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Amalando noemas

Borges haciendo el humor

Borges nunca se tomó en serio como escritor; pero tampoco se tomó en broma.
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  • 2009-06-27•Antesala

Enrique Larreta, escritor argentino autor de La gloria de don Ramiro, acaso sea más conocido por esta ocurrencia de Borges: “Uno apenas cultiva dos virtudes. Leer siempre la Enciclopædia Britannica y nunca leer a Enrique Larreta”. ¿Cultivaba Borges el sentido del humor?

Muchas veces me he preguntado quién tiene más sentido del humor: ¿el que se ríe o quien hace reír? Tal vez ninguno de los dos. Sospecho que la respuesta podríamos hallarla en las causas de la risa. Todo el mundo puede reírse de algo y una gran mayoría es capaz de reírse de alguien, pero casi nadie tolera que se rían de uno y muy pocos se ríen de sí mismos. Quiero dejar claro que el más genuino sentido del humor requiere que uno mismo sea objeto de guasa, burla y chacota. Borges fue un maestro de la ironía, el ninguneo y la denigración, pero eso no significa que derrochara sentido del humor.

En los epitafios del Martín Fierro (1953) y en algunos pasajes de su Manual de zoología fantástica (1957), Borges hace gala de un laborioso y erudito sentido del humor, como es el caso de los siguientes ejemplares de la fauna de los Estados Unidos: “El Hidebehind siempre está detrás de algo. Por más vueltas que diera un hombre, siempre lo tenía detrás y por eso nadie lo ha visto, aunque ha matado y devorado a muchos leñadores... No olvidemos el Goofus Bird, pájaro que construye el nido al revés y vuela para atrás, porque no le importa adónde va, sino dónde estuvo”. Pero el Borges más hilarante es el maledicente y despectivo escritor que no sabe cuándo le hablan de un boxeador o de un novelista.

Otra faceta del humor de Borges era su afán por confundir y dejar en evidencia a lectores, críticos y escritores. En Historia de la eternidad hallamos un sesudo ensayo titulado “El acercamiento de Almotásim”, que se presenta como la crítica bibliográfica de una novela apócrifa. Borges disfrutó como un enano cuando supo que Bioy Casares preguntó por ella en la librería del Ateneo de Buenos Aires y que el crítico Emir Rodríguez Monegal la había encargado a Londres.

No obstante, Borges nunca condescendió a reírse de sí mismo. Todo lo contrario, consigo y con su obra fue el crítico más severo. Nunca se tomó en serio como escritor, pero tampoco se tomó en broma. Cuando Borges escribió “El Aleph”, todavía era el oscuro bibliotecario municipal de la Miguel Cané y por eso Carlos Argentino Daneri era un trasunto suyo: “Carlos Argentino es rosado, considerable, canoso, de rasgos finos. Ejerce no sé qué cargo subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del Sur; es autoritario, pero también es ineficaz; aprovechaba, hasta hace muy poco, las noches y las fiestas para no salir de su casa... Su actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante. Abunda en inservibles analogías y en ociosos escrúpulos”. De aquella otra manera Borges también fue lapidario consigo mismo.

Y es que a veces el amor propio asfixia el humor propio. Cuenta María Esther Vázquez en Borges, esplendor y derrota (1996), que a fines de 1964 Victoria Ocampo volvió de Londres fascinada con los Beatles y con una peluca idéntica a la cabellera de John Lennon. Victoria le pidió entonces a Borges que se probara la peluca y el escritor se negó furioso. El reproche de Victoria Ocampo corrobora que Borges no era capaz de hacer el humor: “Mire, che. Usted, con lo empacado que es, nunca va a llegar a nada en la vida”.

Fernando Iwasaki
www.fernandoiwaski.com