Traza y trazos
Tortuoso paseo por el mundo editorial
2009-06-28•Cultura
Hace siete años, Bernardo Esquinca (Guadalajara, 1972) terminó la novela Los escritores invisibles, pero un poco como en la historia del libro, no halló editor fácilmente, al grado que antes apareció otra obra, Belleza roja, que le ayudó a posicionar su nombre en las letras mexicanas.
En Los escritores invisibles (FCE, 2009), Esquinca narra la historia de un joven que enfrenta dificultades para ser publicado, con lo que ofrece un panorama crítico de la atmósfera editorial en nuestro país.
¿Una historia que surgió de tus propias dificultades para publicar?
No me interesaba hacer una queja. Partí de esa anécdota, pero la novela se dispara en muchos otros sentidos y lo principal del libro es el misterio; a mí siempre me gusta narrar misterios: el personaje al que le ofrecen publicar primero debe encontrar a un viejo maestro suyo que tiene un misterioso manuscrito, que las editoriales se pelean. En ese proceso aprende mucho de sí mismo, porque cree que es un hombre común y corriente, y al final se da cuenta que no lo es tanto.
Novela que, sin duda, surgió de las muchas preguntas que te hacías sobre el oficio de escritor y el mundo editorial…
Sí, eran mis propias dudas, incluso creo que se trata de mi libro más personal: hay muchas reflexiones acerca de mi infancia, anécdotas endilgadas al personaje pero que yo viví, detalles camuflados de mi familia. Toda esa historia acompaña este thriller editorial, donde aparece mi propia visión sobre las mujeres, el sexo o los autores que me han formado, entre quienes se encuentran Barry Gifford o Paul Auster.
¿Parece una crítica al papel de los intelectuales?
La figura del intelectual en México es la de aquel que debe opinar de todo, incluso ahora que murió Michael Jackson. En la sociedad mexicana hay una paradoja: se busca la opinión del intelectual, pero los libros que escribe no son tan importantes, sobre todo la literatura, que tiene un pequeño grupo de lectores. El intelectual sabe que sus libros no importan tanto, entonces se vuelven personajes mediáticos, alimentan su propia leyenda y se crean las figuras de los divos. Un mensaje que deseaba plasmar en el libro es que los escritores no nos deberíamos tomar tan en serio, porque en el fondo no importamos mucho más allá de la fachada.
¿Qué lugar ocupa la fama en los jóvenes escritores?
En esta época, con la explosión de internet y la presencia de los medios de comunicación, creo que vivimos una fantasía en la que el escritor sueña más que nunca con la idea de volverse rico, famoso y convertirse en un personaje mediático, en especial los nacidos en la segunda mitad de la década de los 70. Creo que vienen más ambiciosos, pendientes de las becas, premios y adelantos, metidos en la idea de los agentes literarios, lo que de algún modo distraen mucho de la labor importante: escribir.
La literatura me ayuda completar mis gastos, pero siempre he tenido muy claro que vivo de mi trabajo en otras cosas.
Ahora que estás más inmerso en el ambiente, ¿escribirías la misma historia?
Sí. Ya que estoy más metido en el mundo literario me doy cuenta que me quedé corto. Debería hacer Los escritores invisibles II y ajustar varias cosas con las que me quedé muy corto y se podría ironizar mucho más. No lo voy a hacer, porque estoy metido en otras cosas.






