Corriente secreta
¡Pobre Ciudad de México!
2009-06-27•Literatura
Hace unos días, Marcelo Ebrard decidió, por dedazo, que el monumento conmemorativo del Centenario de la Revolución será realizado por el escultor Enrique Carvajal, mejor conocido como Sebastián. Las frases que pronunció Ebrard durante la reinauguración del bodrio que abofetea la esquina de Reforma y Rosales —la lumbrera llamada Torre Caballito— son como para ponerse a temblar. Dijo Ebrard a Sebastián:
“Te estoy invitando de una vez, te estoy dando información privilegiada, pero como es en público no importa: la convocatoria saldrá el mes que entra”.
Y agregó:
“Seguramente Sebastián va a ayudarnos a tener otra torre: algo que en un futuro sea emblemático en nuestra ciudad”.
¿Le está permitido a un político ofrecer información privilegiada a un escultor para que éste se sume a una convocatoria que saldrá el mes que entra? ¿Ebrard anuncia como si nada que “seguramente” Sebastián nos va a ayudar a tener algo que en un futuro sea emblemático en nuestra ciudad? Algo se ha podrido en Dinamarca. Ebrard le da un papirotazo a las leyes, pero como es en público no importa.
En 1992, el jefe político de Marcelo, Manuel Camacho Solís, inauguró en Reforma la escultura monumental que “evoca” la desplazada pieza ecuestre fundida por Manuel Tolsá en 1796, y que durante dos siglos había funcionado como referente obligado y símbolo de identidad de la ciudad. Desde tiempos de Luis Echeverría, Sebastián formaba parte de la nómina de artistas consentidos por el priismo. “No pido trabajo a los políticos, ellos solitos me buscan”, se defendía el escultor. Para no andar pidiendo trabajo, parecía irle bastante bien. Sus esculturas llenaron las ciudades. Aparecían en Nuevo León, Tabasco, Morelos, Guerrero, Chiapas, Michoacán, Chihuahua… Sebastián afirmaba en sus entrevistas que, a pesar de las críticas de los mediocres y los resentidos, sus piezas se habían convertido en mitos, en postales. Solía considerarlas “bofetadas de concepto y de color”. Tenía razón en lo primero. Podrán caerme a palos, pero cada que atravieso la esquina de Reforma y Rosales no puedo sino asociar la Torre Caballito con el olor de los gases del drenaje que esa lumbrera arroja por los aires.
Cuando Camacho Solís la inauguró, Raquel Tibol lanzó una crítica feroz. Se puede resumir en una frase: “¡Pobre Ciudad de México!”. Hoy, Ebrard anuncia que la capital tendrá muy pronto otro monumento emblemático, el que conmemore el Centenario de la Revolución, y que será realizado nada más y nada menos que por Sebastián. Si los políticos son los que van solitos a ofrecerle trabajo al escultor, quiere decir que los políticos toman las decisiones relacionadas con el gusto. Imponen los monumentos que en lo futuro habremos de padecer. ¿De verdad Marcelo Ebrard cree que la Ciudad de México merece una nueva Torre Caballito? Antonio Rivas Mercado, creador de la columna de la Independencia, se debe revolcar en su tumba. Las generaciones posteriores mirarán el Monumento del Centenario de la Revolución y pensarán: en qué jodido mundo vivieron nuestros abuelos.
Héctor de Mauleón
demauleon@hotmail.com






