Documentan el lado oscuro de la Iglesia mexicana
En la bibliografía de Fernando M. González se encuentran dos títulos que le ayudaron a conocer los vericuetos de las formas históricas construidas por la Iglesia católica: Matar y morir por Cristo Rey y Marcial Maciel. Los legionarios de Cristo: testimonios y documentos inéditos.
Al desarrollar la investigación para ambos títulos, el especialista del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM se dio cuenta cómo se habían construido a los mártires de la Guerra Cristera, a partir de una versión hagiográfica, transfigurada de la historia, o los mecanismos institucionales de la jerarquía católica usados en asuntos como la sexualidad de su personal.
Así surgió el libro La Iglesia del silencio. De mártires y pederastas (Tusquets, 2009), en el cual reflexiona sobre qué tipos de mecanismos utiliza para “silenciar, desviar, transformar los actos efectivos de su gente, para que no escandalicen a sus fieles y, sobre todo, para mantener una imagen institucional (...) Está el caso de Miguel Agustín Pro: toda la historiografía jesuita que logré recabar habla de un personaje que cae inerme ante las balas, mandadas por el entonces presidente Plutarco Elías Calles, pero le dejan la sangre y le borran la pólvora, en el sentido de que él apoyó moralmente la lucha armada y esa parte quedó borrada para ser beatificado; sólo aparecía que murió por Cristo Rey.
“Hubo una tercera generación de mártires, a los que llamo ‘los mártires guerreros’, como Anacleto González, el líder civil de Jalisco: gente que optó por la lucha armada y, sin embargo, fueron transfigurados en heraldos de la paz por la beatificación. Hicieron una especie de amalgama, para poder decir que eran agentes de paz y que murieron en medio de una lucha entre hermanos.”
Se trata de una forma de tergiversación de la historia, porque con los datos a la mano, la utilizaron para enfocar las cosas de otra manera, lo que define como “máquinas de recreación de lo real, como fue la fabricación de los santos”.
Mecanismos cerrados
En la primera parte de La Iglesia del silencio, Fernando M. González se refiere a lo que llama la “fabricación” de los mártires durante La Cristiada (1926-1929); en una segunda parte describe los mecanismos institucionales más habituales de la Iglesia católica en relación con la sexualidad.
“Hay cosas extraordinariamente violentas: uno de los mecanismos más utilizados fue la deslocalización de sus pederastas, mandarlos a otras parroquias, sin avisarles, con lo que se diseminaba el problema, lo cual habla de una irresponsabilidad, de una violencia total, con tal de salvar la cara de la institución: así como hay razón de Estado, hay razones de Iglesia.”
Su interés se centra en las formas usadas para recrear la historia de Marcial Maciel, “probado pederasta”, dice, aunque también anota las diferencias en que son abordados los problemas sexuales en la Iglesia mexicana con respecto a la estadunidense.
“En la Iglesia católica estadunidense pasa otra cosa, porque hay otra cultura, hay denuncias penales y no todo lo pueden reabsorber en el derecho canónico, porque las familias ya no son cómplices de su institución. Son virtuosos a su pesar, pero en México la presión es débil y, por lo tanto, la transformación también.”
Desde la perspectiva de Fernando M. González, resulta muy complicado que la Iglesia católica mexicana cambie sus mecanismos, se convierta en una institución abierta: mantienen la falta de información como el mejor mecanismo para sostener el silencio hasta nuestros días.
“No sé si va a cambiar, porque siguen hablando como si nada pasara, siguen diciéndole a la gente lo que debe hacer sin analizar sus contradicciones. Es la historia oficial de la Iglesia la que trato de desarticular, de reconstruir, para que se mire desde otro lugar, con datos y documentos directamente sacados de archivos”, advierte el investigador.
Intelectuales censurados
En México, la Iglesia católica cuenta con intelectuales respetados, asegura Fernando M. González, pero están acotados por las propias prohibiciones de la institución.
“La Iglesia no se preocupa por sus intelectuales orgánicos —salvo rarísimas excepciones— y los tiene: conozco historiadores muy cultos, sacerdotes, pero siempre escriben con el freno de mano puesto, siempre me dicen ‘mira Fernando hay este documento, pero tú sabes que no puedo decir todo’.”
Se trata de pensadores que deben renunciar a una parte de su inteligencia si quieren seguir en la institución: “la Iglesia es implacable con sus intelectuales-historiadores y con sus intelectuales-teólogos, como Hans Küng, porque no soporta un juego abierto de pensamiento”, destaca González.
Y la renuncia a la libertad de pensamiento, de conciencia y de investigación no es común, salvo contadas excepciones.


