La legalización de las drogas ilegales (I)
Interludio
Román Revueltas Retes
Hubo tiempos muy extraños, en Estados Unidos (de América), en que estaba prohibido tomarte una copa de scotch. Tampoco podías agenciarte legalmente una botella de whiskey —así se deletrea el nombre del güisqui americano— ni trincarte un caballito de tequila ni apurarte media pinta de Guinnes ni chuparte una flauta de champán ni soplarte bebida alguna salvo la que no tuviera ni medio gramo de alcohol. Aquello era un infierno terrenal instaurado por gobernantes contagiados de siniestro puritanismo.
La gente, naturalmente, no dejó de beber. Comenzó a tomar a escondidas y consumir bebestibles dudosos, brebajes mezclados en destilerías clandestinas o licores contrabandeados que costaban un ojo de la cara a los consumidores aficionados a las etiquetas de origen. Y como los vinos no los podías comprar en la tienda de la esquina, entonces se organizó una extensa estructura criminal para venderlos de manera encubierta. Las mafias se disputaron mercados y territorios, hubo enfrentamientos, batallas encarnizadas, alianzas y traiciones. Fueron épocas de ejecuciones, asesinatos por encargo y emboscadas. El alcohol, sin embargo, se siguió vendiendo en todos los estados de la Unión. Cuando la cuenta de cadáveres comenzó a ser demasiado alta, hubo un día, en 1933, en que la prohibición fue derogada por el presidente Roosevelt. Habían pasado 14 años desde aquel 16 de enero en que fue ratificada una Décima Octava Enmienda a la Constitución —prohibicionista— promovida por movimientos religiosos y conservadores de diverso pelaje.
Hoy, las bebidas alcohólicas se consumen alegremente en todo Occidente. Esto significa, también, que se producen de manera controlada en grandes cervecerías, destilerías y bodegas. Su venta aporta sustanciales recursos a los erarios y redondea los números de las exportaciones. El alcohol es una droga legal cuyos perjuicios son responsabilidad personal y directa del consumidor: él es quien decide, más allá de las pundonorosas advertencias de los fabricantes en los envases y las publicidades, si se receta dos botellas de whisky todos los días o si se pone borracho al volante de un coche. Los muertos por cirrosis y las víctimas de los conductores ebrios, por lo visto, constituyen un parte de bajas plenamente aceptado en nuestras sociedades.
Otras drogas no tienen tan buena prensa: un presidente de los USA confesó haberse puesto un pitillo de mariguana en la trompa pero, miren ustedes, no aspiró el humo. La cocaína circula descaradamente en las fiestas pero los traficantes que la venden son enemigos directos del Estado. La heroína es un veneno mortal. ¿Se levantará algún día su prohibición?


