Madreadores de bicicletas
2009-07-15•El Ángel Exterminador
No entiendo por qué no se detuvo. Acababa de adquirir una postal mental miedosa. Mi cuerpo yacía tirado sobre el asfalto a nivel de cancha donde las arañas hacen su nide y observaba cómo el taxi que me acababa de tirar de la bici con el espejo retrovisor se alejaba acelerando. En ese momento, mi mayor preocupación no eran los golpes ni el hormigueo ni las posibles fracturas. Mi prioridad era levantarme antes de que viniera otro automovilista desesperado a utilizar mis sesos como action painting en la recién encarpetada avenida Reforma. Desde que utilizo la bicicleta como medio de transporte esa era mi peor pesadilla: quedar toda tullida, tener que visitar de por vida alguna clínica cochina del IMSS o que un ciudadano hijuepú me mandara al cielito lindo sin escalas.
Alguna vez leí que Marcelito Ebrard viaja en bici a su trabajo el primer lunes de cada mes. ¡Guau, qué chic! Que Ámsterdam ni que Pekín: la ciudad de México tiene un jefe de Gobierno que se traslada a sus oficinas en bicicleta. N’ombre, eso sí es un gran paso al primer mundo, aunque luego se haga de la vista gorda con el presupuesto de las ciclovías y destine dinero a sus proyectos para la posteridad, como el Arco del Bicentenario. Un día, mientras me estiraba en la Alameda, vi pasar un contingente bicicletero portando chalecos reflejantes, custodiado por una camioneta de Protección Civil. La escena me hizo considerar por primera vez la idea de irme al trabajo en bici. Si Marcelito pone el ejemplo, ¿por qué yo no?
La distancia del Centro a Polanco no es mucha pero se vuelve kilométrica e insufrible por el tráfico. Para llegar a mi trabajo me iba en el meteoro de la línea rosa, que fue diseñado para odiar a la humanidad. Empujones, aventones, arrimones de camarón, manos muertas, olores desagradables —incluyendo el pedo anónimo— son el menu du jour. Era más complicado meterme al área de chicas, que por lo general estaba atascadísima, así que optaba por meterme con los varones. Para defenderme del enemigo, mis armas eran los tacones, con los que adquiero un tamaño mucho más intimidante, que hacía juego con mi cara de si-te-acercas-un-milímetro-te-capo, y una bolsa gigantesca para defenderme del depredador torteachicas. Era ahí cuando pensaba que había hecho mal en vender el coche porque hay que descender en la temible, hedionda y chilapastrosa estación Chapultepec. Siempre lo he dicho, el que haya hecho algún mal en otra vida está condenado a purgar su condena pasando por ese lugar. Eso de luchar contra el mundo tan temprano sólo puede traer gastritis y arrugas prematuras así que decidí dar el gran paso: utilizar la bicicleta como medio de transporte.
Hasta que estás rifándote el físico te das cuenta de que no hay manera de que el ciclista tenga oportunidad de sobrevivir en esta jungla voraz. Las calles están cacarizas, no hay rampas, y si las hay están puestas para engrosar la cifra de atropellados. Los peatones caminan erráticamente, mandan SMS mientras se desplazan y los que traen audífonos son un auténtico peligro. Los automovilistas se pasan los altos, avientan el coche, se paran en las rampas, tienen traumas infantiles de yoprimero, descienden pasajeros sin fijarse y los polis de tránsito nulifican por completo los semáforos al darle prioridad a los autos. Como no hay un área asignada para ciclistas, y eso que llaman ciclopistas son una burla, hay que cohabitar con los transeúntes y los neuróticos automovilistas. Es raro, pero en el tiempo que llevo yéndome en bici he visto mucho más mujeres utilizando ese método de transporte que hombres. ¿Las chicas ponemos el ejemplo o ya estamos hasta la madre del acoso?
Estoy viva de milagro, me duele el lado izquierdo de mi cuerpo, que tiene moretones y costras; lo más probable es que me haya lastimado el tendón de Aquiles y la confianza en esta ciudad. Aún así, prefiero la bici sobre todas las cosas. Llego a trabajar con la adrenalina a tope, el corazón bombeando y descendiendo mis niveles de colesterol. Amo el olor de los tamales matutinos y la tierra mojada; me hacen sonreír los piropos y fiufius que me regalan los paseantes, el silencio de la ciudad de noche y saber que hago algo por este planeta y mi persona. ¿Llegará algún día en que esta Ciudad de México tome en serio la bicicleta como medio de transporte? Eso depende de cada uno.






