Ensayo
Un punk inglés explora México
2009-07-25•Literatura
“Ésta es una historia desvergonzadamente personal”, dice Hugh Thomson en la introducción de Tequila Oil, y no nos engaña. El libro es una crónica del viaje que emprendiera a los dieciocho años, en 1979, entonces un joven intrépido cargado de energía punk que se lanzaba a un viaje sin rumbo fijo a “lo desconocido”, antes de regresar a la Gran Bretaña a estudiar letras inglesas.
Lo desconocido resultó ser México, de frontera a frontera: lo elige por lo que había leído sobre el país en algunos libros, aunque también había mucho cine y música en su imaginación. Cuando por obra del más improbable azar termina en un asiento de primera clase en su primer vuelo trasatlántico, un hombre de negocios mexicano lo convence de una manera fácil de hacer dinero: comprar un auto en Estados Unidos y llevárselo hasta cruzar la frontera sur de México, a Belice o Guatemala, donde podrá venderlo con facilidad por una cantidad exorbitante. Es que, le dice, “nosotros tenemos bastantes coches, pero ellos, pobrecitos, no tienen nada de nada.” Al joven Thomson le parece una idea sensata, y ahí empieza la aventura que lo lleva a conducir un Oldsmobile 98 de Ciudad Juárez hasta Belice por los caminos más secretos posibles, para evitar que le pidan los papeles inexistentes del auto o su también inexistente licencia de conducir.
El autor, ahora reconocido por sus libros de viaje y como director y productor de cine y televisión, tenía desde su juventud una clara vocación por la aventura. De otra manera no se explica que se haya empeñado en cumplir con su quijotesca empresa pese a los innumerables peligros y situaciones límite que encontró en su viaje, aunque dominar el español le ayudó con seguridad a salir bien librado de más de una.
El México de treinta años atrás que retrata en Tequila Oil ha cambiado sin duda, aunque en muchas formas sigue siendo el mismo. Por supuesto no escapan al ojo extranjero las innumerables formas cotidianas de la corrupción, con las que se entretejen los hilos de una sociedad por demás compleja, pero la voz del joven que fue, y del autor que ahora recuenta la historia, no emite juicios. Thomson parece haberse adaptado con asombrosa flexibilidad a las exigencias de las circunstancias, y el punk que traía dentro llega incluso a valorar el espíritu bravío que alienta en muchos rincones del país extraño, sin los corsés que en su propia patria constreñían entonces a una sociedad en plena recesión, a medio camino entre la postguerra y un futuro, por decir lo menos, incierto.
Sorprende en este libro que Thomson logre recordar y articular con tanta claridad lo que vivió decenas de años atrás, pero sus recuerdos son sin duda genuinos: la precisión al describir la atmósfera de los lugares retratados (algunos recónditos para muchos mexicanos, ya no digamos para un extranjero) no es fruto de una memoria poco fiable. Thomson no regresó a México ni a Belice hasta 2008. Es imposible saber qué elementos de Tequila Oil son un reflejo fiel de sus impresiones a los 18 años y cuáles son añadidos por el autor de tantos años después, tras haber tenido el tiempo de reflexionar sobre sus experiencias. Sin duda el libro es una mezcla de ambas perspectivas, y dada la distancia temporal que las separa, es una empresa no menos arriesgada que el viaje mismo. El resultado es sin embargo un recuento sin fisuras, que conserva la frescura de un muchacho medio punk, medio anarquista y medio granuja de mente inquisitiva, capaz de reflexionar con hondura sobre la realidad del territorio recién descubierto.
Algo que pareció llamar insistentemente la atención del joven Thomson es la obsesión de los mexicanos con la construcción de una mitología de nuestro pasado prehispánico que no es precisamente fiel a los hechos. Le divierte nuestra reticencia a aceptar que el azteca era un imperio déspota y sangriento que sometía con gusto a cuanto pueblo se dejara, o que los mayas no eran precisamente el rostro puro y “pacifista” de las culturas precolombinas que nos empeñamos en creer. Para Thomson, es la fusión de dos culturas, nacida de un proceso sin duda violento pero mucho más complejo de lo que el carácter nacional quiere aceptar, lo que le da a México su singularidad. Así, el héroe incomprendido del joven Thomson sería Hernán Cortés, creciendo en su imaginación como una especie de pirata magnífico. Quizá por ser extranjero, por no pertenecer ni a la raza de los vencidos ni de los vencedores en la Conquista de México, Thomson puede tomar una distancia saludable de esta voluntaria transfiguración de nuestra historia y ya desde adolescente empezaba a llegar a conclusiones de lo más sensatas. “El México ‘real’ ”, dice, “no era un secreto arqueológico que había que revelar y revivir —lo tenía ante mis ojos, ahora”.
No tan sensato, en cambio, es el juicio con que el viajero se coloca en situaciones evidentemente riesgosas. Su espíritu temerario está alimentado por figuras como John Reed, quien “escribió joven y murió joven”. “Me había traído su México Insurgente porque era tan breve y directo como un trago de tequila”.
Las aventuras del joven Thomson son tan variadas, abundantes y, por momentos, extraordinarias, que llegan a desafiar nuestra credulidad. Y es de nuevo la exactitud de sus descripciones, la minuciosidad con que rescata los detalles, lo que nos convence de su veracidad. El viajero conoce el slang de los mexicanos, su moralidad ambigua, el silencio y tristeza de su pobreza, sus colores, música y olores, al igual que sus enchiladas suizas y las aventuras de Hermelinda Linda. Conoce tanto los bajos fondos como la forma de hacer negocios de los banqueros, en comilonas fastuosas bañadas de alcohol; no parece haber nivel en la escala social, ni ciudad, pueblo o rincón perdido, sin nombre en el mapa, que escape a su curiosidad, ni trabajo lo suficientemente extraño o riesgoso que no esté dispuesto a aceptar para salir del paso y poder continuar su viaje hacia el sur. Conoce a una de las viudas de Villa, casi se pierde en una fallida excursión en el Popocatépetl, decide pasar su primer viaje de hongos en una rueda de la fortuna (con desastrosos resultados), tiene un casto noviazgo (paseo en bote en Chapultepec incluido) con una secretaria chilanga, es peón en un rancho ganadero, traductor en el DF y en un remoto aserradero en Chihuahua, y vago pasando el tiempo con los cuates en Ciudad Juárez o con los jóvenes en la plaza de Ajijic; se vuelve experto en las múltiples variaciones del ritual de “la mordida”, recibe el insulto imperdonable de ser confundido con un hippie tras perderse en la lluvia cerca de Palenque; en Cuernavaca levanta el inventario del entonces desierto club de golf construido por Calles y sigue los rastros de Bajo el volcán (su particular delirium tremens provocado por una brutal amibiasis) y, ya en Belice, sobrevive a una golpiza en el atrio de una iglesia. Belice es el final del viaje, sus esfuerzos por vender el Oldsmobile 98 —para entonces ya bastante apaleado— amenazan con ser infructuosos y empiezan a pesar el cansancio y las ganas de volver a Inglaterra. De su ánimo decaído lo consuela su encuentro idílico (consumado digamos que por una mezcla de tristeza y calentura, pero no por dinero), con una prostituta que conoce en su primera visita a un burdel.
Las improbables aventuras de este viaje fueron fruto de la falta de rumbo definido. El viajero se adapta, estoico y curioso a la vez, a las circunstancias que va dictando el azar. Y es también lo suficientemente joven como para sentirse, sin pudor alguno, viviendo su propia película en un escenario de paisajes soberbios y una violencia siempre acechante. Sin duda Touch of Evil es una de sus referencias, y está decidido a cotejar sus propias experiencias en México con las de otros autores británicos que le precedieron y a quienes tiene bien leídos: D.H. Lawrence, Evelyn Waugh, Aldous Huxley, Graham Greene y Malcolm Lowry.
El final de esta primera parte de sus aventuras refuerza su decisión de estudiar literatura.
La segunda parte del libro está compuesta por la crónica y una reflexión mucho más grave y quizá sombría del Thomson actual tras su regreso a estas tierras; se trata en definitiva de otro viaje, que el autor emprende con un conocimiento mucho más profundo del universo maya y el mundo prehispánico. Y aquí es donde encuentro un desequilibrio. Casi la totalidad de la primera parte de Tequila Oil la constituye el trayecto de la frontera norte de México a la frontera sur. La segunda parte, en cambio, y aunque Thomson de hecho viajó a México en 2008, sólo habla de su regreso a Belice. Quizá haya sido la única parte verdaderamente significativa para él de este segundo viaje, pero el lector se queda esperando inútilmente a que el autor comparta su visión de México treinta años después. Para el lector, el viaje sigue inconcluso.
Esto, y algunas erratas en la transcripción de palabras y expresiones en español, son los defectos de una obra que, por lo demás, es un fascinante libro de viajes, escrito con inteligencia, un humor incisivo y con una evidente mirada amorosa del autor por ese fragmento de su pasado. Para un lector mexicano es, además, una ventana a nuestro país por la que asoma una mirada despierta y desprejuiciada que nos invita a mirar de otra manera, sin dejar por ello de reconocernos en los personajes que pueblan esta odisea adolescente. “No es sino en la dislocación entre lo que esperamos y lo que encontramos que se forja la experiencia de una tierra extranjera”, afirma Thomson. Para ello hay que viajar con los ojos bien abiertos, lo que el autor hace con envidiable maestría.






