México: elecciones, disenso o continuidad
Alán Arias Marín
Alán Arias Marín
Día de elecciones. No es, en el aquí y el ahora de México, el día del “juicio final” para la clase política (Karl Popper); no es —tampoco— el día de la soberanía ciudadana que castiga o premia a políticos y partidos con la vara democrática del voto. No hay condiciones para que el sufragio sea efectivo en el sentido profundo de lo que es esencial, necesario y urgente: la corrección radical del sistema político, el debilitamiento del poder de los partidos a favor de los ciudadanos, la disminución racional —sustancial— del costo electoral y de las desorbitadas prebendas de dinero público a los partidos.
No quiere el establishment ver el fracaso estrepitoso del sistema político, su rebasamiento histórico, su inadecuación institucional respecto de las condiciones sociales y políticas del país, su disfuncionalidad ya intrínseca, su crisis sistémica. No se quiere hablar de su inoperancia de fondo y sin remedio: el sistema de partidos y las patéticas y moralmente impresentables autoridades electorales ya no sirven para representar y agregar intereses de la ciudadanía y los sectores sociales.
En los comicios federales y en la circunstancia crítica (terminal) del opulento sistema político, los votos no tienen capacidad mayor de premio o castigo porque el sistema como tal está blindado, se ha rediseñado para un gana-gana de los aparatos institucionales del régimen político. Continuidad garantizada. Así, los votos (escasos) podrán condicionar marginalmente la correlación de fuerzas en la Cámara de diputados (PRI minoría mayor, PAN disminuído, doble izquierda [PRD oficial vs PRD-PT-Convergencia:AMLO] debilitada, PVEM falaz y corrupto, triunfante, Panal-SNTE contumaz, PSD ¿vivo?); pero no podrán conducir y revisar la agenda pública, menos la legislativa, hacia una reforma de fondo (refundacional) del régimen político, el pos-revolucionario todavía vigente, sobreviviente mostrenco (más por la fallida alternancia panista) de unas condiciones y un país que ya no existen.
Por supuesto que las dinámicas locales, elecciones para gobernador en seis estados y autoridades y/o legislaturas en un total de once, son las que marcan el sentido práctico e inmediato de los comicios. Evidente que importa quién y qué partido gana en Nuevo León (PRI) o Sonora (inmoral empate técnico); o cuál es el comportamiento electoral en el Estado de México (magnitud de su padrón y proyección de Peña Nieto); así como dilucidar la composición de fuerzas en el DF (potencialidades de Ebrard, densidad de la fuerza de AMLO); atisbar una salida al embrollo político, legal e identitario en Iztapalapa (luego del irresponsable fallo del TEPJF).
Las campañas han sido un revuelo multimillonario, un inmisericorde alud de propaganda estúpida (23 millones de spots, casi uno por voto…, decenas de miles de toneladas de basura contaminante…), un rebumbio de palabras e imágenes para que todo siga prácticamente igual. La pesadilla de un gatopardo insaciable, Lampedussa mexicano revisitado.
Más allá de todo ello, lo crucial de los comicios es que apuntan a una inflexión que actualice la necesidad de una reforma radical del sistema político (que no es la de puntual maniobra paliativa que prepara el Senado) o que precipite la crisis sistémica de la política en México al campo de la inestabilidad, la proliferación de conflictos graves y la politización del malestar social y de la violencia inherente al descompuesto tejido social.
De ese sabido, aunque negado, profundo malestar social y cultural ha surgido el movimiento espontáneo por el voto nulo. Es una iniciativa políticamente variopinta, difícilmente será algo distinto a un episodio político de difícil permanencia organizativa, un sesgo simbólico electoral; su fuerza radica sobre todo en la pluralidad y transversalidad social, no es exclusivo de la exigua minoría cibernauta, no depende de la insólita confluencia de intelectuales de diversas matrices ideológicas; mantiene una fácil afinidad con los abstencionistas que transitan del desdén o el desinterés al voto de protesta y de rechazo.
Se trata de un voto de disenso radical; no extremo, no violento, tampoco anti-sistémico. Es un disenso pacífico, consciente, activo; si bien resulta imposible adscribirle un pliego de demandas, sí conlleva el aliento en pro de una reforma institucional de fondo, una potencialidad de construcción democrática, un repudio que reclama una política digna, moral, de calidad, es decir, todo lo que no es la política mexicana. El que tenga oídos para oír que oiga. El sistema político mexicano está en el umbral de la inviabilidad. Tiempo de asumir la necesidad y urgencia de cambiarlo; no parece pertinente la vieja clase política (ni sus patéticos y telegénicos cachorros juveniles) para enfrentarlo. Con su pan se lo comerán.
FCPyS-UNAM. Cenadeh.


