Escolios
La sirena y el buen hombre
En La sirena del Mississippi de François Truffaut (basada en una negrísima novela de Cornell Woolrich), el protagonista, Louis (Jean-Paul Belmondo), un próspero propietario de plantaciones en la alejada Isla de la Reunión, anhela el amor y arregla por correspondencia su matrimonio con una francesa. Aunque cuando llega, la prometida, Julia (Catherine Deneuve), parece muy diferente a la fotografía que ella misma le había enviado por carta, el cambio es para bien, pues su misterio y belleza exceden la modesta capacidad de soñar del solitario. La pareja se casa de inmediato y, por un tiempo, Louis, pese a la frialdad y extraña nostalgia de Julia, conoce por fin la felicidad; no obstante, súbitamente ella desaparece tras saquear los caudales del marido. Éste, trastornado de amor y despecho, la busca con la ayuda de un detective, la encuentra en un club nocturno en Francia y se entera que, en complicidad con un amante, asesinaron a la verdadera novia para estafarlo. La furia de Louis disminuye cuando escucha la triste historia de la suplantadora, llamada Marion (ya se sabe, infancia robada, orfanatos, pervertidores). Él la compadece, le ratifica su amor y la convence de que se vayan a vivir a una remota propiedad. Hasta allá llega el detective a amenazarlos con entregar a la mujer a la justicia, por lo que Louis lo mata y escapan nuevamente a una montaña. En su escondite, Louis enferma, se da cuenta que Marion lo envenena y que no ha dejado de tener contacto con su amante. Pese a todo, Louis le reitera, agónico, que la quiere y la perdona... Desesperante, degradante, esta historia resulta una oscura parábola del amor y del perdón.
El desordenado terreno de la afectividad amorosa es el más frágil y susceptible al agravio, pero también el más proclive a perdonarlo todo. Hay, por ejemplo, en este conmovedor cornudo, un exceso de perdón que parece traicionar la esencia de este acto. Porque, si el perdón proviene de la libertad de conciencia ¿es libre y consciente el que perdona que lo aniquilen de la manera más humillante y cruel? ¿No es antihumano consentir y perdonar estados límite de maldad, oprobio y tortura? El amor incondicional, y el perdón que lo acompañan, lindan entre la santidad y la patología y rebasan lo que concebimos como la jerarquía natural de la ofensa, los límites del apego al otro o las fronteras de la indulgencia. Por eso, dichos actos, indeterminados y enigmáticos, parecen antirracionales y antijurídicos, resultan extravagantes como decisión moral y espantan a la conciencia ordinaria. Como dice Vladimir Jankélévitch: “Si la excusa y el amor de lo amable representan más bien el orden de la justicia, el perdón inmerecido que se concede al culpable y el amor injustificado, inmotivado, que se siente por el enemigo representan el orden paradójico de la caridad; de él nos habla la Escritura: el escándalo del perdón y la locura del amor tienen ambos por objeto a quien no lo ‘merece’”.
Armando González Torres
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