La Prohibición

  • 2008-12-08•Qrr

Después de las 2 de la mañana, ¡todos a la casa del inge para chupar hasta desconocernos!
Después de las 2 de la mañana, ¡todos a la casa del inge para chupar hasta desconocernos!

Este viernes 5 de diciembre de 2008, a lo largo y ancho de Estado Unidos las ofertas de vinos y licores para celebrar el aniversario fueron verdaderamente impresionantes. Hubo varias ofertas que me llamaron la atención: botella de champaña rosado de la viuda de Clicqot a menos de 100 dólares.

Tintos italianos desde 20 dólares la botella. No faltó el Tequila Cuervo Reserva de la Familia, cuyo precio se ubicó en 99 dólares. Vinos sudafricanos, australianos, españoles y argentinos abarrotaron las vitrinas de las tiendas, los portales de internet y los anuncios en medios impresos. La mayoría con precio de entre 20 y 30 dólares. Algunos bares ofrecieron precios de 1933 en bourbones, ginebras y cerveza. Los whiskys escoses se mantuvieron en su precios por botella, de 30 a 50 dólares los más populares.

Nadie rindió homenaje a un eximio personaje: John Leach, el subinspector de la Policía de Nueva York que en 1920 fue la primera autoridad en desperdiciar, perdón en tirar por una alcantarilla toneles de alcohol confiscados a pacíficos ciudadanos que no tenían otra insólita experiencia sensorial que vender en “tienditas” (no son invento mexicano) algo de lo que el dios Baco creo para el hombre libre.

Este viernes, en consecuencia, se desplegaron las banderas de una de las libertades más apreciadas por el hombre: su derecho a beber, y se recordó la forma en que se sepultaron los contextos intolerantes de la Iglesia y de las asociaciones puritanas que desde 1629 impulsaron en las Trece Colonias Americanas la “Ley Seca”. La Asamblea Colonial de Virginia, por ejemplo, que agrupaba a los territorios de esas 13 colonias, impusieron el dogmatismo y la intransigencia con las primeras reglas escritas de obediencia por conducto de los ministros de la Iglesia: “El pueblo no deberá excederse en el tomar licor o cerveza; no escandalizar bajo los efectos de la bebida; no perder el tiempo en reuniones con amigos acompañados de bebidas espirituosas ni de día ni de noche”.

En 1663, la Colonia de Plymouth estableció que la venta de bebidas con contenido etílico por persona no debía de ser de más de dos peniques, incluso para los visitantes extranjeros. En 1785, el Dr. Benajmín Rush publicó un nefasto opúsculo: “Investigación sobre los Efectos de las Bebidas Espirituosas en el Cuerpo Humano y la Mente”. Toda una amargosa retahíla sobre las supuestas enfermedades que se contraían con la ingestión excesiva de los destilados, que iban desde la locuacidad” (garrulity en el original), “periodos prolongados de silencio, pérdida de atención, insipidez alimenticia, sudoraciones, cierto tipo de acciones extravagantes y periodos de desajuste emocional (locura)”.

Afortunadamente hoy en día no hay ediciones del panfleto del Dr. Rush.

De 1849 a 1851, el sacerdote católico irlandés Theobal Matthew recorrió Estados Unidos armado de un buen tambache de sermones sobre la templanza y santidad provenientes de una total abstinencia al alcohol, a cambio de ganar indulgencia para subir al cielo. Se estima que los sermones del padre Matthew fueron atendidos por unas 600 mil personas en 25 estados. No faltó, por supuesto, su indispensable visita a la Casa Blanca y al Senado.

“Joven, sabemos que las chinitas están bien guapas, pero ya son las 2 y tenemos que cerrar, así es que…”
“Joven, sabemos que las chinitas están bien guapas, pero ya son las 2 y tenemos que cerrar, así es que…”

Entre 1840 y 1850, congresistas de algunos estados de la Unión Americana redactaron leyes de prohibición: Oregon, Delaware, Maine, Ohio, Illinois, Rhode Island, Minnesota, Massachusetts, Connecticut, Pennsylvania y New York. En todos los casos, estas iniciativas de ley fueron rechazadas gracias a que gente inteligente descubrió a tiempo la paranoia social que deambulaba entre el pesimismo de la Iglesia y el absurdo de organizaciones confesionales.

Sin embargo, en 1918, la Ley de Prohibición de Tiempos de Guerra (Wartime Prohibition Act) fue aprobada por la Cámara de Representantes y prohibió la manufactura, venta, transporte e importación de toda clase de bebidas alcohólicas. En 1920 cobró fuerza la prohibición y se tipificaron como ilegales nuevas prácticas y organizaciones delictivas: la cantina clandestina y los célebres saloons. Sin embargo, embotelladores, destilerías clandestinas, exportadores de ron del Caribe florecieron sobre manera.

De 1920 a 1933 pasaron 13 largos años de sufrimiento. Se creó todo un sistema de organizaciones que abastecían de tan necesaria aunque ilegalmente mercancía: el licor. Éstas, sin embargo, fueron combatidas y que leyendas de la televisión moderna elevó a las alturas de deidad como a ese personaje obscuro y mediocre que nunca registró hecho meritorio alguno y mucho menos heroico: Elliot Ness.

Afortunadamente, el visionario Franklin Delano Roosevelt mandó una iniciativa al Congreso que introdujo la Vigésima Primera Enmienda a la Constitución de Estados unidos que dio por derogada la prohibición el 5 de diciembre de 1993. En buena hora. Magnífico pretexto para celebrar.

Fernando Pescador