Nunca fui Primera Dama. Wendy Guerra
2008-11-25•Cultura
El encuentro con Celia
Me quedé mirando la casa de madera levantada en pilotes; los pinos, las mangas, los bichitos En la casa no quedaba nadie, se habían ido a Miami porque no aprobaban lo que estaba pasando en el país. Dejarnos era sólo un acuerdo provisorio. Hemos vivido siempre en esa rara condición que, sin darnos cuenta, ha pasado a ser la eternidad.
Estaba sola, y decidí usar mi tiempo pintándolo todo; con la ausencia de ellos la casa estaría perdida. Sentí deseos de dejar allí mis huellas. Lo hice modo espontáneo, sin el menor cálculo. Empecé por linóleo blanco del suelo. Manchando con una pluma de tinta china pinté suaves hijas de otoño, campanas, guindas negras, paraguas, tacones, tréboles, palos de golf, lunas. Iluminaba la impecable superficie que tanto habíamos elogiado durante la última Navidad.
Por primera vez me sentía libre. Sin las obligaciones del colegio americano, ni los Esfuerzos Cristianos de cada domingo, o el desespero diario de mi madre parada en el portal esperando a mi padre, desvelada hasta las cuatro de la madrugada, que era cuando regresaba de la Base Naval de Guantánamo. Pintaba paredes, puertas, muebles, contrarrestaba la extraña sensación de liberación y de orfandad que transmitía el vacío.
Mi hermana, fantaseando con el casi imposible regreso de nuestros padres, no paraba de reír imaginando sus zapatos sobre linóleo, la sorpresa ante el esmerado y profuso dibujo. Una casa ilustrada de incongruentes figuraciones.
A mi hermana la habían llevado antes al chalet de la tía Dora, muy cerca de mí, en la otra esquina querían convencerla de lo que a mí jamás me convencerían, pero estuvo firme y regresó enseguida conmigo; la negra Digna corría de una casa a la otra para atender a las dos chiquillas rebeldes. Digna es, en realidad, quien nos ha cuidado siempre; pues este mundo se nos estaba acabando sin que nadie pudiera intervenir del todo.
Comenzaba una vida distinta para nosotras; la anterior parecía no servirle a nadie. Una vida a la buena de Dios, tomando decisiones propias, y comiendo, de vez en cuando, lo poco que íbamos descubriendo en la alacena.
Dije que me quedaría para alfabetizar, que más tarde iría con ellos; sólo tenía catorce años y me interesaba algo más que trabajar en una compañía. Podría iniciar después otros estudios en los Estados Unidos, yo no quería arengar como cuáquera o ministro de Iglesia protestante (que era, en realidad, el destino previsto por mis padres para mí). Cuando nos agarró la locura de los años sesenta, todos esos proyectos se fueron a bolina.
Mi hermana se quedó para estar junto a mí, no por convicciones personales; tenía dieciséis años. Nos hicimos brigadistas Conrado Benítez y cada una alfabetizó en grupos diferentes. Ella hacía una vida para la cual no estaba entrenada, por mí se apuntaba a lo que viniera; de ella me gusta algo que no tengo; es adaptable, no se queja y piensa que lo mejor está por venir.
El día que vinimos a la plaza a escuchar a Fidel, nos eligieron a las dos para entrar al Habana Libre a encontrarnos con unos periodistas que querían conocernos y entrevistarnos.
En medio de la fila, una señora muy delicada se me acercó discretamente, me preguntó si había estado en Varadero, disfrutando del premio que habían dado a todos los alfabetizadores. Fui a su lado, y casi en un susurro, le conté que no, que habíamos tenido que pasar por Banes, para cerrar la casa y buscar nuestros documentos. Mis padres se habían ido del país, y tuvimos que repartir las cosas y venir definitivamente hacia acá.
La señora se quedó pensando en mi historia. Me sacó del tumulto con dos escoltas, mientras localizaba la brigada a la que pertenecía mi hermana. Salimos de allí en un carro mientras oíamos de lejos por los repetidores, la ronquera de Fidel. Entramos por el lobby del Habana Libre con dos milicianos que nos guiaban apurando el paso a todo el mundo.
Me gustó el lugar. Era un hotel de los años cincuenta alfombrado y lujoso, me miré en los espejos, respiré aire acondicionado que olía a perfume francés mezclado con repostería fina, subimos en un elevador plateado, y al abrirse la puerta de una suite apareció Celia, Celia Sánchez de espaldas, revisando algo en una coqueta que le servía de buró. La miré de arriba abajo, sin poder evitar el azoro que atribuyen a quienes venimos del campo.
La delgada guerrillera llevaba unas sandalias negras, un vestido amarillo claro, y con una cinta, de ese mismo tono, recogía su largo y lacio pelo negro. Parecía una escultura griega. Nos recibió tranquila y sonriente.
De pronto mi hermana y yo, en medio de la muchedumbre, éramos junto a Celia el centro de algún suceso que no comprendíamos con claridad. Las tres sometidas a una descarga imparable de fotos.
¿Por qué nosotras? No éramos mejores ni peores que los otros alfabetizadores que esperaban abajo, en la plaza con Fidel. La respuesta a la pregunta de por qué estábamos allí, la tendría con los años: la historia no siempre privilegia en su portada lo heroico sino lo casual, lo que está a mano para ser mostrado como épico.
Esa foto es la que más tarde apareció en el periódico y llegó hasta Miami. La carta de mi padre fue de apaga y vámonos pero, nosotras, abrazadas con uniforme de alfabetizadoras, retratadas en blanco y negro, estábamos encantadas de la vida. ¡Qué contradicción! Las hermanitas, americanas nacidas en Cuba (o mejor, en una parte de Cuba que no es Cuba, en la Base Naval de Guantánamo) ahora estábamos luchando, junto a todo el pueblo, contra el imperialismo.
Con sutileza, Celia pidió a los fotógrafos que salieran, no parecía gustarle aquel show.
Mi hermana me abrazó muy parca, como es ella, y tiesa como un palo dijo:
¿Ya tú le diste un beso a Celia?
Negué con la cabeza, y ella me empujó hasta Celia. Al besarla, olí un perfume que nunca más he vuelto a sentir. Yo temblaba. No podía evitarlo. Celia me preguntó si me pasaba algo. Y atiné a responder:
Me estoy orinando.
Entonces me condujo a un baño grande e iluminado, que más parecía un cuarto, y esperó a que yo saliera. Mi hermana le comentó que ella se estaba aplicando para estudiar Medicina. Quería ser patóloga. Celia, muy intrigada, le preguntó por qué patóloga. Mi hermana dijo que pretendía salvar vidas sólo mediante el microscopio, no le gustaban los pacientes.
Prefiero estar entre muertos y tumores, que entre vivos que se quejan todo el tiempo agregó resuelta, y a Celia el comentario le hizo mucha gracia.
Luego preguntó que si yo estaba interesada en estudiar algo especial.
Quiero entrar a la Escuela de Arte. Y puntualicé: Me gusta pintar.
Preguntó si había visto exposiciones. Le expliqué lo poco que sabía de todo aquello: el museo Bacardí, la revista Selecciones, El Tesoro de la Juventud y un pequeño museo de arte precolombino, en Banes. Entonces me dio un lápiz grueso, bicolor, de esos rojos y azules, y echó a un lado la cortina de la habitación para que pintara:
Algo tuyo dijo.
¿Algo mío? Justo lo que no había pensado. Me temblaba el codo, sentía el pulso apretado; temía que todo fuera un desastre.
Mi hermana decía:
Relájate, chica.
Y Celia sonreía, encantada.
Hice un boceto sin aparente forma y luego saqué de él, como por arte de magia, una mujer con cabeza de pájaro. Celia pidió que nadie borrara aquel pájaro de la pared de la habitación; yo estaba tan nerviosa que no había notado que, además de nosotras, había otras personas.
La llamaron por teléfono, yo me entretuve mirando por el cristal gigante de la ventana. La Habana era una joyita. Me encantaban los edificios y el mar a punto del atardecer, todo era como nuevo. Celia se había quedado mirando como una niña aquel pájaro con cuerpo de mujer que yo había soltado en la habitación.
Mi hermana y yo nos despedimos; pero ella no dejó que regresáramos al acto, estaba preocupada por nosotras, nos preguntó dónde dormiríamos esa noche e hizo otras preguntas, ninguna que nos ofendiera. (La señora de la plaza le había contado nuestra historia.)
Celia no se refirió ni a Miami ni a nuestros padres. Nos quedaríamos con los demás alfabetizadores, dijo, y un rato después nos pidió que montáramos al jeep para llevarnos a su casa, en El Vedado.
Primero esperamos a que se acabara la manifestación. No se podía avanzar por el mar de gente que venía bajando, justamente por la calle 12, desde la plaza. Celia manejaba con el ceño fruncido, tenía brazos largos, y las mangas raglán de su vestido caían sobre el timón. Cuando esperaba por el semáforo miraba la tablilla con papeles que llevaba en los muslos, las sandalias hacían subir y bajar los pedales.
Nos presentó a dos señoras, Pucha y Mary. Ellas nos atendieron y nos dieron toallas, jabones y unos pijamas igualitos a mi hermana y a mí.
Nos rociaron agua de violetas y dejaron listas dos camitas en literas, tendidas con sábanas que olían a limpio.
Terminamos tomando sopa de pollo y leche en jarrito blanco esmaltado. Creo que por eso adoro los jarritos. Esa noche no pude dormir ni dos horas. Me saltaba el corazón. Mi hermana decía:
Si mamá se entera de esto, viene de Miami y se hace miliciana. Pero a papá sí que le da algo.
Todo el mundo en mi casa sabía quién era el padre de Celia y también era conocida la misma Celia. Mi mamá adoraba a Frank País y Frank País adoraba a Celia. Por eso y por Radio Rebelde sabíamos de ella, que era la más brava de todas, y que la estaban buscando para matarla. Mi mamá la vio una vez en Manzanillo, pero no hablaba nada de eso porque mi papá odiaba todo lo que oliera a revolucionarios.
Salí a la cocina para ver si podían alcanzarme un vaso de agua, la mitad para mi hermana y la otra para mí. Ya todos los muchachos estaban durmiendo. Venían con Celia desde La Sierra, eso lo supe luego. Estaban cansados de ver lo mismo. Pero nosotras no.
Agarré agua del filtro y, cuando menos lo esperaba, dos carros parquearon justo debajo de la ventana e iluminaron la casa entera. Nos despertamos todos. Era Fidel. No lo vi, pero era él. Lo supe por el sonido de las botas, la gente entrando por la otra puerta, el ruido y el cuchicheo de las mujeres que nos atendían.
Celia estaba sentada a mitad de la escalera, con una pluma en la mano. Me vio en el pasillo y saludó guiñándome el ojo mientras esperaba, vestida con ropa blanca vaporosa y descalza. Me dijo adiós y yo entré corriendo al cuarto. ¡Qué susto!
Mi hermana también escuchó los carros y quería que le dijera que había visto a Fidel.
Dímelo, mi hermana, aunque sea de
mentirita.
Que no, chica, no lo vi, pero si ella estaba esperándolo y se armó el corre-corre, ¿quién va a ser?
Mi hermana y yo nos quedamos dormidas en nuestras literas. Estábamos más solas que nadie en este mundo. No conocíamos a la gente de la casa; sin embargo, ese día, pensamos que éramos como de la familia.
Me pregunto dónde están esos niños hoy. Qué ocurre con las cosas que ahora nos ilusionan y mañana se diluyen de una manera tan seria al punto de que se haga inútil volver sobre ellas. En esos casos uno hace silencio; pero en realidad, ¿olvidamos?
Mi hermana, por ejemplo, casi no recuerda nada de esto. Le pregunto si lo hace para mortificarme o si, en realidad, lo olvidó todo. Creo que eso no tiene respuesta. Yo misma ya no sé ni cuántos días estuvimos allí. Sabíamos que entraban y salían muchos comandantes, combatientes y personas relacionadas con lo de La Sierra, incluida su familia. Vivíamos una película.
Me fui a estudiar pintura a la Escuela Nacional de Arte y mi hermana entró a la Escuela de Medicina, en el Pre Médico. Estábamos cerca, nos veíamos durante los pases, ella venía a la ENA o yo me quedaba en su albergue. Pasaron meses y lo de Celia nos parecía un sueño. Mi hermana y yo no hablábamos nunca de eso. Éramos Hijas de la Patria, menores de edad y no podíamos salir solas, tampoco los fines de semana. A veces, durante las vacaciones, autorizaban a los padres de otros compañeros a llevarnos con ellos a sus casas.
El 15 de enero de 1962 entré oficialmente a la Escuela Nacional de Arte de Cubanacán. Allí conocí a casi todos los que hoy son mis grandes amigos. Las personas más locas, distraídas, creativas, delirantes y hasta seres normales.
Era una fiesta estar con Amarilis y con Waldo Luis, tirados en el pasto del antiguo campo de golf, hablando sublimes tonterías. Allí entendí que no estaba sola en el mundo, que pertenecía a un lugar especial con seres iluminados y también eliminados. Personas excluidas o integradas, quienes como yo, traían su propia locura e insistían en los mismos arrebatos y tristezas. No estaban allí para estudiar sino tratando de curarse de algo y, una vez que terminaban de pintar, curar a los que podían ver esas obras, reparar otros espíritus.
Éramos como espejos rotos que se reconstruían entre sí. Por nosotros mismos jamás lograríamos reflejar nada. Ése fue el modo que encontré para unir las partes de lo que me faltaba. Entrar allí fue el único modo de entrar para mí.
La propia Celia nos dejó en el Paradero de Playa y nos indicó hacia dónde debíamos tomar mi hermana y yo. Ella se fue en la guagua del Pre Médico. Yo subí a pie hasta ver los andamios que empezaban a construir las cúpulas, un castillo en ciernes se abría de piernas ante el Country Club, el que sería en lo adelante y por varios años, mi casa.
Poco a poco se hacía realidad el plan maestro. La escuela tiene un diseño maravilloso; si se divisa esa idea desde arriba, desde el propio mirador tan alto como el campanario de ladrillos rojos, se distingue la figura de una mujer desnuda, y, en el gusano alargado que conforman las cúpulas y las aulas de Artes Plásticas, puede verse una fuente que figura el sexo chorreante de aquella mujer dormida sobre la hierba del antiguo Country.

Hay quien dice que Wendy Guerra (La Habana, Cuba, 1970) ha conseguido representar a los nietos de la Revolución, lo cierto es que esta poeta, diplomada en Dirección de Cine, Radio y Televisión en la Facultad de Medios de Comunicación del Instituto Superior de Arte, llama la atención por una prosa que el ibérico Eduardo Mendoza no ha dudado en clasificar como tremendamente dura. Es autora de los poemarios Platea a oscuras (Premio 13 de marzo de 1987 de la Universidad de La Habana), Posar desnuda en La Habana. Diario apócrifo de Anaïs Nin y Ropa interior (Bruguera). Su primera novela, Todos se van, obtuvo el I Premio Bruguera de Novela. Fue parte del encuentro Bogotá 39, que reunió en la capital colombiana a casi cuarenta de los más relevantes escritores jóvenes de Iberoamérica.






