Malcolm Lowry, 100 años
Hagiografía del endemoniado
2009-07-25•De portada
Cada oficio prohíja sus santos patronos, mártires de profesión que en el temple de su espíritu y su arte empeñan fuerzas, talento y hasta cordura para terminar, al confundir vida y obra, inmolándose en aras de una entelequia que, entre una y otra, no termina por ser ninguna de ambas. En el santoral pagano de las literaturas modernas, el nombre de Malcolm Lowry ocupa, por méritos propios, un altar particular coronado por la obra monumental a la que consagró su existencia y en la que, en mayor medida, terminó por consumir su genio arrebatado: Bajo el volcán, novela absoluta, catedralicia, a un tiempo divina y demoniaca, y que, al hacer del país una sucursal narrativa del infierno en el que padece y perece el cónsul Geoffrey Firmin, alter ego, cordero y chivo expiatorio de su autor confirió a México la categoría de paraje metafísico que, más de una década después, refrendaría el lacónico Juan Rulfo.
Como el devoto que tras una vida de trabajos y disciplina espirituales emprende el viaje a La Meca o culmina su Camino de Santiago, en 1993, el escritor, periodista y académico inglés Gordon Bowker vio completada, luego de años de investigaciones, lecturas, entrevistas y consultas de múltiples fuentes, una empresa al menos digna del legado maldito del genio de New Brighton: Pursued by Furies. A Life of Malcolm Lowry, la biografía monumental cuya traducción al español fue publicada el año pasado en nuestro país por el Fondo de Cultura Económica.
Igual que el devoto que se aproxima al templo sagrado, Bowker avanza en sus pesquisas con una mezcla de curiosidad, adoración y rigor aparente: allá, el ídolo, la piedra fundacional, inobjetable… o bien, cuestionable: todo paria lo es. De este lado el investigador, el tipo que acumula, discierne y, desde la fe, relata vida y milagros de su santo. De un lado, Dios; del otro, el apóstol.
“Resulta increíble que la perspectiva de tener un biógrafo no haya hecho renunciar a nadie a tener una vida”, escribió alguna vez Emil Cioran. Asombra lo contrario: que la posibilidad de narrar una vida ajena haga a alguien desistir de vivir la suya propia. Sin hacerlo, Gordon Bowker parece haberlo logrado. De tal manera se interna en detalles, en los intríngulis del día a día de su presa. Como en aquel cuento, “Los pasos en las huellas”, uno es capaz de imaginar la renuncia cuasi mística del profesor Bowker para consagrarse a la de su biografiado, de tal suerte que, antes que la vida de Malcolm Lowry, la de Bowker parece la agenda exacta de sus días y sus tragos:
Durante el último año llegué a un promedio de entre dos y medio y tres litros de vino tinto diarios, sin contar otras bebidas en los bares, y en los últimos dos meses en París el promedio había subido a cerca de dos litros de ron al día. Aunque terminara por anularme por completo, no podía yo moverme, ni pensar, si no bebía cantidades enormes de alcohol, sin las cuales el paso de unas cuantas horas se convertía en una tortura inimaginable…
Así, Bowker se mete para citar a los clásicos “hasta la cocina” para describirnos, con fechas exactas, cada una de las míticas borracheras con todo y botellas y etiquetas del escritor inglés. No se trata, sin embargo, de una bitácora detallada y sin más chiste que el que pueda otorgarle el chismorreo sobre sus parrandas (aunque de eso hay, y mucho); la de Bowker es una biografía en toda la extensión del término, una que en la precisa narración de sus indagaciones nos revela, más allá de la estampa del santo y el demonio que fue Malcolm Lowry, la imagen fiel de un hombre que, desde su temprana búsqueda del absoluto, ardió largamente en su propia hoguera: “La idea de convertir en ficción sus desgracias se convertiría en importante raison d’être de su escritura. Pero, para lograrlo, antes hay que vivir la desgracia”, escribe el biógrafo. Fiel a ese postulado, Malcolm Lowry dio su vida a la empresa, posible si bien suicida, de hacer de su existencia un purgatorio íntimo. Conforme el lector se adentra en la narración de Bowker (prolija, precisa, amena, agilísima), le va quedando la impresión de que el verdadero martirio, la gran tragedia de la vida de Lowry, parece haber sido la de hacer de ella la materia prima de su ficción, al punto que cada anécdota pudiera servirle de material narrativo: propiciar él mismo el caos para después describirlo por escrito: “…la desgracia era un material que él sabía transformar con propósitos creadores, y también constituía una experiencia, algo infernal”. He ahí su dogma.
Hijo predilecto de la superstición y los signos aciagos, desde muy temprano Lowry supo conferir a cada hecho significativo el simbolismo exacto para dotar a su existencia del cuestionable prestigio de la catástrofe: el padre estricto; la madre déspota; la adolescencia culposa merced al descubrimiento de la sexualidad; el suicidio de su amigo de juventud y condiscípulo universitario Paul Fitte, del que Lowry se culpó toda la vida y que, acaecido en un noviembre remoto, dotó a ese mes de un aura aciaga que no dejó de perseguirlo hasta su muerte (tanto así que su obra maestra comienza en Quauhnáhuac, nombre mitológico donde los haya para la ciudad de Cuernavaca, un 2 de noviembre, exactamente un año después de la muerte del Cónsul Geoffrey Firmin, el dipsómano entrañable que, como el Lowry de Bowker, hace nuestras paradójicas delicias); el primer viaje a México cargado de señales ominosas; el segundo, rocambolesco, y del que salió expulsado del país; los dos matrimonios desastrados en los que Malcolm buscó, primero en Jan y luego en Margerie, la imagen de una madre bondadosa y tolerante, tan lejana de la suya.
Perseguidor perseguido, atormentado por los demonios de la precisión literaria en la que vida y trabajo se (con)funden hasta volverse una masa indiscernible, el Lowry de Gordon Bowker es la estampa fiel del escritor que, en la búsqueda y el hallazgo de su obra maestra, sacrificó, como un santo contemporáneo, carne y espíritu:
…la rauda lucha que Lowry veía dentro de sí mismo, entre el Bien y el Mal, entre la Vida y la Muerte, entre la Felicidad y la Desgracia, entre el Júbilo y la Depresión. […] La idea de que sólo en la lucha, desde la oscuridad hasta la luz, podría encontrar un tema de profundidad suficiente para la gran literatura que deseaba producir.
Seamos honestos: casi una década después de concluido, podemos admitir que sólo unas cuantas novelas pueden signar la historia literaria del convulso siglo XX. Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, es, sin duda, una fundamental. Que cada quien dé su resto.






