuestas por encima de intereses de facciosos, impidió una candidatura unitaria y le abrió la puerta al tribunal para desconocer a unos cuantos días de la elección la candidatura de Clara Brugada que, justo es decirlo, es una mujer con una gran trayectoria de lucha y compromiso. López Obrador prefirió entonces entregar la plaza al PT y particularmente a Juanito, y se equivocó con ello. Porque cabía una altísima posibilidad de que una vez electo, con los recursos y la importancia que representa Iztapalapa, no quisiera renunciar. Mucho menos para entregarle el poder a una mujer (no es de machos hacerlo). Y ése es, por lo menos hasta ahora, el resultado de su “genial” propuesta: la construcción de un personaje de aire, sin sustento, sin las capacidades para gobernar una delegación con esas características, pero que lo hará avalado por la voluntad ciudadana. Hoy por hoy, Rafael Acosta es el delegado emanado de la única soberanía que se reconoce, la popular.

Los medios de comunicación han sido también protagonistas en este guión. Con la idea de golpear a AMLO y demostrar sus inconsistencias, inflaron a Juanito, lo convirtieron en personaje de película, en el pícaro que se rebela frente al designio del poderoso representando fielmente el sentimiento popular. Y al grito de todos somos Juanito, se inventó la historia de que ganó la elección por sus propios méritos. Lo que no sabe este comediante tan proclive al canto de las sirenas es que mañana, cuando ya no les sea útil a los que hoy lo halagan, simplemente lo van a hacer pedazos. Lo grave es que los únicos perdedores son los habitantes de la demarcación más grande de la ciudad, en la que las disparidades sociales y la falta de servicios siguen siendo una realidad. Nadie piensa en los millones de personas que ahí viven. Ni siquiera el PRD que ha decidido ahora, sin la menor autocrítica de por medio, que impedirá que Acosta tome posesión. Desde su lógica están en su derecho, porque hace tiempo que, sin contrapeso alguno, piensan que son los únicos dueños de la ciudad, a la que han convertido en botín, en su patrimonio exclusivo. El affaire Iztapalapa es el reflejo descarnado de la degradación de la política. Se le utiliza para manipular, no para construir ciudadanos. Se le convierte, al final de cuentas, en un instrumento ajeno a causas y principios, sobre todo de aquellos por los que el PRD ha luchado desde su fundación. Con todo este montaje, lo único que se logra es el desinterés, la desesperanza, la convicción de muchos de que la política hace tiempo que dejó de ser la vía para resolver los problemas, para encontrar soluciones, para hacer realidad aspiraciones y sueños. Lástima que en esta ocasión el precio a pagar sea tan alto, pues están de por medio los habitantes de Iztapalapa. Lástima también que ni siquiera por esta vez López Obrador va a reconocer que se equivocó. Y mucho menos se disculpará por ello.

rrobles@mileniodiario.com.mx