A la democracia, por los cuernos
Augusto Chacón
Augusto Chacón
A José Soto, editor y cómplice
2 de julio del año 2000. Me levanto de la cama para ir a votar, hoy llega a una meta un movimiento ciudadano impresionante, el voto de cada uno contará como nunca, la causa es clara y común: sacar al PRI de Los Pinos. Qué poder de convocatoria el de una idea, tan grande que nadie repara en las evidentes fallas del candidato con más posibilidades de ganar; el impulso por cobrar venganza del partido dictatorial es imparable y no tiene caso hacer consideraciones de ningún tipo, o verle cualidades a cualquier contendiente que no sea Vicente Fox. Se trata sólo, y aunque no es menor el objetivo, es inevitable decirlo así: sólo de sacar al PRI de Los Pinos, y de aquí pasar al concepto del voto útil… pocos piensan en que esto es darle el carácter de inútil al ejercicio que otros harán de su libertad: es el día del juicio final para el Revolucionario Institucional, votar por un partido que no sea el PAN tiene el rango de abstención. Sin hacer ruido me preparo para ir a la casilla; Sofía, mi hija de ocho años, se despierta, sabe la intención de mi voto y me pide por última vez: papá, vota por Fox. Me río y le digo que no, que me encanta la idea de sacar al PRI de Los Pinos, pero no sacrificaré mis ideas personales y mi opinión sobre Fox; en el fondo siento un poco de coraje: durante un mes a Sofía le ha dado vergüenza confesar a sus compañeros por quién votará su padre, y más: ha mentido para que nadie en la escuela la excluya o la señale. Sí, el voto de unos vale más que el de otros.
Parece normal considerar que el sufragio por la opción ganadora es el único que cuenta; es una aberración, una que apuntalan todos los días los políticos: el triunfo electoral es para ellos el equivalente a una conquista militar, se adueñan del espacio conquistado: ceguera, sordera y autoritarismo son requisitos para ejercer el poder en México. Para que el voto por el bando que nos plazca, aunque pierda, tenga, para efectos de la democracia, el mismo valor que hacerlo por quien a la postre gana, los partidos y sus políticos deben aprender a gobernar y a saber ser oposición. Lo que dejó la elección del año 2000 es un ánimo estrictamente deportivo para la lucha partidista: los que ganan vociferan sin cesar, asumen que junto con el voto les dimos el bastón de la tiranía temporal y vuelven invisibles a sus opositores; en tanto, los perdedores regresan a su vestidor, husmean en las sobras de la nómina y del presupuesto, minan desde su rincón al rival que gobierna y esperan ansiosos el siguiente round.
Esta realidad cruda, de la mano de una crisis económica mayúscula, nos empuja al abismo: la noción de que el voto no sirve, y entonces: la abstención, para solaz de los incompetentes que creen que las elecciones son un mero trámite para elegir quién le hincará el diente al erario; pero esta vez el abstenerse también podría resultar ventajoso para el duopolio de televisoras: con las nuevas reglas para la promoción de los partidos, la televisión no está haciendo un negocio tan jugoso, así que el abstencionismo les daría pie para sentenciarnos: ¿ya ven? nos necesitan.
Pero, por profundo que sea el desencanto, corresponde votar. Para mostrar nuestro descontento por los altos sueldos de la burocracia dorada, por la no reelección de legisladores y presidentes municipales, por la ausencia de mecanismos para la revocación de mandato, por no tener acceso a candidaturas ciudadanas, descontento porque no hemos profundizado en la democracia directa para la toma de decisiones, por el presupuesto de los partidos… Causa pesar imaginarnos cumpliendo con nuestro deber cívico cuando gracias a la clase política que adorna al país la democracia electoral no ha rendido los frutos que esperábamos. No obstante, tenemos otra opción: anular el voto. Si el 5 de julio se registra un porcentaje alto de participación y por encima de cualquiera de los partidos y candidatos aparece la cantidad de votos nulos, habremos dado un paso para afirmar el enojo y para decir que elegimos la vía pacífica para provocar un cambio: el voto. ¿Recibirán los políticos la señal? Tal vez, si por los medios que tengamos al alcance asentamos nítidamente el origen de la causa a favor del voto nulo; así, éste tendrá la dimensión de partido, uno que los ciudadanos decidimos poner a competir ante el desprecio y la estulticia de los gobernantes y sus cómplices en cadena nacional.


