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Ensayo

La poesía, ¿especie en extinción?

Escalante da fin a su debate con Sicilia y plantea la pregunta ¿qué está pasando con los concursos literarios, en especial con el Premio de Poesía Aguascalientes?
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  • 2009-06-13•Literatura

Foto: Especial

En su respuesta “Tendiendo puentes” (Laberinto, 6/ 06/ 09), Javier Sicilia se disculpa conmigo por los insultos proferidos, reafirma sus posiciones y se despide con un gesto de paz y amistad. En honor de ese gesto sería poco gentil que yo me empecinara en continuar un debate en el que lo esencial ya ha sido plasmado por escrito. Doy por terminada esta discusión, pero no puedo hacerlo sin antes aclarar algunos malentendidos o imprecisiones que se contienen en su respuesta, y sin derivar mi visión crítica hacia el verdadero trasfondo del asunto, del que hasta el momento apenas si he podido ocuparme. Afirma Sicilia que en mi crítica a su libro Tríptico del desierto toqué un tema fundamental, pero que éste se diluyó en mis “ganas de denostarlo”. Esto es falso. De entrada, en lo que toca a este punto, soy ya en la práctica bastante cercano al pensamiento de Barthes. Tan creo en la “muerte del autor”, que en mi trabajo suelo ocuparme no del personaje que firma los textos sino de los textos mismos, en su soledad y en su autonomía. Mi crítica a Tríptico del desierto surgió de mi asombro y mi desconcierto al ver la cantidad de “préstamos” incorporados en el libro de manera mecánica, y de que a pesar de los defectos básicos de su “hechura” éste hubiera sido galardonado. Nunca pretendí un ataque ad hominem.

En lo que concierne a la noción de “autor”, como si se tratara de una comedia de las equivocaciones, Sicilia inició este intercambio acusándome de “pequeño burgués”, en razón de que creyó que en la base de mi postura estaba mi disgusto ante la ausencia de esa figura canónica. Dado que esta noción autoral (de la que se derivan la “propiedad” de los textos) surgió con la burguesía y su reinado, defenderla sería incurrir en un lamentable vicio pequeño burgués. Empero, en su última respuesta Sicilia se retracta de su anterior postura, y ahora defiende la idea que antes le parecía insostenible. Ahora las posiciones barthesianas que ponen el acento en el texto le parecen francamente “parricidas” y “absurdas”, en tanto que desfiguran precisamente la figura del autor hasta llegar a borrarlo, con lo que se borraría de paso la tradición a la que todos pertenecemos. Apocalipsis now. Como si se adelantara a los tiempos del internet, que nunca conoció, Barthes sería según esto una especie de profeta del “hipertexto”, ese mundo anónimo de redes, códigos y recorridos virtuales propio de un espacio flotante, desarraigado, donde al evaporarse el sujeto lo que impera es el vacío, es decir, la irresponsabilidad absoluta (?).

La verdad, no comparto esta satanización del internet como fuente del anonimato y la irresponsabilidad, así como ignoro de dónde sacó Sicilia que la noción barthesiana de texto y la concomitante de intertextualidad serían mutuamente contradictorias. Cito un breve apunte de Barthes para que se vea que no es así: “El Texto no es coexistencia de sentidos, sino paso, travesía, no puede por tanto depender de una interpretación, ni siquiera de una interpretación liberal, sino de una explosión, una diseminación. La pluralidad del Texto, en efecto, se basa no en la ambigüedad de los contenidos, sino en lo que podría llamarse la pluralidad estereográfica de los significantes que lo tejen…” (Barthes, El susurro del lenguaje. Barcelona, Paidós, 1987, p. 77)

Me parece evidente que Kristeva, Derrida y Barthes, a quienes se deben los conceptos de “intertextualidad”, de “diseminación” y de “texto” respectivamente, son todos ellos miembros de ese movimiento crítico que cobijó Philippe Sollers en la influyente revista Tel Quel. Sus posiciones, antes que excluirse, se complementan.

Pero dado que Sicilia me tiende la mano, me puedo olvidar de su libro y enfocarme a los entretelones. ¿Qué está pasando con nuestros concursos literarios? En particular, ¿qué sucede con el Premio de Poesía Aguascalientes? Parece haber una falta generalizada de confianza y credibilidad. Tanto así, que se está volviendo una costumbre que cada año se multipliquen las manifestaciones de enojo. El año pasado el Premio de Poesía Aguascalientes fue declarado desierto, lo que suscitó protestas de todo tipo; este año, para agravar el asunto, gana un libro con serios problemas de factura y de identidad. Si un libro con estos defectos resulta ganador, se pregunta uno, ¿cómo estarán los demás? ¿Qué tan malos no han de ser los trescientos trabajos que a diferencia del ganador cayeron en el sótano del olvido?

Imposible no formular la pregunta: ¿está en crisis la poesía mexicana? Yo quisiera creer que no, que nuestros poetas mexicanos están trabajando y que lo están haciendo bien. Quizá lo que está en crisis es el Premio Aguascalientes. Resulta ya sintomático que Francisco Hernández, María Baranda y Luis de Aguinaga, quienes premiaron a Sicilia, no sólo sean amigos entre sí, sino que todos a su vez sean… ¡amigos del ganador! Se diría que entre amistad y complicidad la distancia es sospechosamente corta. Quizá lo que habría que cuestionar es una inveterada costumbre que nos viene de lejos. Todavía recuerdo, para poner un ejemplo, que el poeta Aurelio Asiain, durante mucho tiempo escudero de la revista Vuelta, recibió una vez una mención en el premio que concede la Fundación Loewe. Todo muy bien, sólo que, ¿adivinan quién era el presidente del jurado? Exacto, nada menos que su amigo y patrón Octavio Paz. Así se las gastaba el más respetado (pero no siempre el más respetable, que conste) de los escritores mexicanos. Si esto hacía con toda impunidad Paz, ¿qué no podrán hacer otros colegas menos conocidos? Confieso que tengo una admiración irrestricta por Francisco Hernández, me parece uno de los mejores poetas mexicanos de nuestros días, y jamás pondría en duda su honorabilidad; conozco muy mal a María Baranda y todavía menos a Luis de Aguinaga, y no me atrevería a levantar el dedo acusador… Pero basta leer el acta que ellos redactaron para pensar que algo se cocinó de manera que parecería inadecuada. Transcribo en su integridad, sin agregar ni quitar nada, la parte específica del acta del Jurado en el que éste “razona”, se diría que con una flojera más que burocrática, los motivos de su elección. Lo leo: “…han decidido otorgar el Premio por unanimidad al trabajo titulado Tríptico del desierto, presentado bajo el seudónimo «Evagrio», por la serenidad y profundidad con que articula el conflicto de un ser consigo mismo refiriéndose al mismo tiempo al destino de todos. Tríptico del desierto pone en juego la experiencia y el vocabulario religioso, al entrelazarlo con tradiciones poéticas y realidades sociales de diverso signo”.

Es todo. Dos o tres misérrimos enunciados que casi se tropiezan entre sí, rebosados de vaguedades y generalidades para justificar una decisión. ¿Dónde está el júbilo ante la intertextualidad del libro premiado? ¿Dónde las hurras al fecundo diálogo con autores como Dante, Rilke, Eliot o Celan? ¿Dónde un verdadero razonamiento, y no una pobre acumulación de frases tautológicas? Me gustaría parafrasear a Efraín Bartolomé: Partes un acta a la mitad, y chorrea pus… ¿Qué no podrá hacerse algo al respecto?

Estimo que ya es tiempo de que las autoridades que convocan a este importante premio reconsideren las bases del mismo, y sobre todo, establezcan un procedimiento para evitar con todo cuidado el carácter a menudo endogámico de los integrantes del Jurado. Apostemos a favor de la diversidad y de la equidad. Creo que de otra manera no será posible remontar la crisis actual que padece por esta causa la poesía mexicana de nuestros días.

Evodio Escalante • evos46@hotmail.com