Bovarycosas

Lo más osado

  • 2009-06-27•En librerías

Foto: Jacilluch

Puede sonar bastante cursi, pero de tanto pensar y pensar en las cosas osadas que me he atrevido a hacer en la vida, he llegado a la conclusión de que hay sólo dos que son relevantes. Una es amar con la misma ingenuidad y el mismo desmadre con que lo hice la primera vez que me enamoré, comiéndome el cuento completo, sin reparar en las partes del argumento que invariablemente se repiten en todas las relaciones amorosas, y pensando siempre que lo mejor está por suceder, como si nunca hubiera oído un mariachi cantando Te amaré toda la vida. Tal vez no parezca tan riesgoso como botarse en un paracaídas desde un avión, echarle un vaso de agua en la cara a alguien, encuerarse para una revista de hombres o montarse en una montaña rusa de uno de esos parques de diversiones reliquia por la simple adrenalina que produce, no una vuelta o una bajada en picada, sino el peligro de que todas las tuercas oxidadas de su destartalado mecanismo salten de repente y el viejo vagón que traquea se descarrile. Aunque no parezca tan arriesgado, el amor es la osadía más repetitiva y riesgosa de mi vida. Agradezco mucho más mi capacidad de olvidar que mi capacidad de recordar porque, si no fuera una especie de analfabeta del amor, nunca me habría echado al agua tantas veces por esa trillada palabrita de cuatro letras.

Lo segundo más osado que he hecho (y puede que suene aún más cursi, pero es que yo soy cursi) es escribir. No porque considere que haya tomado riesgos tan evidentes como los que toman un reportero de guerra o un señor de esos que desactivan bombas, si no porque con ello me he arriesgado a tomar vidas prestadas, a hablar de cosas que muchos de los que me quieren jamás quisieran que se hablara, a tratar de inventar una trama en esas partes de sus vidas que dejaron en blanco con sus silencios, e incluso a perderlos para siempre, con tal de hacer eso que me dictan las manos cuando tecleo frente a la pantalla de mi computador. Debo citar a Thomas Mann, citando a su vez a Schopenhauer, que dice que “La tarea del novelista no es narrar grandes acontecimientos, sino hacer interesantes los pequeños” y es allí donde precisamente ha radicado mi osadía. La única forma que he encontrado de solidarizarme o de tratar de entender las vidas de otros, ha sido a través de la literatura. Si mal no recuerdo, en Vieja escuela (Tobias Wolff) Hemingway dice que el potencial de un escritor se puede medir por cuántas amistades o seres queridos ha perdido por culpa de lo que ha escrito. Jamás sacrificaría a ningún ser querido porque me digan que soy buena escritora, pero debo confesar que sí he sacrificado la amistad de personas que aún adoro, con tal de poder escribir desde un lugar sincero. Por eso odio cuando me preguntan que si hay algo autobiográfico en las dos novelas que he publicado: porque, perdón lo escatológica, pero uno caga lo que come, mas no come lo que caga; porque cuando se escribe, también se intenta hacer lo que les recomienda Stanislavsky a los actores, que es esculcar en las emociones propias para recrear las ajenas o las ficticias sin que parezcan mentira. Porque (y con esto termino mi osadía), lo dijo mejor Pessoa que cualquiera: “El poeta es un fingidor./ Finge tan completamente/ Que llega a fingir que es dolor/ El dolor que de veras siente.”

Margarita Posada
lalita56@hotmail.com