El 5 de julio
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Francisco Valdés Perezgasga
Usaré mi voto para manifestar mi náusea.
Lo he dicho aquí antes.
Luchar por el ambiente pasa por ser mejor consumidor pero también mejor ciudadano.
Por ello, el 5 de julio iré a votar.
Tomaré las boletas.
Iré al pupitre y a la urna y mandaré un mensaje claro y diáfano a una clase política que no reacciona e insiste en conducirse como si el país no estuviera cayéndose a pedazos.
Este 5 de julio, anularé mi voto.
Ojo, no formaré parte del ejército de la abstención.
No faltaré a mi deber ciudadano.
Usaré mi voto para manifestar mi náusea.
No sólo con los partidos que detentan el poder en mi ciudad, en mi estado y en mi país y que son los responsables del desastre que son mi ciudad, mi estado y mi país.
Mi bronca es con todos los partidos que han transformado un incipiente sistema democrático en un pastel de prebendas y contratos a repartirse entre ellos, el IFE y las televisoras mientras el país se hunde en una vorágine de impunidad, de crímenes y de corrupción.
El movimiento para anular el voto está creciendo y, a medida que crece, pone nerviosos a los políticos y al IFE.
Cada vez con más frecuencia se ven sus cabezas parlanchinas en la tele recetándonos regaños sobre como el voto nulo es un voto para la mafia -sin ver que para nosotros son ellos la mafia que nos oprime y asquea.
Pronuncian el argumento tramposo y torcido sobre cómo el voto nulo es igual a no ir a votar.
No, para nada.
Iremos a votar, pero no por ellos.
No votaremos por quienes han prohijado las policías que tenemos.
Por quienes con su desidia o su colusión han creado el clima propicio para el robo, el asalto, la extorsión, el secuestro y el asesinato.
Por quienes un día sí y otro también roban de un dinero que no es de ellos.
Por quienes por fin llegaron al poder sólo para comportarse como aquellos a quienes desplazaron.
Por quienes, desplazados, se relamen ya los bigotes ante la posibilidad de volver al poder.
Por quienes habiendo tenido la oportunidad de hacer avanzar las ideas y los programas decentes y solidarios de la izquierda prefirieron el interés égolatra y personalista dilapidando el capital político ganado en 2006.
Por los payasos que esgrimen la pena de muerte como argumento demagógico.
A todos ellos no les diremos “¡Basta!” Les diremos lo que los argentinos en su momento les dijeron a sus desvergonzados próceres:
Qué se vayan, que se vayan todos.
La propuesta suena extrema y hasta nihilista, pero las profundidades en que han sumido al país dictan que no les demos otra oportunidad.
La creciente ola ciudadana que promueve la anulación del voto lo hace para restar legitimidad a quienes hace tiempo la perdieron.
Se favorecerá el voto duro.
Probablemente.
Saldrán electos de cualquier forma los políticos que rechazamos.
Seguramente.
Pero si resulta un gran número de votos nulos.
Ellos -y nosotros- sabrán que actúan en la cuerda floja, sin la red protectora de nuestro aval.
Ellos -y nosotros- entenderán que, si osan seguir por el mismo camino, no lo hacen en nuestro nombre.
Lo hacen contra nuestra voluntad.
A su propio riesgo. Provocando a la paciencia de las mexicanas y los mexicanos.
Paciencia que, aunque así lo parezca ahora, no es infinita.
Como se demostró ya hace cien y hace doscientos años.


