Alma Guillermoprieto, esa desconocida
2008-11-29•Reportaje
Por qué tendríamos que ocuparnos con urgencia en leer los libros de Alma Guillermoprieto, esa desconocida para gente que presume estar actualizada en las últimas tendencias del periodismo y la escritura?
Porque al menos dos de sus libros son de un paralelismo brutal con la realidad que estamos viviendo. Sabemos que la realidad pocas veces se aviene con el cine y, sin embargo, las crónicas, los testimonios, las entrevistas, la escritura de Alma Guillermoprieto son como guiones dignos de dibujar el mapa latinoamericano; como un ave nocturna que vuela desde lo alto y observa los paraísos artificiales de belleza, que los demás vemos desde los aviones, para luego acercarse y atrapar con su mirada las tragedias que envuelven a los seres humanos: a los que obedecen en un gobierno, democrático o dictatorial, y a quienes desde sus casas, por la televisión viven olvidados de sí mismos y de su propia realidad; desde luego, no faltan los que infringen la ley y aquellos que buscan la justicia, con la constitución de por medio o tomándola por las armas.
Ella tiene el tino de decantarlo en palabras donde la crueldad posee siempre sentido del humor, porque el habla de este lado del continente es extremadamente tragicómica, aunque nos tengan acostumbrados a las cursis y melodramáticas telenovelas. No hay caso: en Colombia, Perú, Argentina, Brasil, Cuba o México la sátira nos viene como anillo al dedo: aceptando revoluciones que terminan en dictaduras, asesinatos de políticos que quedan suspendidos en la duda de quién los perpetró, o ejércitos que, con la anuencia de los pobladores de la región, trabajan al lado de los narcotraficantes, a fin de conseguir algo más que los frijoles del día para el consumo familiar.
Ella va, pregunta, investiga, se documenta, estudia el paisaje latinoamericano como una voraz amante de su raza en esos 23 países de habla castellana y portuguesa —incluidas las lenguas perdidas que alguna vez, con sus indios delante, fueron imperios—, latinos que básicamente piensan y viven en la misma desigualdad, pero que no hablan igual en sus giros idiomáticos, en sus albureos, en un sinfín de frases que se entienden en Buenos Aires pero no en la Ciudad de México; que se cuchichean en Lima pero se malinterpretan en Caracas; aquí, el continente donde el idioma castellano ha adquirido la fuerza que se ha perdido en la antigua España, con todo y su presunta modernidad.
Ella, que ha sido bailarina, hace danzar a las palabras ante nuestros ojos y en nuestro pensamiento, con la adrenalina atragantada porque la cocaína corre a raudales en Colombia y no cesará el negocio mientras los Estados Unidos tengan consumidores (desde luego, hoy México le ha quitado ya el primerísimo lugar, llueva o truene). La que hace que los cubanos se burlen de sí mismos —y de Fidel Castro, con todo y sus “susurros de voz de papel plateado”. Burla que ya venía desde los años 70, cuando ella, a quien la danza le dio la vida, le quitó la vida, pero también le devolvió otra vida al descubrir el periodismo en aquellos años.
¿Cómo es posible que ella no sea tan conocida en México, de dónde es?
Quizá no importe de dónde sea porque el caso es que a los mexicanos les gustan otros nombres para oficiar idolatrías. Estamos tan ombligados a la tierra que es difícil mirar afuera, aunque no lo creamos, todavía, aun con globalización y los éxitos alcanzados de tantos mexicanos en el extranjero. Ella es un caso extraño.
Digamos simplemente que abandonó México para irse con su madre a Nueva York. Que ya en México estudiaba danza con Guillermina Bravo y en Nueva York arrancó clases de nueva cuenta con Martha Graham, le siguió con Merce Cunningham y Twyla Tharp. He aquí la descripción de su futuro, con su propio lenguaje:
“Fue en esos días de ensayo en el Metropolitan que Merce, parado con los pies muy juntos y la cabeza ladeada, me comentó una tarde al terminar la clase de avanzados que existía la posibilidad de un contrato como profesora de danza en Cuba. A otra persona le hubiera parecido que le acababan de obsequiar un ramo de flores…Yo sentí que me habían vaciado un balde de agua hirviente y helada a la vez. Merce no se había acercado para decir ‘quiero que bailes conmigo’ sino ‘hay una chamba a mil kilómetros de aquí que te puede interesar’… Como cualquier muchacha que se mete a bailar, no tenía el menor interés en ser mediocre… Era un hecho: jamás alcanzaría el virtuosismo técnico… De Merce ya había recibido la oferta… De Twyla no tenía más que su habitual indiferencia… Una tarde después del ensayo me quedé haciendo tiempo en el estudio… Twyla terminaba de guardar su ropa de práctica… Le dije que me habían ofrecido una plaza como maestra de danza en Cuba… Sin dejar de amarrarse el zapato, alzó la vista un momento. ‘Yo que tú, aceptaba… no vas a lograr nada quedándote acá’”.
Así, con esa crueldad con la que se desnuda profesionalmente a sí misma es con la que escribe puntillosamente sus reportajes sobre América Latina. Porque en el periodismo, la información sólo con la fría sangre de la razón entra. La claridad de su escritura es cruel.
Ella, pues, es mexicana pero escribe en inglés, un idioma que mamó desde niña. Dicen sus traductores —entre ellos Laura Emilia Pacheco— que el inglés de Alma Guillermoprieto es complejo. Utiliza términos y frases coloquiales que vienen de su voraz lectura de los clásicos norteamericanos e ingleses. Porque para esa niña, después de la danza, el placer por el lenguaje ocupaba un lugar preponderante en la lista de cosas que le importaban. Vivilla desde chiquilla. Por eso no tiene el más mínimo empacho en recortarle la verdad a la gente, en escribir extenso, con aliento, hasta dejarnos ahítos de información para hacer nuestras deducciones.
Ella nació en la Ciudad de México y no importa el año, pero sí interesa que, después de aquel viaje a La Habana, empezó a trabajar en el periodismo siendo corresponsal de guerra en Centroamérica a partir de 1978. Y de ahí p’al real.
Discúlpame, pero hasta el momento no me has explicado la importancia de esa mujer que dices es imprescindible leer.
Tendrías que leerla para entenderlo. Pero podría decirte lo
siguiente:
Cree que escribe para un público de habla inglesa, en un idioma que no es el suyo, pero que ahora ya podemos leer en español (espero que no exista un catalán o vasco que se ofenda por el término “español”, palabra con que oficialmente se conoce el idioma de la hoy dividida España). Como ella cree que escribe para los gringos porque su trabajo se publica en Estados Unidos, piensa que al describir América Latina sólo los norteamericanos no conocen esa parte del continente. Está equivocada. Con ella aprendemos a caminar un continente desconocido y acaso parecido en sus regiones: las montañas colombianas o venezolanas donde habitan los grupos guerrilleros bien pueden ser las del subcomandante Marcos en Chiapas; el aeropuerto de La Rioja en Argentina, donde nació el ex presidente Menem, también se parece al de Álamo, entre Tuxpan y Veracruz, donde el ejército mexicano está instalado hace años, por el constante tráfico de narcos que hay en la zona.
¿Cuáles son esos dos libros en los que encuentras coordenadas con la realidad que dices estamos viviendo?
Los años en que no fuimos felices y Las guerras de Colombia son cercanos uno del otro. Pero se trata de dos países distintos; escritos, el primero entre 1993 y 1995, y el segundo en el 2000. El de Colombia pareciera la realidad de México:
“Cómo y por qué se volvió la sustancia intoxicante ilegal preferida de los Estados Unidos es una crónica que aún está por escribirse. Pero el primer gringo que le sugirió en Colombia a un distribuidor de cocaína que podía encontrar compradores si éste le conseguía la droga, encendió una hoguera que ha consumido la vida de decenas de miles de colombianos… Esos intermediarios se las ingeniaron para contrabandear acetona y éter desde ese país: sustancias precursoras, como se les llama, sin las cuales no pueden extraerse de la hoja de coca los alcaloides de la droga… En Colombia todo el mundo, del Estado para abajo, vive de la coca… Veinte años pagando un precio terrible por el auge del narcotráfico… Es razonable suponer que, una vez que se inicien en forma en Colombia los programas para impedir la elaboración y exportación de narcóticos, el cultivo de coca emigrará a Brasil y Venezuela… En Colombia el secuestro es el principal peligro para un civil que viaja por tierra…”.
Ésa es la Colombia del año 2000. O México, hoy, según se desprende de las estadísticas oficiales del gobierno mexicano.
En Los años en que no fuimos felices, Alma Guillermoprieto regresó a México después de tres lustros. Le tocó vivir el asesinato de Luis Donaldo Colosio, el 23 de marzo de 1994. Quería vivir su país, no observarlo y escribir de él. También observó el alzamiento zapatista en las montañas de Chiapas, en 1995. No faltó la crónica del asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas, en 1993, y lo que todos quisiéramos saber: ¿dónde está el asesino? Pregunta que vale para el crimen perpetrado contra Colosio y Ruiz Massieu, ex cuñado del entonces presidente de México, Carlos Salinas de Gortari, cuyo hermano, Raúl Salinas de Gortari, fue condenado por homicidio, aunque hoy es libre. Así concluye el libro:
“En el eje mismo de la violencia, la corrupción y el cinismo que están envenenando todos los intentos de construir una sociedad civil, se encuentra el narcotráfico. Y como en Colombia en una etapa parecida de su desarrollo, no somos capaces de ver lo que tenemos enfrente porque nos falta una lente especial que nos revele a este gobernante, a aqueste prestigioso galerista, a aquel diputado, como criminales… Pero es mucho peor que ninguna investigación —periodística o judicial— nos haya permitido entender cómo prosperó tanto el narcotráfico durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari… Sin duda, el próximo libro sobre México tendrá que ser el libro del narcotráfico…”.
Señora Alma Guillermoprieto: estamos esperando ese libro escrito por usted. En verdad lo necesitamos. Estamos perdidos. Aunque sin duda esos dos libros son clave para entender un engranaje de cómo la historia de la impunidad cambia de un país a otro, sin impartición de justicia.
¿Y qué es lo que la hace imprescindible, según se deduce de tu admiración por ella?
En México los cronistas parecieran estar al servicio del prestigio que les pudiera redituar su pluma, no a su trabajo como tal. Los intelectuales están más preocupados por ser asesores del gobernante en turno, en vez de convertirse en los críticos del sistema. Nada es más antiintelectual que el micrófono al lado del presidente municipal, gobernador o candidato o presidente en turno. Me consta como a los mexicanos que observan al historiador oficial, el periodista oficial y el intelectual oficial. No hace falta nombrarlos porque la gente sabe quiénes son.
Ella, al contrario, se ha mantenido al margen. No ve a la escritura como una forma de poder
sino como el camino para encontrar ciertas verdades, con más preguntas que respuestas. Nos deja en la búsqueda de recovecos donde se pierden los que no buscan información. Ella no viene del periodismo de América Latina, con la “toma de partido”, de “oposición”, ese periodismo combativo que reduce a “bueno” o “malo”. No. Ni héroes ni villanos. Ella permite la elección de verificar nuestros propios razonamientos.
Para ella, una forma superior de vida de la humanidad es el arte por encima de la política. La deducción está, por tanto, más allá del razonamiento. Ella argumenta e informa y nosotros concluimos. No hay traición en sus pensamientos, como la que estamos acostumbrados a ver en otros de su misma estirpe.
¿Con quién la compararías en México?
Ella se parece sólo a Alma Guillermoprieto. Y quizá tenga mucho que ver con su familiar, Guillermo Prieto, su chozno del que adquirió nombre y apellido. Le formó mucho haber salido en plena era del priismo de México para irse a Nueva York y de ahí a confrontarse con la Cuba de Fidel. Muchas cosas debieron haber pasado por su mente para convertirse en la gran periodista que es hoy, aun cuando pocos la reconozcan en nuestro país. La quieren en Argentina, en Colombia, en Brasil y desde luego en Estados Unidos. Falta el reconocimiento de México. Esos intelectuales priistas que quedan, o los neopanistas que gobiernan, cuando pase todo eso, el trabajo de la escritora Alma Guillermoprieto será reconocido. Ella sigue trabajando sin retórica ni aspavientos. Su vida personal la absolverá. Lo otro, la historia, es la que se encarga de poner a las cosas en su lugar.
¿Eso es todo lo que quieres decir?
Faltan otros dos libros, mis preferidos, donde podemos regresar al sentido del humor inicial que evade a la cruda realidad. Al pie de un volcán te escribo y La Habana en un espejo. Lúdicos, lúcidos, reveladores de nuestra América Latina. Parecen los más personales de la periodista y escritora. El lugar donde la capacidad de aguante no tiene límites. Donde siempre se vive a la espera de una esperanza que nunca llega pero donde nunca se pierde la fe. Soñar es muy barato. Un rompecabezas con las piezas revueltas.
Ella es su voz y la voz de los demás. No traiciona el lenguaje de los otros pero tampoco su estilo de escritora. En Al pie de un volcán te escribo nos acompaña la voz de alguien que dice “en este país parece como si alguien hubiera apagado la luz”, o bien, “qué difícil es ser Dios”, frente a sus usos y giros idiomáticos que enzarzan el lenguaje popular o del político con la aparente ingenuidad con la que ella, al cronicar, deslumbra por su inteligencia para hacernos ver una realidad como la de un corazón estrujado. Después de terminar el libro, sólo después el lector empezará a razonar por sí mismo. Ella deja la llama de la duda.
Su libro más personal y político, La Habana en un espejo es impecable; el paso de la cronista que se testimonia a sí misma y revela una Cuba y su Revolución en extrema vulnerabilidad, entre la aparente estabilidad y el desorden con el hombre todavía hoy convertido en mármol: Fidel Castro.
Alma Guillermoprieto: tímida y cínica, seca y refrescante, melancólica y sardónica. Lúcida y arrebatadoramente llena de esperanza, como su continente: de aquí hasta el amanecer.
*Texto leído el pasado 28 de noviembre en el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara, en el marco de la Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar.
• Autora de libros como Al pie de un volcán te escribo, Los años en que no fuimos felices y La Habana en un espejo, Alma Guillermoprieto comenzó su carrera periodística en 1978 como reportera del diario inglés The Guardian y en los ochenta trabajó en The Washington Post. Actualmente es la única periodista mexicana que colabora asiduamente en The New Yorker y The New York Review of Books documentando la realidad latinoamericana.






