BDSM
Quien sepa de amores que calle y comprenda
Beckett era un visionario. Sabía que abundan cosas que, como en la película de Cuarón, son posibles Sólo con tu pareja. Romántico empedernido, puso a los dos protagonistas de Esperando a Godot (no a Leonel Godoy) a buscar a Dios en un paraje solitario, un escenario que bien podría confundirse con un plató pornográfico. Gogo y Didi, nick names de los personajes, entablan una relación sadomasoquista, de dominación y obediencia. Este primitivo ejercicio se convertiría en el futuro en uno de los antepasados directos del BDSM (Bondage Dominación Sadismo Masoquismo).
Según la canción clásica “Quinto patio”, en la versión de Javier Solís, “el amor cuando es sincero se encuentra lo mismo en las torres de un castillo que en una humilde vecindad”. Sin duda, el aforismo anterior es la base pedagógica para ejercer el BDSM. En Los esclavos, Golo y Mundo, Marlene y Yuyis (una especie de Kikis Corcuera aún más kitsch) nos revelan uno de los rostros del poder. Y entonces uno se pregunta, por qué esta afición no es más popular en México, Centroamérica o Latinoamérica, si el BDSM apesta a tercer mundo.
Budismo de la sexualidad, por qué no, si el primer precepto del sutra del diamante dicta que todo en la vida es sufrimiento, el BDSM (como el amor a la mexicana de Talía) en la novela de Chimal es netamente “de cumbia, huapango y son, caballo, bota y sombreo, tequila, tabaco y ron”. Y como en la canción, “bien rudo lo quiero”, gritan sus protagonistas. Pero no todo reside en el látigo, es el juego de la adicción, y el maldito síndrome de abstinencia que produce, lo que otorga a los amos y a los esclavos el charm escandinavo. O como diría el Buki, “algún libidinoso que te hable palabras románticas”, para referirnos al intercambio de bajas pasiones.
Escrita a base de puras notas (¿acaso no todas las novelas están hechas de apuntes?) Los esclavos es un retrato sociológico de la necesidad imperante del individuo contemporáneo por experimentar el placer de la bota sobre la yugular. En su libro Henry and June, Anaïs Nin sentencia: “El gusto por los placeres anormales anula el disfrute del placer normal”. Más que las parafilias, en Golo y Mundo, Marlene y Yuyis, sobresale el aburrimiento. El tedio como una antipiedra filosofal. El BDSM no es un fin. No es un comienzo. Es el limbo. El lema de nuestros días ya no es “sexo, drogas & rock and roll”. Ahora la santísima trinidad es “BDSM, Internet y Soya”.
Los esclavos narra dos historias. Además nos ofrece un bonus track justo a la mitad del libro. Como en las salas de cine, hace años, la anécdota está dividida en tres partes. Se ve interrumpida por el intermedio. Que aquí cumple la función del noticiero para informarnos de dos extras del sometimiento lumpen. La relación entre una prostituta y un indigente. Y aunque este préstamo de servicios carece de la sofisticación de las prácticas de Golo y Mundo, Marlene y Yuyis, devela al lector algo que los mismos personajes no desean revelar. La pérdida del estatus. El BDSM es un lujo. Y cualquiera que se lo consiente, cree que lo vale. No importa qué tanto se descienda en la escala económica, el culo es universal.
Un adelanto de Los esclavos se publicó en la antología Grandes hits vol. 1. Nueva generación de narradores mexicanos. El fragmento sugiere el poder de la narración, pero debido a que se trata precisamente de una fracción, el lector no advierte su dimensión real. Es hasta la lectura de la novela completa que como Condorito (Plop!) nos vamos de espalda con los mecanismos emocionales que unen a los protagonistas. Golo es un ricachón frívolo que se levanta a su bitch en un chat. Marlene es una productora de películas porno que le impide a su actriz el contacto con el mundo. Mundo es un jodido oficinista que no soporta la burocracia laboral ni familiar pero que implora el maltrato de su amo. Yuyis es un nuevo Mowgli del sexo, que no sabe leer ni escribir. Los esclavos es una versión recargada de El libro de la selva (de concreto) en la que sus protagonistas buscan “lo esencial nomás”. Y lo encuentran en el BDSM. O también podría ser una readaptación de King Kong, en la que Yuyis es la bestia exhibida en la pantalla.
Con Los esclavos al lector se le va a parar, se va a divertir, se va a conmover. Y se va a preguntar a sí mismo si es un esclavo también. O un prisionero de pasiones inconfesas. Y volteará los ojos hacia sus compañeros de oficina tratando de descifrar en un gesto, una mirada, una gota de sudor, si Fulanito de Abraham, tan calladito, a quien conoce desde hace diez años, no tendrá en su casa su esclavo personal. Vestido con un traje de hule negro, con una máscara como la del luchador The killer, que lo espera todas las noches para implorarle que le inserte macanas de policía por el recto. O si en lugar de amo es esclavo. Y está ansioso por que sea la hora de salida para correr a lamer la tapa del inodoro por órdenes de su dueño, aunque todos en la oficina se figuren que no tiene una intensa vida sexual.
En los últimos tiempos, la narrativa (¿grasa?) joven mexicana ha abortado una cantidad ingente de novelas. Se fabrican como bolillos. Y como bolillos se ponen duras a unas horas de salir del horno. Sólo el día de su presentación en sociedad (“tiempo de vals, un dos tres, un dos tres”) gozan de la atención del jarrito nuevo. Los esclavos es una de las mejores novelas mexicanas de 2009. Y para todos aquellos que se quejan de que la literatura mexicana es aburrida, aquí está el primer larga duración de Chimal. Un texto no exento de humor, agudo. Que permanecerá en la memoria de los lectores como una quemadura de cigarro.


