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Hombre de celuloide

Simplicidad

Cuando el valor principal de una obra de arte radica justamente en su simplicidad, resulta comprometedor emitir juicios que pudieran atentar contra dicho valor haciendo parecer lo simple, complicado.
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  • 2008-11-18•Cine

Cuando el valor principal de una obra de arte radica justamente en su simplicidad, resulta comprometedor emitir juicios que pudieran atentar contra dicho valor haciendo parecer lo simple, complicado. Difícil no caer en el lugar común de la sabiduría popular: “lo simple es lo más complicado”. Pero es cierto: uno puede imaginar el enorme trabajo intelectual que implicó la puesta en escena de un filme con apariencia tan sencilla. No country for old men es un muestrario de recursos narrativos que han probado su eficacia desde aquellos tiempos en que los griegos escenificaban historias de héroes y dioses: un cazador encuentra un tesoro, se inicia la persecución. Punto. No hay más. La profundidad del arte de los Cohen radica en ello: en todo lo que no justifican, en todo lo que no explican, en el estado de ánimo que genera el contacto con imágenes simples que parecen salidas de un sueño enigmático y estremecedor.

Así, como en un sueño, lo que menos importa en No country for old men es saber en qué consiste el tesoro (¿cuánto dinero hay en esa maleta?, ¿a quién le importa saberlo?). Lo de menos es saber quién es el psicótico que persigue al héroe (¿acaso no es cierto que el único hecho incontrovertible en una pesadilla es saber que alguien nos está persiguiendo?). Lo de menos en esta fábula es saber: ¿por qué?, ¿para qué? Cuando soñamos, las preguntas naturales de la vigilia no tienen sentido.

El universo de los Cohen está habitado por hechos de apariencia sencilla que, como los arcanos del tarot, abren puertas a emociones viejas como la luna; emociones que no se explican en lenguajes hechos de sujeto, verbo y complemento.

La interpretación de una obra como No country for old men está más en el terreno del psicoanálisis: ¿qué te dice la sucesión de imágenes: tesoro, persecución, asesino, desierto, frontera?

Ethan y Joel Cohen son como iniciados masoréticos que hubieran trasterrado sus cuentos al Medio Oeste de Norteamérica, región árida que con la cruza de culturas y credos que la caracteriza, bien se presta para hablar de cielos, infiernos y ángeles exterminadores.

Y a nuestro ángel exterminador lo interpreta Javier Bardem. Habrá quien se pregunte ¿qué tiene de particular la actuación del español? Otra vez: su simplicidad. La simplicidad de un acento en inglés que le habrá costado mucho conseguir; un rostro sin afectaciones, una soledad que transmite esta encarnación de la crueldad que gusta jugar a cara o cruz.

Un cazador de ciervos y un cazador de humanos siguen sus huellas en la frontera entre México y Estados Unidos. Esta premisa promete ya gran narrativa. Pero los Cohen construyen además su historia con base en escenas como aquella en que nuestro ángel exterminador pide a un muchachito que le venda su camisa. La película toda está hecha de imágenes así. Inútil tratar de interpretarlas. ¿Quién puede explicar todo lo que hay detrás de una cruz, una media luna o una estrella de David?

Sin lugar para los débiles (No country for old men). Dirección: Ethan Cohen y Joel Cohen. Guión: Ethan Cohen y Joel Cohen. Música: Carter Burwell. Fotografía: Roger Deakins. Con: Tommy Lee Jones, Javier Bardem, Josh Brolin, Woody Harrelson y Kelly Macdonald. Estados Unidos, 2007

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Fernando Zamora