Hombre de celuloide
Un clásico para niños
Cuando veía morir a mi padre pensé: Qué extraño es esto: uno llega siempre demasiado joven a la vejez. Algo así sucede con el género de piratas: es tan viejo y se mira tan joven aquí, tan novedoso. Piratas del Caribe parece tan inmortal como sus protagonistas, no sólo porque dura demasiado, también porque resucita los tiempos en que Eroll Flynn interpretaba al Capitán Blood en 1935. Han pasado setenta y dos años y nuestro héroe pirata sigue cosechado aplausos y risas entre quienes no nos cansamos de cañonazos, gritos de al abordaje y uno que otro beso con sabor a despedida. Recomiendo, sin embargo, ver las dos primeras películas de la serie antes de emprender este viaje, porque el tema (una heterodoxa versión del Holandés Errante) se complica tanto que de pronto uno ya no sabe por qué éste le está soltando cañonazos a aquél, ni por qué éste se niega a besar a ésta justo en el momento climático del adiós. La cuestión del entendimiento, es inocua en este filme. A quién le importa, en el fondo, saber por qué los piratas han decidido formar una fraternidad para luchar contra una misteriosa compañía hecha de malos vestidos con pelucas entalcadas. Lo verdaderamente importante aquí es dejarse asombrar con los golpes de imagen, los golpes de música y los golpes de pastelazo que da y recibe Johny Depp quien por cierto, ha trabajado su personaje con base en un genio del histrionismo que no es humano: Bugs Bunny.
Sí, el punto en Piratas del Caribe va más allá de un guión en el que uno nota claramente que guionistas y director se divirtieron trabajando (a veces uno se pregunta: ¿qué fumaron?); va más allá de una puesta en escena en la que Depp devora a Orlando Bloom y más allá de la pegajosa música de Hans Zimmer. Lo importante en Piratas del Caribe no tiene que ver ni con la fotografía que se solaza en exóticas secuencias en las que nuestro héroe parece estar perdiendo la razón, ni en el maquillaje barroquísimo. Lo único realmente importante en esta película consiste en redescubrir el valor del personaje clásico del pirata, ese rebelde por antonomasia que en la década de los treinta y en esta primera década de nuestro siglo sigue tan enamorado de su libertad que por ella es capaz de traicionarse a sí mismo. Es un ser romántico que se atreve a luchar por cosas que todos deseamos: amor, inmortalidad.
Uno puede alimentar en este filme el sueño de una libertad hecha de un único tesoro y una única patria. Así como decía José de Espronceda en aquel famoso poema que me enseñó mi padre cuando yo estaba en la primaria.
El primer hombre que comparó a una mujer con una rosa dicen era un genio, el segundo un imbécil, el tercero un clásico. Piratas del Caribe es un clásico del cine para niños. No ofrece ni pretende ofrecer ninguna novedad, sólo tal vez el ritmo desenfrenado tan propio de la imagen de este siglo. Sólo en esto es joven una película que en realidad parece tan vieja.
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Piratas del Caribe (Pirates of the Caribbean: At Worlds End). Dirección: Gore Verbinsky. Guión: Ted Elliot, Terry Rossio. Música: Hans Zimmer. Fotografía: Dariusz Wolski. Con: Johnny Depp, Orlando Bloom y Elizabeth Swann. Estados Unidos, 2007


