La aldea: China / Represión

La vieja disputa del Tíbet

Los enfrentamientos de los últimos días muestran el talón de Aquiles de China: su incapacidad para reconocer y respetar las diferencias étnicas dentro de su hermético territorio.
  • 2008-11-18•La Aldea

<b>Fin de semana</b>sangriento en Lhassa.
Fin de semanasangriento en Lhassa. Foto: evan denholm/reuters

Las Olimpíadas de agosto en Pekín son una gran ocasión para China. Desde las guerras del opio, el país ha sufrido lo que describe como “un siglo de humillación”. De manera extraordinaria, la entrega de Hong Kong en 1997 fue su primer éxito importante en política exterior desde comienzos del siglo XIX.

Los países occidentales están acostumbrados a ser el centro de la atención global, a la que consideran como su derecho natural.

No es así con China. Fue frustrada en su intento de ser sede de las Olimpíadas en 2000 que, como resultado de la presión encabezada por Estados Unidos, fue otorgada a Sydney. Por tanto, para China las Olimpíadas de 2008 tienen una importancia inmensa como su primera oportunidad de dominar el escenario global.

El hecho de que el evento deportivo también coincide con la emergencia de China como poder global sólo sirve para acentuar su significado. Estas Olimpíadas han tenido una larga planificación, y no se ha dejado nada librado al azar.

Pero la atención global no sólo brinda al gobierno chino la oportunidad de mostrarse ante el mundo: también ofrece a aquellos con quejas contra el gobierno la posibilidad de hacer lo mismo. El hecho de que los juegos marquen simbólicamente la “salida” al mundo de China, sólo sirve para convertirla en un blanco de las causas de la oposición.

Así, la intranquilidad en el Tíbet era de esperarse. Parecería haber sido encendida por una marcha de monjes budistas que coincidió con el 49 aniversario de la intervención militar china en la región autónoma.

Con una cifra significativa de muertos –los reportes varían de la versión oficial china de 10 hasta a otras que citan 100 o más–, este es exactamente el tipo de evento que habían temido las autoridades de Pekín.

El otro ataque importante de meses recientes contra China ha sido por su política en Darfur. Cualesquiera que sean las críticas sobre esto, y las que depare el futuro, la política china en África ciertamente no es peor que la de Occidente, y hablando históricamente, es mucho mejor que el miserable legado de este último.

Por otro lado, Tíbet presenta asuntos mucho más problemáticos para la posición de China en el mundo y cómo la perciben los demás.

El asunto no es si Tíbet debería ser independiente, sino el grado de la autonomía que se le permite. Tíbet ha sido firmemente establecido como parte del imperio chino desde la intervención militar de la dinastía Qing, a principios del siglo XVIII.

Los Qing fueron responsables de una inmensa expansión del territorio chino hacia el oeste, añadiendo tierras pobladas por pueblos, aunque relativamente pequeños en número, que no tenían afinidad natural con los chinos.

Una de las características únicas de China es que, a pesar del hecho de que tiene una población de mil 300 millones, cerca de 92 por ciento se considera chino Han. Esto es bastante diferente de la mayoría de los demás países más poblados, como India, EU o Indonesia, que son étnicamente diversos. China, por supuesto, alguna vez fue igual, pero debido a que tiene al menos dos milenios de antigüedad, ha experimentado un periodo muy largo de asimilación, fusión y mezcla.

El resultado es que China tiene poca concepción de las diferencias. Los chinos piensan en sí mismos como en una sola raza. Su experiencia histórica es de asimilación y absorción lenta, a menudo con la colonización como un instrumento crucial de la pacificación.

Ante esto, la migración de los chinos Han a Tíbet y la provincia de Xinjiang en el noroeste de China no es nada nuevo; al contrario, es una característica antigua de la expansión China (una gran mayoría de los que ahora viven en Mongolia y Manchuria, por ejemplo, son Han).

Sin embargo, Tíbet y Xinjiang se distinguen de otras regiones y provincias chinas por dos diferencias importantes. Primero, en ambos casos sus poblaciones son étnicamente muy distintas a los chinos Han. Y, segundo, su incorporación efectiva a China es relativamente reciente (aunque fue hace más de dos siglos).

Lo que queda claro a través de las manifestaciones y enfrentamientos en Lhasa y otras zonas, es que las políticas tradicionales chinas de absorción han fallado singularmente en su intento por suprimir el sentimiento tibetano de identidad y el deseo de autonomía. Aun cuando los tibetanos han experimentado mejoras importantes en su estándar de vida, esto no ha reducido su deseo por libertad religiosa y cultural.

Lo que es más, pareciera que la inmensa ola de asentamientos chinos Han sólo han servido para aumentar su sentimiento de resentimiento y miedo a la pérdida.

Haciendo a un lado Tíbet y Xinjiang, es poco probable que China se enfrente a otros conflictos de este tipo en los próximos meses, camino a los Juegos Olímpicos. Pero los eventos en Tíbet han servido para exponer el talón de Aquiles de la China moderna: su incapacidad para reconocer y respetar la diferencia étnica dentro de sus propias fronteras.

Mientras China emerge como uno de los jugadores globales más importantes en un mundo caracterizado por la diversidad étnica, esto parece destinado a poner a China bajo una luz más negativa, especialmente en el mundo en desarrollo.

The Guardian
Traducción: Franco Cubello
El autor es miembro investigador visitante
del Centro de Investigación Asia, London School of Economics

Martin Jacques. Londres