Entrevista: Ramón Xirau

“La poesía, razón con imaginación”

El 20 de enero, el poeta y filósofo cumplirá 85 años. En entrevista, habla del exilio y de su vida en México. Completamos esta entrega con cuatro de sus poemas seleccionados por él mismo.
  • 2009-01-17•Reportaje

Ramón Xirau puede contar historias infinitas. Pero en lugar de apresurarse a hablar se sienta tranquilo y espera las preguntas, a las que responde con precisión. Para conversar con Laberinto, el filósofo y poeta (¿poeta-filosofo?) ha interrumpido la lectura de El agua y los sueños del francés Gastón Bachelard. “Ya he leído Milenio. Está muy bien, ¿eh?”, dice en un extremo de la sala de su casa situada en un callejón empedrado de San Ángel. De un lado tiene un retrato suyo en blanco y negro. Y del otro, una fotografía en donde Gabriel García Márquez le firma un libro a una sonriente Ana María Icaza, esposa de Xirau.

Antes de que se iniciara la Guerra Civil española, Ramón Xirau había estudiado un año en Inglaterra. “
Era una escuela primaria muy chiquita, perdida entre la niebla”, acota. Y entre sus compañeros había una niña mexicana que le enseñó una canción: “Allá en el rancho grande.” “Pero a esa edad yo ni me imaginaba México. Creo que todos sabíamos que existía Pancho Villa. Era una figura como de cuento para nosotros los niños... ¿aquella canción sería cosa del destino?”, se pregunta, porque tan sólo algunos años después sus padres lo enviarían a Francia y luego se lo traerían a México.

Del sur de Francia salieron en barco hacia Nueva York. “Mi padre estaba muy afectado. Mi madre también, pero era más fuerte. O eso me parecía. Llegué a Nueva York con ellos y con un tío mío, Juan Xirau, que era químico. Tocábamos la armónica en el barco. Durante el viaje la cosa terrible era ver cómo estábamos separados negros y blancos... Por eso ahora me ha parecido muy importante el triunfo de Barack Obama. Hace 50 años era imposible imaginar que un negro sería presidente en Estados Unidos”.

Al llegar a Nueva York emprendieron un viaje en autobús hasta México. “A mis 15 años el viaje fue divertido. Supongo que para mis padres fue cansado”, dice con una sonrisa. “Al encontrarme con México tuve una gran sorpresa. Me acuerdo que cuando pasamos la frontera había una manifestación política. Se lanzaban Almazán y Ávila Camacho. Mi padre, curioso, preguntó qué pasaba. Parecía horrible la llegada. Pero luego, ya aquí en la Ciudad de México, todo se veía mejor. Nos instalamos frente a la editorial Séneca donde, por cierto, se publicó por primera vez la obra completa de Machado”.

Era 1939 y Joaquín Xirau (1895-1946), su padre, era un filósofo muy respetado entre los académicos de Iberoamérica. Por eso, apenas llegó a este país, comenzó a dar clases en la Casa de España, hoy El Colegio de México. Así, el adolescente Ramón abandonó sus deseos de ser marinero y músico para dedicarse a la poesía y a la filosofía. Ingresó al Liceo Franco Mexicano y luego a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en el edificio de Mascarones. Aquí no sólo se ocupó de su vida intelectual sino también de la personal. Conoció a su inseparable Ana María Icaza. Y llevan ya seis décadas juntos.

“Yo estaba, en el buen sentido, condenado a la filosofía. Mi padre era amigo de José Gaos y de Juan David García Bacca. Y Josep Carner, un gran poeta catalán, me llevó hacia la poesía. También Agustí Bartra. ¿Qué soy más, poeta o filósofo? Pues las dos cosas. ¿En el origen? Poeta. Lo primero que escribí en mi vida fue un poema muy corto sobre un bombardeo en Barcelona, que debió haber sido horrible. No lo recuerdo... A ver si me acuerdo un poco (se lleva la mano derecha a la frente e inclina la cabeza): Como águilas que se lanzaban hacia su presa/ trajeron muerte y crimen... algo así”.

Además de ser poeta y filósofo, Ramón Xirau es ensayista literario, traductor, editor y profesor. Es autor de El sentido de la presencia (1955), Tres poetas de la soledad: Gorostiza, Villaurrutia y Paz (1955), El péndulo y la espiral (1959), Octavio Paz, el sentido de la palabra (1970), Entre ídolos y dioses (1980), Poesía y conocimiento, Dos poetas y lo sagrado (1993) e Introducción a la historia de la filosofía (1964), entre otros libros. Este último ha servido de libro de texto a miles de estudiantes. Desde 1974 es miembro de El Colegio Nacional. Entre los numerosos premios que ha obtenido destacan el de Literatura Magda Donato (1970), el Internacional Alfonso Reyes (1988), el Mazatlán de Literatura (1990) y el Nacional de Ciencias y Artes (1995). Octavio Paz lo llamó el “hombre-puente”: puente múltiple, firme y ancho, puente entre la poesía y la filosofía, entre el catalán y el castellano, entre México y Cataluña.

Cuando escribe, Xirau utiliza el catalán para la poesía y el castellano para la prosa. “El catalán para la poesía porque es el que aprendí primero. La prosa vino después y espontáneamente empecé a escribir en castellano. Las dos lenguas son importantes, pero ése es mi modo de trabajar”, explica.

Define la poesía como un acontecimiento intuitivo. “Es decir, que se da inmediatamente. No hay que reflexionar para que se dé. El que más me ha influido es el poeta catalán Joan Maragall, creo que murió en 1911, pero es el gran poeta catalán. Y claro, Agustí Bartra y Josep Carner, los dos. En la poesía, debe haber razón con imaginación. Un poema también es racional. La poesía no es un puro dispararte. La poesía y la filosofía se complementan”.

Todos los poemas que ha escrito desde los años cincuenta del siglo XX han sido reunidos en un solo volumen en edición bilingüe —catalán y español—, con el título Poesía completa, editado por el Fondo de Cultura Económica. “Yo prefiero llamar a esa compilación poesía reunida, porque sigo vivo y todavía puedo escribir”, matiza.

Para elaborar sus ensayos literarios, Xirau asegura que conversa con los textos. “Es que el texto es algo vivo. Uno como persona tiene una relación viva con una cosa, en este caso los libros”. Sus estudios sobre la obra de Xavier Villaurrutia y Octavio Paz, por ejemplo, son considerados “indispensables para entender no sólo a ambos poetas, sino a toda una corriente del pensamiento nacional”.

¿Qué ha sido lo más difícil que le ha tocado vivir en estos 85 años?

Lo más difícil ha sido siempre accidentes y enfermedades. Pero lo peor ha sido la muerte de mi padre en un accidente y la muerte de mi hijo en otro accidente, cuando estaba estudiando en Harvard... Yo fui hijo y alumno de mi padre y padre y maestro de mi hijo. Fue muy extraño. Justo en medio de los dos. Ah, y los dos se llamaban Joaquín. ¿Cómo superé esos acontecimientos? Con mucha dificultad, pero sobre todo trabajando. Escribiendo y dando mis clases. Sin esto hubiera sido muy difícil.

¿Cuál ha sido su principal dificultad en la vida?

(Largo silencio).... Está complicado contestar... Ser obstinado, ser muy terco, porque esto a veces me lleva a conflictos...

A lo largo de su vida ha convivido con grandes mexicanos...

Sí (interrumpe) y varios han pasado por esta casa, como Octavio Paz por supuesto, Alí Chumacero, Juan Rulfo... Juan Rulfo era muy especial porque parecía muy hosco, pero en realidad era muy tierno. Alguna vez que regresábamos de un congreso en Yucatán, en pleno vuelo dijo: “Miren, allá hay un cementerio”. Todos estábamos asustadísimos. Pero él seguía platicando muy tranquilo... Alfonso Reyes era muy amigo de mi suegro y luego iba yo con mi esposa, recién casados, a verlo. Reyes nos daba un chocolate y luego le pedíamos que nos leyera algo. Se hacía del rogar, pero al final nos leía.

Ramón Xirau tiene un andar pausado y un tono voz más bien bajo. Su amabilidad y generosidad parecen ser los amuletos de su vida. Al igual que su padre, suele invitar a sus alumnos a su casa para continuar las “tertulias de aprendizaje”. Es un lector voraz. No sólo de libros, también de revistas culturales, como si con esto recordara su época de editor de Diálogos (1964-1985). “Ahora las que me gustan más son la Revista de la Universidad de México y la revista Biblioteca de México”, dice. La próxima semana sus 85 años serán motivo para que el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM y el Instituto Nacional de Bellas Artes le rindan un homenaje. “Es un reconocimiento —interviene— y está bien. La palabra homenaje es muy pomposa. Está bien que lo reconozcan a uno, a todos nos gusta”.

Luz de luz y mar de mar

Luz de luz y mar de mar,
rumor de luz y luz de voces
golondrinas en el grito nocturno.
Todo un desierto de azulosa luz
en los círculos del yeso, en las cercanías
de la tarde, en el oscuro mediodía
como si las frutas de la luz
ya no vivieran, como si las yedras
subieran con las olas oscuras,
como si las sombras fueran luz ausente
de vida, de parajes, de plumajes.
Calmadamente todo es lento,
todo es calma de una calma mala,
todo desconsuelo en el suelo del desconsuelo.

Poco a poco las lentas velas vivas,
las riadas del sol en los atajos,
en las espigas, en los ojos, la vida
de muchachas blancas en las torres de oro,
en los ojos del niño —ah, barcas—
toda la oscuridad es ya Razón Ardiente.
Las redes pescan peces diminutos,
las redes diminutas. Son peces breves,
imágenes de su Signo. Gloriosas
las manos del Signo se ponen en el mundo
y la muerte-vida es vida y ya vida la muerte
viven, reviven, hablan piedras puras
oh barcas, solamente este camino.

Las barcas han salido y ahora vuelven
con el oro del Pez, oh mar de mar
mar y tierra legibles, flores
del Libro, el de Ramón, el de Juan, el de Francisco,
arrancan signos con los cantos del arpa.
Libro de Rotaciones, libro de los cantos,
libro de los “animales más finos”.
¿Vienen las barcas?
Olorosas de luces lejanas
y cercanas, olorosas de maderas y remos
vienen las barcas claras, vienen las barcas,
eternas en las olas y en las playas.

Mesa I

La mesa blanca. Tres naranjas
transparentes,
el vaso del aire
transparente
el vaso de agua.
Pocas cosas, precisas
la mesa —tres naranjas— blanca.

Mesa II

Aquí,
muy verde,
el cántaro
—leña las mesas de oro.

El cántaro,
¿quién nos mira
en el dibujo
del árbol?

Mozart

A Josep M. Castellet

Si me dicen: ¿quién?, digo Mozart.
Schönberg, el de la noche
resulta lógico, vendrá después el canto.
Mozart no, es melodía
(leed sus cartas).
La Linz, dos días,
las Misas oran, oran, el espíritu
es eterno. Inmortal también el cuerpo
entre gozo y dolor todo alegría.
Eine Kleine… Queremos escucharte cada día.
Si me dicen: ¿quién?, digo Mozart y algunos nombres
absolutos.
¿Por qué te pareces tanto al muchacho Novalis
musicalmente muerto y renacido?
El bosque, de brisa en brisa, es canto,
si me dicen: ¿quién?, digo Mozart.
Únicamente digo Mozart.

• Estos poemas han sido tomados del libro Poesía completa de Ramón Xirau, edición bilingüe con traducción del catalán de Andrés Sánchez Robayna. Proceden de tres libros sugeridos por Xirau: “Luz de luz…” de Graons (Gradas, 1979); “Mozart” de Dit i descrit (Dicho y descrito 1983) y “Mesa 1” de Natures vives (Naturalezas vivas, 1991).

Texto y Foto: Víctor Núñez Jaime