Inicio

online

Hombre de celuloide

Tres tristes monos en un apartamento con vista al mar

El chisme de la película es claro, lo de menos. Lo de más es el lánguido sucederse de las escenas; la actuación radicalmente naturalista que va develando poco a poco la decadencia de estos personajes en un país siempre en crisis.
  • Enviar Nota
  • Imprimir
  • 2009-06-27•Cine

Foto: outnow.ch

Hay en la narrativa de Tres monos un aire particular, muy lento, que se regodea en las miradas y en lo que no se dice o —mejor— en lo que se dice con gestos, moviendo las manos o los ojos. En silencio. Tres monos es un claro ejemplo de pieza fílmica, ese género que se desarrolló a partir de la pieza teatral y en el que el conflicto del protagónico sucede hacia el interior de su existencia y no, como en la tragedia, hacia el exterior.

Es posible, sin embargo que, acostumbrados como estamos a los golpes narrativos de tres minutos (o menos) bombardeados siempre por el flamante mundo publicitario y por el cine de Hollywood, Tres monos nos resulte insufriblemente lenta. Vale la pena, sin embargo, cultivar paciencia y saborear el filme como saborea uno esas novelas gordas que más se detienen en las largas descripciones del estado interior de un personaje y no en la truculencia de los hechos.

“¿Qué sintió?” El ritornelo de Tolstoi en Anna Karénina se aplica bien a Tres monos: ¿Qué siente este chofer cuando su jefe, un político mediocre, le pide que se culpe de un crimen que no cometió? ¿Qué siente la hermosa mujer turca, que ya está envejeciendo, cuando espera y espera y no suena su celular? ¿Qué siente el muchacho sin futuro que sólo quiere un coche propio cuando no pasa el examen para entrar a la universidad? y ¿el político mediocre que ha perdido las elecciones? ¿Qué sienten?

El chisme de la película es claro, lo de menos. Lo de más es el lánguido sucederse de las escenas; la actuación radicalmente naturalista que va develando poco a poco la decadencia de estos personajes en un país siempre en crisis. Como Rusia, como México, Turquía es uno más del club del “falta poco”, del “lo peor ya pasó”, del “siempre vendrán tiempos mejores”. Sólo en un país como Turquía (o México o Brasil o Sudáfrica) un hombre puede vender su honor de semejante manera.

Por otra parte, la imagen de Tres monos tiene un sabor a Tarkovsky que se disfruta no sólo en la poderosa relación entre el padre y el hijo. La fotografía, el viento que infla la cortina, las nubes que al final del filme parecen caer sobre la cabeza del protagonista, son invitaciones para aprender a mirar.

De todas las imágenes, sin embargo, me ha quedado como en un sueño la de un niño misterioso que abraza a su padre cuando sufre, que mira al muchacho en duermevela, cuando está a punto de quedarse dormido. Este niño ¿quién es? Adivinamos misterios en el pasado de esta gente, pero Ceylan, como Tolstoi o Tarkovsky, no explican lo que no resulta necesario. Que cada quien interprete, que cada quien piense lo que mejor le parezca.

A menudo la gente se pregunta: ¿cuál es el mensaje de tal o cuál película? En Tres monos la pregunta carece de sentido. No hay mensaje, como no hay mensaje en la vida misma. El otro existe, lo demuestran las cicatrices. No es un mensaje: es la verdad. Verdad contundente como esta película de Tres monos que sobreviven tristes vidas en un triste apartamento con vista al mar.

Tres monos (Üç maymun) Dirección: Nuri Bilge Ceylan. Guión: Ebru Ceylan, Nuri Bilige Ceylan y Ercan Kesal. Fotografía: Gökhan Tiryaki. Con Yavuz Bingol, Hatice Aslan y Rifat Sungar. Turquía, 2008.

Fernando Zamora
http://www.fernandozamora.org