Escolios
Estampa del insomne
Cuando la muerte acuda finalmente a mi ruego y sus avisos me hayan habilitado para el viaje solitario, yo invocaré un ser primaveral, con el fin de solicitar la asistencia de la armonía de origen supremo, y un solaz infinito reposará mi semblante”. El insomne nace en un sombrío fin de siglo, descendiente de aristócratas y libertadores, su educación es confiada a un implacable tío sacerdote, quien lo inicia en los saberes más arduos y diversos. El niño sujeto a rígidas disciplinas se convierte en el genio torturado que programa obsesivamente sus horas y que aspira a unir conocimientos y aprender todos los abecedarios imaginables. Inagotable, el insomne estudia jurisprudencias, maniobra con gramáticas obtusas, traduce mamotretos, da clases en colegios, hace periodismo y diplomacia y, en sus momentos de iluminación, se deja llevar por una voz poética tan rigurosa como alucinada, tan elegante como fúnebre. Se imbuye entonces de mundos antiguos y medievales, anhelantes conjuros de valores, orgullosas emulaciones o disimuladas parodias, sueños de fuga y regeneración. Entre sus faenas diurnas con la burocracia y sus luchas nocturnas con el ángel, el insomne se marchita, la piel se torna cetrina, el cansancio se envara. Tanta lucidez sólo añade incertidumbres, los nervios estallan, la vigilia se vuelve intolerable. ¡Y pensar que el descanso definitivo está en un frasco de pastillas!
José Antonio Ramos Sucre (1890-1930), el hoy venerado poeta venezolano, estudió leyes, fue políglota, cumplió los mil oficios del intelectual de la época y murió por propia mano en Ginebra, antes de cumplir 40 años. Publicó algunos artículos y poemas en periódicos, unos folletos ensayísticos y, después de 1925, él mismo pagó tres libros donde se reúnen algo más de 300 prosas, a las que algunos de sus contemporáneos negaron el estatuto de poesía. (Hoy su obra poética se consigue en Siruela, el FCE y en la exhaustiva edición de la colección Archivos.) Aunque activo en la vida literaria, Ramos Sucre no fue un autor célebre: su género predilecto, el poema en prosa, y su tono anticuado, lo confinan a una expresión indefinida que no se asocia a ninguno de los discursos poéticos en boga. Sus textos, hechos con trozos de historia, evocación del mito y caprichos de la fantasía, aunados a una recargada y refinada adjetivación, parecen de una severa impersonalidad; sin embargo, rezuman dolor, un dolor que combina su sentimiento por la oscura fragilidad de la condición humana con las angustias persecutorias y la desdicha íntima. Ante una literatura que identifica en el dolor una vía de conocimiento y trascendencia, el suicidio, ya lo ha dicho la crítica, puede asumirse como un desenlace lógico de su obra. Cierto, los personajes de Ramos Sucre, esos seres marcados, desheredados, sometidos a un daño sin sentido, conforman una legión intemporal de caracteres trágicos que, como él, enfrentan al absurdo de su tiempo con un perentorio gesto de desafío frente al espejo.
Armando González Torres


