La aldea: Estados Unidos ? Escándalo sexual
Las inquebrantables esposas
2008-11-18•La Aldea
Es posible que la imagen de la mujer más afectada por la revelación de la víspera haya sido tan vívida, como los detalles escabrosos de lo que las autoridades de Nueva York han llamado la participación del gobernador Eliot Spitzer en un círculo de prostitución de lujo.
El 10 de marzo, mientras el gobernador se disculpaba lo haría de nuevo ayer, cuando anunció su renuncia Silda Wall Spitzer, su esposa por más de 20 años y madre de sus tres hijas, permaneció de pie ante las cámaras. Su presencia junto a un político vacilante, atrapado en un escándalo sexual, fue meramente la última en una larga lista de apariciones que se podrían llamar estar junto a mi hombre.
Éstas se remontan al menos a 1987, cuando Lee Hart, la esposa del conteniente presidencial demócrata Gary Hart voló a New Hampshire durante la campaña para profesar su amor en medio de reportes de una relación extramarital de su esposo con Donna Rice. El verano pasado, Suzanne Craig le sostuvo la mano a su marido, el senador Larry Craig, bajo el sol de Idaho, mientras él negaba los reportes de haber solicitado sexo gay en el baño de un aeropuerto.
El 11 de marzo, algunos consultores políticos y académicos explicaron que la muestra de apoyo de la señora Spitzer es una manera de evitar más persecuciones de los medios y, tal vez, de salvar su puesto.
Pero las oficinas y sitios web estuvieron, sin embargo, fascinados con el problema de la señora Spitzer, mientras mucha gente lamentó lo que se ve como la práctica creciente de utilizar a un cónyuge herido como cubierta política. Algunos señalaron a Spitzer, mientras que otros dirigieron su ira a la señora Spitzer, quien fue su compañera de clases en la Escuela de Leyes de Harvard.
Muchos expresaron teorías sobre por qué la señora Spitzer se enfrentó a los reporteros con su marido. ¿Fue para demostrar fortaleza por el bien de sus tres hijas adolescentes, o una estrategia política calculada? ¿Fue la decisión de ella o de él?
Anna Harvey, profesora de política en la Universidad de Nueva York, dijo que a menudo los políticos tratan de presentar los alegatos de mala conducta sexual como un problema familiar. Lo que se intenta hacer cuando el cónyuge nos acompaña a un foro público como ese es enmarcar el problema como algo privado, opinó.
Citó el ejemplo clásico de tal teatro político la entrevista con Bill Clinton y Hillary Rodham Clinton de 1992 en 60 Minutes, cuando éste buscaba la nominación presidencial. Intentando acallar los crecientes rumores de una aventura entre Clinton y Gennifer Flowers, la señora Clinton, acomodada en un sofá con su marido, dijo: No estoy sentada aquí por ser una mujer pequeña junto a su hombre, como Tammy Wynette.
Pero justo eso estaba haciendo, afirmó la profesora Harvey. Dijo: Este es nuestro matrimonio y nuestro problema. Él se recuperó, no ganó New Hampshire, pero ganó la nominación. En ese caso, no hubo alegatos de haber violado alguna ley. Fue una simple infidelidad matrimonial. Pienso que ese no es el caso con Spitzer. (Hillary volvería a estar junto a Billy el 26 de enero de 1998, en una conferencia de prensa, cuando él rechazó haber tenido relaciones sexuales en la Oficina Oval con la joven becaria Monica Lewinsky, aunque más adelante debió pedir disculpas a la Nación por otras cosas practicadas con ella).
Algunos consultores y expertos políticos dijeron que la aparición de la señora Spitzer causó impresión no sólo a causa de la ostentosidad de las acusaciones, sino por su obvia devastación. A diferencia de las conductas de otros cónyuges de políticos, la Sra. Spitzer, con los ojos a veces mirando hacia abajo y otras viendo a su esposo, tenía la apariencia cansada y aturdida de alguien en duelo.
En busca de un comentario experto, las estaciones de noticias de tv naturalmente buscaron a una de esas cónyuges, Dina Matos McGreevey. Autora de Silent Partner: A Memoir of My Marriage, ella permaneció al lado de su esposo, el gobernador James E. McGreevey de New Jersey, en una rueda de prensa en 2004, en la que él dio a conocer que era gay y anunció su renuncia. En una entrevista telefónica el 11 de marzo, la Sra. McGreevey dijo que dos horas antes, el gobernador McGreevey le pidió que considerara unirse a él en el podio. Ella le dijo que lo pensaría, comentó, y luego consultó rápidamente a su terapeuta.
Fue por instinto el estar allí, dijo. Pese al hecho de que me había humillado y causado un dolor insoportable, era el hombre con el que me había casado, un hombre al que amaba, y los sentimientos no se evaporan de la noche a la mañana. Y luego pensé en mi hija, no quería que 10 o 15 años después me preguntara por qué no había apoyado a su padre en el momento más difícil de su vida.
La señora McGreevey dijo que no lamenta su decisión de acompañarlo mientras él se proclamaba un estadunidense gay. Me han criticado por pararme ahí, la gente ha dicho: ¿Por qué lo hiciste? ¿Cómo pudiste pararte ahí con una sonrisa?. Pero la gente que me conoce sabe que no era una sonrisa, era mi intento por guardar la compostura.
Parte de lo que circulaba en internet el 11 de marzo sugería que la silenciosa presencia de la Sra. Spitzer junto a su esposo representaba un día negro para el feminismo, y una escritora se quejó: ¡Alguien tiene que decirle a su esposa que apoya a tu hombre es algo que aquí no se aplica!... Tiene que tener algo de orgullo.
Pero otros disintieron. Para Suzanne Goldberg, profesora de leyes de la Universidad de Columbia y directora de su Clínica de Leyes de Sexualidad y Género, ella pudo haber pensado que era la mejor estrategia, en una situación terrible, para proteger a sus hijas o su reputación. No tenemos bases para asumir que es un mero peón en estos sucesos.
(c) New York Times • Traducción: Franco Cubello






