Corriente secreta

Zapatos

  • 2009-01-24•Reportaje

La ciudad requiere de un intérprete que la descifre. En el siglo XIX, Guillermo Prieto fijó las herramientas con las que el cronista debe realizar ese trabajo: un par de zapatos gastados por la curiosidad. En la primera crónica urbana, escrita en 1554 por Francisco Cervantes Salazar, los personajes que describen las maravillas de la capital de la Nueva España no usan, sin embargo, los zapatos: cabalgan por Tacuba, la Plaza Mayor y la actual Pino Suárez, admirando la arquitectura y el recto trazo de las calles.

Muchos años después, a principios del siglo pasado, Ángel de Campo se convirtió en el primer cronista que narró la ciudad desde el volante de un auto (un cupé de medio uso que destrozó al quinto día). Entre ambos hechos, los cronistas de la urbe tuvieron que gastar varios pares de zapatos.

Imagino los del incansable Manuel Payno, quien, buscando “asuntos” para sus artículos de El Siglo Diez y Nueve, se paseaba un día en la boca de los Portales, y al otro se le veía en las huertas de la Tlaxpana o San Ángel, o en los escarpados cerros de El Cabrío. Aquellos zapatos debieron bostezar por tanto uso.

Su contraparte: el calzado finísimo con que Manuel Gutiérrez Nájera, el dandi de los salones porfirianos, “boulevardeaba” tarde con tarde en la calle de Plateros. “El Duque Job” murió dos semanas antes de que el primer automóvil entrara en la Ciudad de México, pero había descubierto que era posible escribir crónicas extraordinarias desde la ventanilla de un tranvía. No tenía que trasladarse a El Cabrío para encontrar “asuntos”: le bastaba caminar unos minutos por Plateros. Una vez prometió una crónica que no escribió. Su tema eran los zapatos:

“Dime cómo calzas y te diré quién eres —le dijo “El Duque Job” a Ángel de Campo—. Vamos a estudiar zapatos y verá usted qué cierto es eso. Aquella señora es coqueta: usa bota de cuarenta botones y quiere que lo sepan; ésta que camina lentamente debe ser esposa de un Comisario de Juzgado, trae los de su marido con tacones cortados a bisel; mire usted el último grado de la despreocupación, del egoísmo, del nada se me da: las babuchas de esa beata: esas señoras entran al Paraíso por la puerta de los criados y deben hacer un alto en... ¿hay Leteo allá arriba? [...] Aquí viene otra: advenediza, y usa un calzado irreprochable como forma, pero no sabe manejarlo, ignora que no se camina lo mismo con charol que con raso turco... He aquí una excelente esposa para un escritor: esos botines deben de ser muy viejos, pero con cuánto amor están embetunados; o sucia o hipócrita o mal formada la que se baja del coche: prefiere enseñar el cuello y partes alícuotas, a mostrar la punta de los choclos...”.

Al cronista de la modernidad, Salvador Novo, sus padres le compraron en una tienda de Madero un par de zapatos blancos. Novo tenía 12 años, acababa de llegar de Torreón y, según confiesa, se había aficionado a conocer “más íntima y menos literariamente” la Ciudad de México. Con esos zapatos conoció instituciones tan importantes como el Bosque de Chapultepec, la pastelería El Globo, el Sanborns y La Alameda. Con ellos subió las escaleras eléctricas de El Salón Rojo y se miró en los espejos deformantes que había en el lobby. Como quería Prieto, debió mancharlos con muchísimo polvo. Tres décadas después, escribió la crónica mayor de esta ciudad: Nueva grandeza mexicana. Me resulta extraño hallar ahora una foto de ese tiempo: Novo ejerce unos zapatos (negros) a lo largo de San Juan de Letrán. ¿Será que los que vemos colgar en los cables de energía eléctrica son las verdaderas llaves de la ciudad?

demauleon@hotmail.com

Héctor de Mauleón