De la monstruosidad y su fuga cotidiana
Autobiografía del instinto criminal
2009-03-22•Qrr
No es nuevo. El término define muy bien lo que sucede cuando la sociedad se enfrenta a seres de tales características. La idea es que la monstruosidad opera como frontera entre un tipo civilizado y una bestia. Entre lo normal y lo patológico. Pero ¿en verdad la línea que divide un aspecto de la naturaleza humana de otro es tan clara?, ¿qué tan amplio es el margen de la anormalidad como para contener el flujo de una emoción y un impulso? Hagamos un ejercicio.
Imaginemos un escenario cotidiano en la Ciudad de México. Son las dos de la tarde en pleno Circuito Interior, los coches están detenidos y el calor está del averno. Entonces, luego de estar varios minutos esperando pasar por un embudo de autos atorados sobre el mismo carril, usted repara en que tal embotellamiento se debe a las mentadas obras de reencarpetamiento. Además, como es costumbre, usted observa que quien debe realizar su tarea lo más pronto posible para despejar el paso, simplemente no lo hace y demora cuanto puede sin el mínimo sentido común que exige velocidad en su trabajo. Claro, usted muere de hambre, ya quiere aterrizar en su mesa para disponer de las viandas que mentalmente se saborea y nada más no se ve para cuándo podrá abrirse paso entre las tiras de vehículos hirvientes. Lo peor, ya con las tripas de fuera por la desesperación, mira con ojos de rabia a los lentos compadres que cotorrean mientras todos los carros sedimentan sus ruedas en el asfalto y uno a carcajadas le reta, se burla de su impaciencia y efectúa en complacencia de sus colegas una señal obscena que recuerda un célebre retrato del Sub Marcos. ¿Cómo frenar un impulso dionisiaco que amenaza liberar toda la furia constreñida por las frustraciones cotidianas cuando todo parece alentar su catarsis?
De repente, usted escucha a un sujeto que desciende del vehículo a liberar su enojo con el primero de los trabajadores que le responde. Entonces logra ver que se hacen de algo más que palabras y comienzan los empujones. Después del arribo de varios obreros más, el iracundo conductor se retira, como muchos hocicones, amenazando con “volver con la banda” y ya. Todo quedó en uno más de tantos conflictos detonados, según los que saben, por el estrés de la vida urbana.
Digamos, siguiendo con el ejercicio reflexivo, que usted finalmente hizo un día normal el resto de la tarde y por la noche enciende el televisor para reírse de las épicas grescas politiqueras retratadas en los noticieros. Entonces descubre, en el tono típico de la sensual voz de López-Dóriga, que el sujeto brabucón del Circuito Interior regresó acompañado de otros varios golpeadores a balear a los trabajadores ejecutándolos a quemarropa. Usted se sobresalta. Repara en lo acontecido como intentando armarse una explicación del hecho que vuelva a poner aquel breve instante suyo de descontrol. Usted intenta describir a ese tipo violento como un loco, un monstruo lejano a su persona que se dejó tomar por un arrebato sin meditar en lo inhumano de sus acciones. Ese animal, del cual usted estuvo tan cercano, cometió la agresión precisamente por la falta de control. Es cuando se convence de que usted ganó una partida contra ciertas fuerzas oscuras que intentaron tomarlo por sorpresa en un momento de debilidad y él, el tipo que desde ese momento todos se preguntaban quien era, fue víctima de la desesperación.
¿De qué sirve este ocioso ejercicio hipotético? Para mostrar lo cerca que estamos a diario de transformarnos en ese Pedro Robles que, acostumbrado a dejar correr libre la adrenalina por sus tejidos, sació su patetismo asesinando a un topógrafo la tarde del 3 de marzo, luego de un arranque de furia en pleno tránsito. En efecto, ¿Qué nos separa, a todos los habitantes de esta olla de presión, de ser un ente poseso de la violencia y ser un paciente engendro de la civilidad? Sí, la educación, el ambiente, la salud mental y una vida satisfactoria en al menos unos cuantos aspectos. Aunque siguiendo al maestro alemán Nietzsche, nos movemos a diario sobre una delgada línea que divide nuestro estado psíquico entre la liberación y la represión del instinto. Es verdad, a esa cuerda tensa por la que caminamos le debemos nuestra sana convivencia como seres humanos y sin ese equilibrio de trapecista seríamos casi animales sin fin ni origen. Este ejercicio de ir al abismo de la emoción humana deviene en un claro supuesto: existe un agente que detona el acto criminal que nos es común a todos y la convivencia en sociedad pende del hilo que lo amarra.
Sin embargo, se podría objetar que el caso del Monstruo de Austria es diferente. Y lo es. Pero comparte un sesgo psicoanalítico con el ejemplo del Circuito. Ambos son resultado de una serie de represiones secuenciales. Sólo por recordar al buen Freud, podríamos pensar que la causa de ese cúmulo de represiones no sea el instinto animal que domina al hombre sino la misma estructura de la civilización. Es decir, que tales monstruos se dan justo porque la cultura misma es un mecanismo represor de instintos que va logrando guardar en el estado psíquico una buena cantidad de energía. Eso ocasiona que llegue al tope y luego busque una fuga inmediata. Se podría entender como una catarsis de adrenalina acumulada.
No nos hagamos, cada quien en su nivel, pierde el control de vez en cuando. Ellos, los orates que matan a sangre fría se emancipan de la presión a gran escala. El resto, basados en esta extraña civilidad, la reprimimos para canalizarla de alguna forma que nos dañe lo menos posible. Lo interesante de este dispositivo aplanador de la ira es que no la purga, sólo la desvía.
Más esta situación recuerda al viejo libro futurista de Huxley donde los humanos eran condicionados desde niños a tomar una droga que liberaba su ira, por más pequeña que fuera, mediante un pasón que saciaba su ansiedad. El punto, al parecer de Huxley, es canalizar el torrente de adrenalina que motiva las reacciones excesivas y así prevenir los fatídicos desenlaces. Es cuestionable, pero ante masacres como las vividas en nuestras calles y colegios quien sabe si estudiar en este sentido el comportamiento de tipos violentos sería menos cruel que darse cuenta lo cerca que cualquiera de nosotros está de perder los estribos ante la ira.
¿Y usted cómo vive sus días de furia?






