Corriente secreta

El país a puños

  • 2009-07-04•Literatura

En 1910, Tijuana tenía 733 habitantes, según el censo nacional de población realizado ese año. La avenida principal se llamaba Olvera, estaba alumbrada con diez lámparas de petróleo y sus pocos edificios tenían líneas telefónicas con números de sólo dos dígitos. Los turistas estadunidenses cruzaban la frontera para visitar los baños sulfurosos de Agua Caliente y compraban sombreros, sarapes multicolores y artesanías mexicanas en las tiendas de la localidad. El periódico El Fronterizo tiraba 250 ejemplares. Sólo existían dos escuelas, una primaria para varones y otra “para mujercitas”. En 1915 se abrieron las puertas del primer casino, el Tijuana Fair, en el que se efectuaban peleas de gallos, funciones de boxeo y espectáculos taurinos. La leyenda de Tijuana comenzó, sin embargo, en 1919, cuando fue aprobada la Ley Volstead, que prohibía la fabricación, venta y consumo de bebidas alcohólicas en territorio estadunidense: la vieja calle Olvera explotó hacia el sur para convertirse, en unos años, en una interminable sucesión de bares, cantinas, casas de juego y prostíbulos. Miles de turistas estadunidenses cruzaban el puente conocido como “La marimba” (debido a sus tablones crujientes) para internarse en lo que Ovid Demaris llamó “la ciudad más violenta, revoltosa, sucia, escandalosa y vulgar; la más deshonesta, depravada, rapaz y vil de toda la frontera”.

En 1923, el gobernador y futuro presidente de México Abelardo L. Rodríguez decidió sacarle jugo al potencial que la ley seca autorizaba e invirtió 750 mil dólares en la construcción del Casino de Agua Caliente: un emporio turístico para estrellas de cine y millonarios, dotado con hotel, restaurantes de lujo, pistas de baile y un pequeño aeropuerto privado. Rodríguez fue uno de los accionistas principales de la compañía. Debió embolsarse a carretadas los dólares que dejaban en las mesas de juego Clark Gable, Rita Hayworth, Dolores del Río, Bing Crosby y Al Capone. En 1932 rindió protesta como presidente de la República y comenzó a alternar las obligaciones de su alta investidura con la administración del casino. Al término de su gestión, en 1934, se reintegró a sus ocupaciones, alejado temporalmente de la política. Según versiones recogidas por el cronista tijuanense Marco A. Carvajal, el sucesor de don Abelardo, Lázaro Cárdenas, habría descubierto también el potencial económico del casino, “y le entraron deseos de entrarle al negocio”. “Tijuana —afirma el cronista—, un pueblo ignoto a tres mil kilómetros del Distrito Federal, era ideal para hacerse de dinero extra sin llamar la atención”. De acuerdo con esta versión, Rodríguez vetó el ingreso de Cárdenas a la compañía, para cobrarse facturas relacionadas con un viejo lío de faldas. La respuesta del nuevo presidente fue fulminante: el 20 de julio de 1935 emitió un decreto que prohibía los juegos de azar en territorio nacional. El golpe iba dirigido a su antecesor. De un día para otro, el complejo de Agua Caliente se vio obligado a cerrar sus puertas. Las pérdidas del ex presidente fueron irreparables. Es fácil imaginar el berrinche que le provocó el decreto. No volvió a aparecer en público hasta 1941, cuando acudió a la marcha de unidad nacional a la que convocó Ávila Camacho en tiempos de la Segunda Guerra Mundial —y a la que acudieron todos los ex presidentes, menos Obregón, asesinado en 1928—. Se dice que durante aquella marcha Rodríguez y Cárdenas no se dieron la mano y apenas se miraron. Repartirse el país y arrebatárselo después a puños era desde entonces el signo de identidad de los gobernantes mexicanos.

Héctor de Mauleón
demauleon@hotmail.com