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En defensa del ocio

Analecta de las horas

Ariel González Jiménez

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  • 2009-08-29•Cultura

No hay asunto más cotidiano, a la vez que subversivo, que el ocio. En estos días donde prácticamente no existe ya un tema de resonancias progresistas que no haya sido manoseado por nuestras izquierdas —en algunos casos con propósitos electorales—, despotricar contra el trabajo y reivindicar el ocio parece todavía una de las pocas causas incontaminadas por nuestros “verdes”, “socialdemócratas” o el perredismo y sus adláteres, que se desviven por trabajar en un cargo público.

La causa del ocio es suficientemente libertaria, provocadora e individualista a ojos de nuestra madrugadora clase política como para que nadie interceda a su favor. Es una causa envidiada, pero casi siempre en secreto, porque es mal vista; es posible formularla y hasta ejercerla, pero entonces resultamos despreciables ante nuestros más productivos, eficientes y disciplinados congéneres, distribuidos (democráticamente, por cierto) entre pobres y ricos, derechas e izquierdas, creyentes y ateos.

Es que al ocio, indebidamente, se lo asocia a la idea de no hacer nada, de echar, para decirlo en términos muy mexicanos, la güeva, de tirarse por ahí a ver pasar las nubes o dormitar placenteramente mientras la gente se afana en un sinfín de deberes que quizás deberían parecerles extraños, ajenos o, para decirlo en palabras del viejo Marx, enajenantes.

Pero nada más inexacto que considerar el ocio mera baquetonería (otro gran mexicanismo). Porque cualquiera es perezoso, pero no todo mundo consigue ser ocioso. Séneca delimitó perfectamente los dos campos, puesto que hay personas cuya vida “no debe llamarse ociosa, sino una ocupación plena de desidia”; cuya vida transcurre sin fruto, sin gusto, sin ningún provecho para el espíritu”. De ahí que el gran estoico se preguntara: “¿Llamas tú ocioso al que con solicitud angustiosa colecciona bronces de Corinto, a los que la manía de algunos convirtió en preciosos…? ¿Al que brinda banquetes a los atletas de moda? ¿Llamas tú ocioso a los que se pasan muchas horas en la peluquería? […] ¿Llamas tú ocioso a los que andan siempre ocupados entre el peine y el espejo?”.

Desde la perspectiva del filósofo de Córdoba, “los únicos ociosos son aquellos que se dedican a la sabiduría, y sólo ellos son los que viven: pues además de que saben qué hacer con su propio tiempo, añaden a su vida cualquier época; todos los años que les anteceden los hacen suyos”.

Las citas anteriores pertenecen a un librito muy agradecible: Contra el trabajo (Tumbona-Conaculta, 2009). Es una selección de pequeños textos de Johnson, Nietzsche, Russell, Adorno, Cioran y el mismo Séneca, que no tiene otro objetivo que el ponernos a pensar un poco en la importancia del tiempo libre, visto como el más enriquecedor espacio vital del que podemos disponer.

Si en el momento de leer esto atentamente, querido e hipotético lector, alguien te jalonea o te pide a gritos que te pongas a hacer algo, no te extrañe: desde siempre, hacer algo en el mundo (de preferencia lo mismo que hace el resto) es lo que más nos acerca e identifica con los demás. Nietzche lo observa en esta obra:

“En la glorificación del trabajo, en los discursos ineludibles sobre las bondades del trabajo, veo la misma secreta intención que en los elogios de los actos impersonales y de interés general: el miedo secreto a todo lo individual”.

Suponemos, como enseña la Biblia, que el trabajo nace como castigo. Pero algún pecado mayúsculo habrá cometido el hombre para que —especialmente en nuestra época— el ocio sea tan despreciado y maldecido, cuando no proscrito. Quizás en ninguna otra etapa de la historia (dejando de lado, desde luego, la condición de esclavos que han sufrido millones) la sociedad ha exigido tantas y tantas horas de trabajo, y conseguido que la compulsión laboral se instale con toda normalidad en la vida de muchas personas.

Con toda sensatez (o mejor, contra toda sensatez dominante) Bertrand Russell defiende seriamente la idea de que “la fe en las virtudes del trabajo está causando mucho daño en el mundo moderno y que el camino hacia la felicidad y la prosperidad pasa por una reducción organizada del trabajo”. No está nada mal, para un filósofo que no tiene mucho que ver con Nietzsche y menos aún con Cioran, compañeros de ruta en esta edición de bolsillo de Tumbona a la que en todo caso sólo podemos reprochar que no sea lo suficientemente amplia como para incluir otros textos esenciales que reivindican el ocio.

De inmediato se me vienen a la cabeza dos títulos que podrían perfectamente formar parte de una merecida segunda parte de Contra el trabajo; el más obvio, El derecho a la pereza, de Paul Lafargue, yerno de Marx; y otro texto menos conocido pero igualmente valioso: Apología de la pereza, de Robert Louis Stevenson.

Todo sea para seguir defendiendo los momentos más valiosos de la vida.

ariel2001@prodigy.net.mx