Homicidios: hechos y percepciones
Día con día
Héctor Aguilar Camín
Contra lo que sugieren las noticias de cada día, los homicidios de México no se han disparado. Ni van a la alza ni se propagan por todo el territorio nacional.
De hecho, los homicidios han descendido a la mitad desde 1990, tal como demuestra con cifras fuera de toda discusión Fernando Escalante Gonzalbo en su ensayo “Homicidios” de la revista Nexos de septiembre.
Los homicidios no son una plaga nacional, sino la experiencia concentrada de algunos estados y algunas ciudades. No sólo ha bajado el número de homicidios, de 19 por cada cien mil habitantes en 1990 a 8 por cada cien mil en 2007, sino que ha cambiado la geografía de la violencia.
La mayor cantidad de homicidios se desplaza de estados agrarios tradicionales (Estado de México, Oaxaca, Guerrero) a ciudades de la frontera norte y el noroeste: Baja California, Sonora, Chihuahua y Sinaloa.
Y de las anónimas comunidades campesinas del centro y el sur, al escenario visible de ciudades en expansión económica y demográfica.
¿Por qué disminuyen los homicidios en el México del centro tradicional? Quizás, sugiere Escalante, por el “fin de la reforma agraria” de los 90 que puso un alto al pleito viejo por la tierra.
¿Por qué no se registra esa tendencia a la baja en el México agrario de la Tierra Caliente de Guerrero y Michoacán, ni en la parte alta de la Sierra Madre Occidental, entre Sinaloa, Durango y Chihuahua? “El factor más importante parece ser la muy débil presencia del Estado”, dice Escalante. “Casi basta con un mapa de carreteras para verlo”.
¿Por qué crece el número de homicidios en las ciudades del norte? Por el tráfico de drogas y la guerra de las bandas, pero también por “una auténtica explosión demográfica: municipios de 500 mil habitantes que han duplicado su población en 20 años y no han tenido capacidad de brindar servicios urbanos mínimos a esa nueva población”.
¿Por qué la percepción generalizada de que las cosas son al revés, en el sentido opuesto a los hechos? Quizá “la alarma obedezca”, dice Escalante, “no al número de homicidios sino a que sean más notorios, concentrados en algunas ciudades o más espectaculares: cuerpos mutilados, decapitados, con mensajes escritos, es decir, dirigidos a los medios de comunicación, en un despliegue pensado para aterrorizar”.
Los medios, no cabe duda, hemos hecho nuestra parte del trabajo y creado una terrorífica campaña informativa en la que cada noticia macabra es cierta pero el mensaje global resulta absolutamente contrario a la verdad.


