No lea; disfrute el colapso
Invitado
Juan Carlos Hidalgo - las posibilidades del odio
Cada día se hace más evidente que México carece de un proyecto de país; vamos, ni siquiera tiene un rumbo claro. Estamos gobernados por quien ha sido considerado por expertos el posible peor presidente en la historia del país. El colapso parece inminente. La economía amenaza con alcanzar un grado cero y para el año que viene se anticipan aumentos prácticamente en todo.
¿Vendrá nuevamente una revuelta como ocurrió en 1810 y 1910 o no pasará algo trascendente más allá de las múltiples celebraciones? No es fácil pasar el día a día ante la zozobra, hace falta apegarse a algo que nos proporcione cierto asidero y eso puede ser la cultura. Sergio González Rodríguez es uno de los escritores que han insistido en que una parte de la tarea del arte y la cultura es hacer oposición a la barbarie; tratar de generar cierto contrapeso para que la sinrazón y la ley del más fuerte no se imponga. El ejercicio de la lectura trae consigo que el individuo obtenga explicaciones que al alterar su pensamiento y óptica existencial se manifestarán posteriormente en la vida diaria, y eso ya es una ganancia. Por eso la apuesta de este domingo apunta a la recomendación de dos libros que pueden aportarnos algunas ideas para entretenernos mientras esperamos el apocalipsis.
Rubén Bonet
Jaikús Maniacos
Ed. Moho, 09
Para atreverse a escribir aforismos hay que ser un cínico, estar loco y tener gran sensibilidad para analizar la existencia, y Rubén Bonet posee una interesante mezcla de cada una de estas condiciones. Reivindicando la vagancia y la holgazanería como puente hacía la reflexión, aprovecha los momentos de reposo o resaca para ir escribiendo lentamente sus acotaciones sobre la vida.
Este tipo de compilaciones corren el riesgo de convertirse en algo soporífero, sí se les toma como algo hiper serio y formal; afortunadamente este irreverente y polémico personaje posee un sentido del humor ácido y negrísimo que prevalece, aunque no por ello le quita contundencia a las aseveraciones: “detesto la exigencia de ser militante, de lo que sea, de un partido político, de un nacionalismo en peligro de extinción, de determinado movimiento social… YO, la única isla desierta en la que viviría y a la que de todos modos me resulta difícil darle mi adhesión”.
Este libro, que se completa con los escritos a propósito de su delirante y jocosa Fundación: Adopte un escritor y los textos que ha ido publicando periódicamente en la revista Moho, marca una nueva etapa de faceta de Guillermo Fadanelli como editor, apostando por una literatura sin pasteurizar que busca ser honesta, guarra, pero no menos lucida.
Museo Vivo
Saúl Ordoñez
Fondo Editorial Tierra Adentro, 09
A los poetas les suele atraer el reto de trastocar las estructuras tradicionales y hallar, además, fuentes diversas que provoquen el momento creativo. En este sentido es interesante el primer libro de Ordoñez (Toluca, 1981), que parte de su pasión por las artes plásticas para enfrentar la escritura. Aprecia ciertas obras que le provocan escribir poemas que no pretenden ser la fiel transpolación de la pieza sino un pretexto para construirse y decontruirse a sí mismo a través del lenguaje.
46 obras, procedentes de épocas y corrientes distantes, detonan el surgimiento de los versos, que han de ser tan polimorfos para resignificar universos disímbolos como los de El Bosco, Damien Hirst, Francis Bacon, Giorgio de Chirico, Robert Motherwell o Paul Klee. La imagen es la célula madre pero luego viene el corpus amasado por el escritor.
La lectura de este libro se convierte en una experiencia viva por un museo orgánico y el escritor un ente que teclea trasmutando instantes precisos, como en Lucky Lulu Blonde: “La artillería alemana se aproxima y aquí arde algo, pero no es un astro ni tu ojos, Lulu, es un cigarrillo entre dedos engarrotados”. Los poetas emergentes libran con valor sus batallas; al menos esa es una buena señal.


