La actuación mexicana en defensa del último presidente de la República española.
La extraordinaria y triste muerte de Manuel Azaña
El diplomático mexicano que está sentado frente al hombre derrotado no sabe que está a punto de pasar a la historia como protagonista de un episodio triste y singular, uno de los últimos capítulos del drama de la Guerra Civil española. El diplomático se llama Isidro Fabela y es el representante del gobierno de Lázaro Cárdenas ante la moribunda Sociedad de las Naciones. El hombre derrotado es Manuel Azaña, el último presidente de la República española. Al mexicano le preocupa la suerte que están corriendo los miles de exiliados españoles que han atravesado la frontera rumbo a Francia. El español sólo pretende morir con dignidad. Enfermo y achacado por el vendaval de los últimos años, Azaña busca un final tranquilo, algo que sus enemigos no están dispuestos a concederle. Los hechos que están a punto de desencadenarse llevarán al mandatario español a morir como jamás lo hubiera imaginado: envuelto en una bandera que no es la suya sino la de México, el único país que será fiel a la República hasta el último momento. El episodio, largos años sumido en el olvido, ha vuelto a la luz gracias a los esfuerzos del actual presidente del gobierno José Luis Rodríguez Zapatero por recuperar la memoria histórica; y deja al descubierto el importante rol jugado por México en el conflicto más sangriento que enfrentó a los españoles en el siglo XX.
El primer encuentro se produce el 7 de febrero de 1939. Hace apenas unos días que Azaña ha abandonado su país y dejado el gobierno a Juan Negrín. Después de la dura derrota militar sufrida en los márgenes del Ebro, la República española no tiene ninguna oportunidad de ganar la guerra que comenzó en 1936 con el alzamiento del general Francisco Franco. Fabela encuentra a Azaña resentido con Inglaterra, a la que acusa de ser la “gran culpable del desastre español”, por haberse negado a apoyar al gobierno democrático y por no haber querido mediar luego con los alzados en armas para garantizar, al menos, una derrota digna a los republicanos. El episodio tiene lugar en Collonges-sous-Saléve, un pequeño pueblo cercano a la frontera entre Francia y Suiza. Fabela tiene un encargo especial del presidente Cárdenas: velar por la suerte de los altos cargos republicanos en el exilio y por los más de 400 mil refugiados que están abarrotando los campos del lado francés.
La buena sintonía entre México y la República española viene de antaño. Ante la negativa de las grandes potencias europeas que todavía no han caído en manos del fascismo —Francia e Inglaterra— a venderle armas a Madrid, México se transforma junto con la Unión Soviética en el único aliado fiable de los republicanos. Ahora que la suerte de la República está sellada, los diplomáticos mexicanos tienen órdenes expresas de asegurar que el derecho de asilo sea respetado. Sobre todo desde que una filtración de los servicios de inteligencia franceses ha puesto a los mexicanos en alerta sobre las negociaciones en curso para lograr el reconocimiento de París al gobierno del general Franco.
La filtración resulta verdadera y unos días después del encuentro entre Fabela y Azaña, Londres y París reconocen “incondicionalmente” al nuevo régimen. Azaña presenta su renuncia a la Presidencia y Negrín huye también al exilio francés. Al otro lado de la frontera se sigue combatiendo, aunque Azaña cree que la guerra debe concluir porque seguirla sólo significa “aceptar el sacrificio de miles de hombres que habrán perecido inútilmente”, según le hace saber a Fabela en un segundo encuentro. El diplomático mexicano está preocupado por la pérdida de estatus como exiliado que implica la renuncia de Azaña, y después de este fugaz encuentro regresa a Ginebra para encargarse de un problema aún mayor: el embarque de miles de refugiados españoles rumbo a México. Lo que Fabela no sabe al despedirse es que las cosas están a punto de empeorar.
A principios de 1940 la Guerra Civil española ha concluido, pero la situación mundial se ha deteriorado a gran velocidad. Alemania ha invadido Polonia y ha dado comienzo la Segunda Guerra Mundial. La suerte de Francia también está echada. Por el acecho de la maquinaria de guerra nazi, París no tardará en caer. Con la salud machacada a pesar de sus apenas 60 años, y aún preocupado por la suerte de los suyos, Azaña se ha mudado a Montauban, una pequeña ciudad en el sur de Francia, cerca de la frontera española. Una decisión que inquieta a sus enemigos en Madrid, que aún le temen.
La decisión final
A mediados de 1940 Francia se rinde y el sur del país queda bajo el gobierno colaboracionista de Vichy al mando del mariscal Pétain, totalmente subordinado a los dictados de Berlín. Es el peor escenario posible para Azaña y sus colaboradores. El general Franco aprovecha el cambio de gobierno en París para tratar de convencer a sus amigos nazis de la importancia de trasladar al ex presidente republicano a Madrid y los servicios de inteligencia españoles comienzan a planificar la operación en colaboración con la Gestapo. La diplomacia mexicana enciende todas las alarmas.
El 2 de julio de 1940 el embajador mexicano en Francia, Luis Rodríguez, llega a Montauban a encontrarse con Azaña. “Sé que tratan de llevarme a Madrid”, le dice al diplomático el viejo líder republicano. “No lo lograrán, antes habré muerto”. Durante las dos horas que dura el encuentro, el político español le confiesa que está arruinado, no tiene dinero, ni siquiera le han permitido radicarse legalmente en el pueblo y su salud empeora cada día. Rodríguez le demuestra hasta qué punto México sigue siendo leal a la República: le ofrece los servicios de oficiales del Ejército mexicano para que lo custodien y le da dos mil francos, una pequeña fortuna en esa época, para ayudarle “con los gastos”.
Unos días más tarde Gilberto Bosques, cónsul general de México en Marsella, se entera de que miembros de La Falange, grupo ultraderechista adicto a Franco, han cruzado la frontera y han capturado a un grupo de refugiados políticos españoles entre los que se encuentra el cuñado de Azaña, Cipriano Rivas Cherif, un hombre por quien el viejo Presidente guarda un gran afecto y que fue su más cercano colaborador en más de una ocasión. Días más tarde Azaña en persona le escribe a Rodríguez contándole el incidente. El embajador mexicano decide actuar y habla con el mariscal Pétain para solicitarle que le permita al ex Presidente trasladarse a Vichy, en donde piensa alojarlo en la embajada con el objetivo de trasladarlo luego a Suiza o directamente a México.
Rodríguez mantiene una gran actividad diplomática durante esos días y se ocupa también de la suerte del cuñado de Azaña, Rivas Cherif, pero es muy poco lo que puede lograr en el hostil ambiente del gobierno de Vichy. El 30 de julio el embajador mexicano lleva una carta personal de Azaña al presidente del Consejo de Ministros francés, Pierre Laval, en la que el ex mandatario español relata lo ocurrido con su cuñado y pide que se ponga coto a las entradas de La Falange española en territorio francés. Pero Laval es un nazi convencido al que le caen muy mal los republicanos exiliados, por lo que su respuesta es muy parca. “Si lo llevan a Madrid lo sacrificarán”, le dice Rodríguez al político francés. “Son gajes de la política”, responde el hombre que años después será juzgado por su colaboración con el régimen nazi.
Ante la gravedad de la situación Luis Rodríguez le ofrece a Azaña escoltarlo personalmente bajo bandera mexicana hasta Suiza, pero el tozudo político español se niega. Cree que podrá hacer más por la suerte de su cuñado al estar a un paso de la frontera que en Ginebra o México. A finales de agosto el capitán Antonio Haro Oliva, quien forma parte de la escolta personal de Azaña, se entera de la llegada a Montauban de un grupo de agentes falangistas que permanecen unos días en la localidad francesa estudiando el terreno. El secuestro de Manuel Azaña está en marcha. El 15 de septiembre el comando falangista vuelve a la ciudad.
Alertado por los propios refugiados españoles, Luis Rodríguez llega ese día a la ciudad y decide tomar una decisión radical. Reserva un grupo de habitaciones en el Hotel Midi a nombre de la Embajada de México, con derecho a hacer ondear la bandera mexicana en los balcones. Luego traslada a Azaña, su mujer y su reducido grupo de colaboradores al hotel. El objetivo es hacer saber al comando franquista que si realiza la operación estará violando una sede diplomática, con todo lo que ello implica. El ex mandatario español se da cuenta de la gravedad de la situación y no opone resistencia. Pero durante el traslado la policía secreta francesa detiene la comitiva. Una vez más Rodríguez salva la situación sacando a relucir sus credenciales diplomáticas.
Mientras tanto, Azaña siente que la muerte está próxima e indica en su testamento que quiere que lo entierren donde va a morir y que no se traslade nunca su cuerpo a España. Lázaro Cárdenas se preocupa por la salud del líder republicano e intenta que las autoridades francesas permitan su salida del país para poder brindarle mejor asistencia médica, pero todo es inútil. El último intento por convencer al mariscal Pétain lo lleva a cabo el agregado militar de México, el general Luis Alamillo, un hombre que mantiene excelentes relaciones personales con el viejo político francés.
En la noche del 3 de noviembre de 1940 Manuel Azaña muere en el hotel Midi, bajo pabellón mexicano. La noticia llega hasta un campo de refugiados cercano y un pequeño grupo de españoles se congrega frente al hotel con el objetivo de velar los restos de su líder. A la mañana siguiente el general Pétain en persona se traslada a Montauban y advierte que no tolerará ninguna manifestación de simpatía con el ex Presidente republicano, y amenaza incluso con disolver por la fuerza a quienes lo intenten. El prefecto militar de la región se dirige incluso a Rodríguez para sugerirle algo aún más humillante: que se prescinda de usar la bandera republicana sobre el féretro en su recorrido desde el hotel hasta el cementerio. Pétain, le dice el prefecto, sugiere que se use la bandera franquista para cubrir el cadáver. “¡Que lo intente si puede! —responde Rodríguez al prefecto—; no pienso tolerar semejante blasfemia”. Como los franceses se toman el desafío como una afrenta, el embajador mexicano cede y con el acuerdo de la familia de Azaña decide envolver el féretro en la bandera mexicana. “Para nosotros será un privilegio, para los republicanos una esperanza y para ustedes una dolorosa lección”, dice la leyenda que murmuró Rodríguez al enfurecido prefecto francés. De esa forma el último Presidente de la República española marchó hacia su tumba envuelto su cuerpo en la bandera de un país que no era el suyo. La familia de Azaña cumplió a rajatabla su última voluntad: sus restos jamás regresaron a España.


