De noche en la ciudad

Cuando la influenza nos alcance

  • 2009-04-27•Qrr

Nunca en la historia de las malsanas calamidades que han llovido sobre la Ciudad de México, alguna ha provocado tantos alarmismos y paranoias como la temible influenza.

Desde que reventó la crónica de una paranoia anunciada con las medidas oficiales, cambió el clima noctámbulo defeño, las ganas por el sexo fast track ya no se dejaron venir con la misma ansiedad, y la incertidumbre achicopaló la libido de la chilanguiza. Aunque relativamente porque a una parte de la ciudadanía, en cambio, le parece una exageración la epidemia y hasta “una payasada” traer cubrebocas.

Por eso la noche del viernes (a la medianoche) algunos jariosos y libidinosos daban su habitual rondín en las rechinantes calles de Sullivan; banquetazo y anzuelo del oscuro objeto del deseo. “¿Qué pensé cuando me enteré?, pues que es otra enfermedad que viene saliendo y no me provocó ningún temor porque es algo que no sientes todavía”, dice la trabajadora sexual Rosa María y corta con la frase: “¡Pero no me la pegues mucho!”, refiriéndose a la grabadora.

“Como el sida, hasta que te da es cuando uno escarmienta. Mira como está ahorita de vacío, se asusta la gente, como ves está tranquilo. Uno que tiene necesidad tiene que salir a trabajar aunque tenga miedo, es un contagio que… ¡no me lo pegues mucho!”, insiste. Ante su paranoia, le juro que mi grabadora no tiene influenza.

“¡Ya lo seeé…!” responde con algo que parece una sonrisa. Y sigue. “Es un contagio aunque salgas o no salgas, de todas maneras cuando nos va a dar nos va a dar, está jodido, ya varios centros comerciales cerraron. Acá han venido clientes pero no se animan…”, confiesa la pupila a la que sólo le caen otras pupilas (las del taco de ojo sin riesgo).

Más seria y muy informada, desde el viernes pasado, Hortensia, quien labora en la misma banqueta, afirma con entereza: “Claro que estoy enterada, corremos el riesgo aquí, es un virus que se nos puede pasar a todos, a cualquiera, aquí sí nos tapamos la boca porque por ahí entra, no por allá. Yo traigo mi tapabocas cuando entro con un cliente para prevenir mejor, cero saludo de beso, cero saludo de mano o sea todo eso, es lo que han dicho en la televisión ¿no?, prevenirnos”.

Mantener limpios objetos de uso común para las damas del talón está muy cabrón. Con todo, los saludos de beso se dan de (tapa) boca a (tapa) boca, ante el riesgo que implica el beso natural. Nos invoca el retorno al “no te me acerpes” y las películas Muerte en Venecia sobre la peste, dirigida por Luchino Viscontti (del libro de Thomas Mann) y Cuando el destino nos alcance, donde el fin de la especie humana era acabar convertida en galleta verde (soylent green). Lo de nosotros no es mera ficción sino pesadilla apocalíptica, como los marcianos (invisibles) que llegaron ya, y no precisamente bailando cha cha cha.

Pero mientras el fin del mundo chilango arrecia, la noche del viernes por la colonia Anáhuac (junto a la cervecería Modelo) una pandilla de Hells Angels de la Pencil (con moto y mota), bailaban y cheleaban con sus morras, sacando la casta cual descendientes del Tigre de Santa Julia (quien nunca fue mala influenza), mientras el downtown de la ciudad languidecía ante la baja clientela.

Salvo contadas y cheleras excepciones como el Salón Corona, que sin precauciones completaba otra abarrotada noche, los mariachis callaron, por momentos, en una Garibaldi con muchos más músicos que concurrencia. “Todos están cuidándose de eso porque al parecer sí trae algo de peligro, hay que evitarlo, pero qué podemos hacer, estamos al pie del trabajo”, dice un maestro de la música vernácula, al lado de su compañero que le hace segunda:

“¡Nada más que el hambre no se puede evitar! Y es posible que Obama lo haya traído, junto a los acuerdos con el gobierno de aquí. Porque supuestamente en Estados Unidos la tienen y aquí también ¡qué casualidad!”. Sabiduría o sospechosismo popular y curiosamente en altas esferas económicas, se rumora que es una táctica de Calderón para tener el control militar del país, y algunos funcionarios del gobierno (del PAN-ICO), aseguran, ya se fueron del país. Ah, los rumores del arrabal.

En zonas pipirisnais como Polanco, la fiebre del sábado por la noche (esa influenza de todos tan temida) mantuvo absolutamente desolada a la región, con antros y restaurantes cerrados en todo Masaryk, y con socialites que ya se fugaron a New York, Miami o cualquier parte de los EU, todo por no dejar de reventar.

A diferencia de La Condesa donde no se apanicaron aunque si bajó considerablemente el reventón habitual de fin de semana, uno exclamó: “¡Soy de Barcelona pero llevo ocho meses aquí ¿eh? Yo creo que el gobierno está exagerando, lo está llevando al extremo, de hecho en la Ciudad de México hay 30 millones de habitantes (¿así o más desinformado?), y solamente hay mil afectados y 20 muertos. Entonces no sé por qué tanta alarma, las medidas que se tienen que tomar no son cerrar los locales y poner el miedo al pueblo, lo que hay que hacer es tomar medidas sanitarias de precaución y hacerla bien normal”. Bueno, es parte de la euforia que genera el alcohol.

Rafael Molina