Por la esquina del viejo barrio lo ví pasar
Manual para héroes o canallas
Todos los canallas son sentimentales”, sentenció Borges. El Teniente Morgan no es la excepción. Así lo prueban su apego al bar Íntimo Bacanora; a los monitos de La novela policiaca; a la certeza de que si existe una nueva música clásica es la de Los Cadetes de Linares. Y el sentimentalismo llega a calar tan hondo en Morgan que sueña, no, los hombres como Morgan no sueñan, se ilusiona con la idea remota de que sus hazañas se vieran algún día narradas en novelas de sensacional policiaco.
Es bajo esa premisa que Muñoz Vargas cocina la trama de los cinco casos que Morgan debe resolver perpetrado en su chaleco caqui. Con una estética de la macuarrez, que nos recuerda, además de la mencionada historieta, El sensacional de traileros, El libro vaquero y el Así soy y qué, los escenarios del detective Morgan no se quedan exentos de “dibujitos”. Cada cuento se encuentra inaugurado por una ilustración que simula la portada de una historieta. Con el subtítulo de “La ley nunca descansa”, ¡Semillas! ¡Cigarros! Historietas ofrecen al módico precio de cinco pesos una aventura morgiana. Realizado por Rubén Escalante Alonso, el trabajo gráfico que acompaña los avatares del detective obedece al mismo objetivo de la prosa muñozvargasiana: recrear una sensación burda en el lector, de auténtica historieta barata.
La jeta de Morgan, no demasiado estilizada, se repite dentro de cada caso por resolver, más allá del simple adorno, la ilustración juega una parte importante dentro de la investigación, se debe leer para conocer los acontecimientos. Es la combinación de estos elementos una de las virtudes que le otorgó a este libro el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí 2005. Aunque este experimento se había realizado con anterioridad, jamás había sido tan abiertamente mal hecho, tan macuarro, tan “al ai se va”. O al menos no en la literatura. La desfachatez estética se observa en plenitud en la portada de la historieta que da título al libro: “Leyenda morgan”, donde vemos al detective en carrera pegar una zancada desproporcionadamente prolongada, caricaturesca.
El viaje emprendido por los monitos lo realiza también la prosa. Jaime Muñoz Vargas, en ocasiones un gentleman de la palabra, aquí desciende al nivel de su detective. Las razones son obvias, un Morgan erudito sería increíble. Para aquellos que se acerquen al lenguaje catedralicio y experimentalote de su novela El principio del terror (Joaquín Mortiz, 1998) o a la maestría rural de su novela Juegos de amor y mal querencia (Joaquín Mortiz, 2003) se sentirán desconcertados con la narrativa morganica. Y es tal sacadón de onda la principal hazaña de su autor. Lo que revela que ha logrado reproducir verazmente el hilo juguetón de las historietas a las que alude. Demostración de que Morgan no es una figura impostada, Morgan existe dentro de la narración.
Pero lo anterior sólo sucede al principio de la lectura, la familiarización gradual con el lenguaje propicia que el lector se desprenda de sus prejuicios y disfrute de los sin sabores del teniente. Los lectores que se acerquen por primera vez a Jaime Muñoz Vargas no se sentirán defraudados por la audacia de la prosa. Por lo barriobajera, burda o bronca que resulta a ratos. Algo que destaca en el habla del narrador y de los personajes es su esencia puramente citadina, con todo lo que esto le resta al cliché. Algo que se le agradece a su autor, pues la caricaturización más fácil de albergar sería la que se emplea en las películas de los hermanos Almada. Pero aunque Muñoz Vargas es un adepto a la cultura popular, se va con tiento a la hora de describir y detallar al detective. El atuendo de su personaje fácilmente se puede confundir con cualquier ciudadano de por estos lares que se sienta Lorenzo de Monteclaro o que conduzca un programa de radio de nombre Norte Grupero.
Como dice Guillermo Arriaga en la contraportada: “Morgan puede vivir en cualquier esquina”. Y es aquí donde la figura morgánica demuestra que más que los más grandes maestros del género negro, ha sido Rubén Blades quien ha alimentado el inconsciente colectivo detectivesco latinoamericano con su famosa descripción de Pedro Navaja. Aquel Por la esquina del viejo barrio lo vi pasar / con el tumbao que tienen los guapos al caminar / las manos siempre en los bolsillos de su gabán / pa que no sepan en cuál de ellas lleva el puñal / Usa sombrero de ala ancha de medio lao / y zapatillas por si hay problemas salir volao / lentes oscuros pa que no sepan que está mirando / y un diente de oro que cuando ríe se ve brillando, es lo que posibilita que Morgan se encuentre a medio camino entre el héroe y el canalla.
Y como todo héroe o canalla tiene su manual de supervivencia, su código personal de desenvolverse por las calles. Un fiel sentido de sabueso que lo empuja a manejar el soborno como principal modus operandi. Pero el soborno a la mexicana. Que aplica a los posibles sospechosos de poseer información, víctimas de Morgan quien les propone 200, mil pesos a cambio de datos y que una vez que obtiene lo que necesita se niega a pagar el monto del soborno. Acción que realiza durante las casi 150 páginas del libro, donde lo más que alcanzamos a observar es que regala una propina de 20 pesos.
Un manual en el que no está exento el desahogo de su entrepierna. Y como corresponde a un hombre de su calaña, derrapa de amor en silencio por Yovanna Mayra. Una mesera fichera seudoprostituta que jala en La culebra. Aborrecido como los son los de su oficio, Morgan se encuentra en ocasiones despreciado por los favores de Yovanna. Y ese mismo código se convierte en su tabla de salvación frente al desaire: los tipos duros no bailan.


