El Evangelio según San Bono
2009-03-05•El Ángel Exterminador
¿Es posible hablar de U2 con una actitud desprejuiciada? Para bien o para mal, todos tenemos una opinión preestablecida sobre este cuarteto irlandés y su obra. Por eso resulta tan difícil escuchar un nuevo disco del grupo sin caer en actitudes parciales y hasta arbitrarias. La historia de la banda ha determinado que se le ame o se le aborrezca con igual intensidad, sin medias tintas, y esa subjetividad extrema estorba a la hora de apreciar un nuevo trabajo discográfico suyo.
Me precio de no ser un fanático —a favor o en contra— de U2. Parte de su obra me parece estupenda y otra parte me resulta prescindible. Hay canciones y álbumes que me impresionan y los hay que me aburren sobremanera. Tal vez eso me ha permitido escuchar a No Line on the Horizon, el flamante plato de la agrupación, sin tanto prejuicio y tratar de apreciarlo en su justo valor.
Dice el crítico británico Andrew Mueller, de la revista Uncut, que con el arribo de éste, el doceavo disco de U2, se redondean los cuatro Evangelios de la banda, constituido cada uno por tres obras. Así, el primer Evangelio estaría conformado por la trilogía Boy/War/October, toda frescura y rabia cuasi adolescente. Luego vendría la ambiciosa tridimensionalidad de The Unforgettable Fire/The Joshua Tree/Rattle & Hum. Más tarde, tendríamos el momento de exuberante experimentación de Achtung Baby/Zooropa/Pop y, finalmente, el cuarto y menos apreciado Evangelio, el de All That You Can’t Leave Behind/How to Dismantle an Atomic Bomb/No Line on the Horizon.
Como parábola, como analogía, la idea de Mueller resulta sin duda ingeniosa, pero a mi modo de ver castiga con cierta injusticia a Sin línea en el horizonte. Después de escucharlo con alguna minuciosidad y persistencia, pienso que el reciente disco es bastante mejor que sus dos antecesores y que de una y muchas maneras sintetiza lo que ha sido la carrera del cuarteto a lo largo de más de 30 años.
No Line on the Horizon iba a ser producido inicialmente por el inefable Rick Rubin, pero la química (¿por fortuna?) no se dio y para reemplazarlo, Bono, The Edge, Adam Clayton y Larry Mullen Jr. determinaron recurrir a sus viejos colaboradores Brian Eno y Daniel Lanois. La decisión no pudo ser mejor, ya que con estos dos personajes —quienes además coescribieron algunos de los temas— U2 retomó la capacidad de riesgo que tuvo cuando grabó The Unforgettable Fire y eso se refleja en varios de los once temas que dan forma al álbum de 2009.
El plato inicia con una pared de sonido muy a la Eno en la homónima “No Line on the Horizon”, cuyo ritmo remite lo mismo a un Bo Diddley electrónico que a “The Fly” del Achtung Baby, mientras la melodía entra en un memorable sube y baja. “Magnificent” es como una revitalización (toda proporción guardada) de “Pride (In the Name of Love)”, en tanto la hermosamente gospeliana “Moment of Surrender” nos regala un breve solo a la David Gilmour de The Edge, quien en “Unknown Caller” regresa a su clásica guitarra punteada para dar marco a una canción típicamente yutuniana, con la voz de Bono en su gustado nivel de melodramatismo y un arreglo de teclados cuasi orquestal. “I’ll Go Crazy If I Don’t Go Crazy Tonight”, en cambio, es un corte bastante agradable y ligero para arribar a la mitad del disco.
“Get on Your Boots” parece un divertido homenaje discotequero a “Subterranean Homesick Blues” de Bob Dylan, mientras que “Stand Up Comedy” coquetea con mucha fortuna con el rock funk (el riff de The Edge y el beat de la pieza son irresistibles). Cierta solemnidad llega hacia el final del álbum, sin embargo, con la sobreproducida y un tanto pretenciosa “Fez-Being Born”, la folky y antibélica “White as Snow”, la discursiva aunque emotiva “Breath” y la anticlimática y calma “Cedars of Lebanon”. Solemnes, sí, pero no tanto como para convertir a No Line on the Horizon en un panfleto. Nada grave, pues. A final de cuentas, se trata de U2 y su necesidad de corrección política.
Un disco muy bueno, un retorno afortunado.






